jueves, 1 de septiembre de 2016

AQUELLAS VACACIONES DE VERANO...


Ahora que las vacaciones estivales comienzan ya a perderse en la distancia se me vienen a la memoria aquellas de mi niñez… Qué distintas a las de ahora, ¿verdad? Entonces, al menos en el lugar donde yo crecí –y en el lugar de la sociedad que mi modesta familia ocupaba-, la gente no se iba una semanita a un hotel de playa o se hacía un tour por el sur de Francia, por regla general. Entonces, el que podía –y aún conservaba familia allí-, se iba al PUEBLO. Y el que no, pues se quedaba en casa. Y ésas eran las vacaciones, ni más ni menos: El retorno a las raíces de los padres y los abuelos. Entrañables estancias llenas de recuerdos y sensaciones que seguramente muchos de vosotros atesoráis en la memoria cuidadosamente… Pero mientras tanto no llegaba el momento en que a papá le daban sus merecidas vacaciones, los chicos solíamos pasar la primera parte del verano en el barrio, en la ciudad…


El pistoletazo de salida del verano lo marcaban las fiestas de San Juan, como comentaba en la entrada anterior. Pocos días antes, el colegio había cerrado sus puertas (con nosotros fuera, claro) hasta Septiembre, y la vida se extendía ante nosotros como una alfombra de vacaciones que parecía que no iba a terminar nunca (maravillosa perspectiva algo enturbiada por los cuadernos de vacaciones Santillana)… Septiembre… Eso estaba a AÑOS luz, según nuestro reloj medidor de tiempo infantil, que todavía no se había acelerado hasta parecer prácticamente un ventilador :)


Nuestros padres solían tener UN MES de vacaciones en el trabajo, y casi siempre en Agosto –el país se paralizaba durante esos treinta y un días, si recordáis-, así que durante lo que quedaba de Junio y Julio estábamos en casita o jugando en la calle, normalmente. Al menos durante la semana.
Si lo pienso bien, mis recuerdos personales de aquellos veranos están muy ligados a las salidas matutinas con mamá para ir a hacer la compra a la población vecina… Y no era el único, a juzgar por la cantidad de compañeros de clase o vecinos que me encontraba durante esas sesiones agarrados a la mano de sus madres, con semblante resignado:) Como los casales de verano aún no se habían inventado (y probablemente no se hubieran podido pagar), no había más remedio que cargar con nosotros por todas partes hasta que teníamos edad de quedarnos solos en casa.
Entonces, las amas de casa solían hacer la compra diariamente. No disponían de transporte para cargar una compra semanal, ni macrolugar donde efectuarla, claro. De manera que, cada día, o cada dos, se imponía una excursión al mercado municipal, la carnicería, la tienda de ultramarinos, etc.
Así que mis recuerdos más entrañables de aquellas mañanas estivales eran cómo mi madre me preparaba, repeinaba y me inundaba de colonia para salir los dos caminando despacito a ‘comprar’, bien tempranito. Los vencejos y golondrinas lanzaban sus monótonos gorjeos sobre nuestras cabezas, y la mañana fresca nos saludaba, presagiando un día de verano seguramente caluroso y demoledor.

Hacia la mitad de la callecita de la derecha, podíamos encontrar la tienda del
sr. Alfonso. A la izquierda, la licorería del sr. Campeny (que luego levantaría
un pequeño imperio) y en el centro la farmacia Casellas, que aún existe. Al
fondo, a la derecha y arriba, la iglesia, y junto a ella, el ambulatorio general.



El camino de bajada era una calle lateral que conducía directamente al corazón comercial de la población vecina. Mi madre escogía para la ida esta ruta discreta, sin vecinos parlanchines ni tiendas donde entretenerse. Tiempo habría, a la vuelta, de pararse a hablar en cada esquina, ante mi exasperación e impaciencia :) Si miráis la foto, justamente de entonces –como se puede apreciar por los vehículos que transitan en primer plano-, es la calle que desemboca en la carretera y que viene por la parte izquierda del edificio central. Para cruzar esa carretera que veis (que no venía a ser otra que la carretera general) no había otra manera que usar el paso subterráneo. En su interior siempre había algún tullido que, sentado en el suelo y enseñando los muñones, pedía limosna. A veces se acompañaban para estas menesterosas tareas de algún instrumento musical, generalmente el acordeón. En otras ocasiones se trataba simplemente de mujeres con niños muy pequeñitos que no paraban de llorar… Hoy en día, los dos pasos subterráneos que se utilizaban para cruzar la carretera en esa zona ya no existen. De nuevo, lugares que sólo permanecen ya en la memoria. De todas formas, he encontrado una fotografía de la época donde se puede apreciar el famoso paso. Yo podría ser tranquilamente el chiquillo escuchimizado que camina detrás de su madre, en la parte más alta de la escalera. No os perdáis el guardia urbano con salacot al fondo:)


Una de las cosas que recuerdo con más agrado del mercado municipal (al que todo el mundo solía llamar ‘la plaza’, probablemente por la costumbre ancestral de montar los mercados en las plazas de los pueblos) es el puesto de legumbres, aunque pueda parecer chocante. Aquellos cucuruchos de garbanzos hervidos con que nos obsequiaban a los niños entonces las señoras de las paradas, me sabían a gloria. Junto con los altramuces y las chufas que nos comprábamos en los quioscos, no creo que haya habido nunca ‘chuches’ más convenientes y nutritivas que aquéllas. Aunque los flanes con nata que me metía entre pecho y espalda en la granja del señor Marcelino y la señora María, no eran moco de pavo… Aún hoy en día recuerdo el olor y el sabor de aquellos flanes caseros que el señor Marcelino, jorobado y con boina, sacaba de las neveras industriales, metiditos en sus moldes de alpaca… Y el de los sobrecitos de Conguitos con tren de regalo que me compraban luego, o las deliciosas horchatas de la horchatería que aquellas dos orondas hermanas regentaban junto al mercado :) Para que luego mis padres dijeran que no les comía nada :)











La pescadería también me fascinaba, con aquellas pilas de mármol donde se sumergían los bacalaos –de muy pequeñito creía que estaban allí, VIVOS-, los rapes con sus horrendas cabezas expuestas al público y un sinfín de distintas especies que te miraban con ojos vacíos desde un montón de hielo picado. Afortunadamente, en estas paradas no solían ofrecer muestras  gratuitas  a los niños -"¡Toma niño, chupa esta gamba, majo!"- :) Las fruteras con sus gritos escandalosos, el vendedor de la once ‘¡Iguaaales para hooy!’... Toda una sinfonía de colores y sonidos, los del mercado de entonces. Y a la salida, el cuchillero, afilando los cuchillos de las paradas de la plaza sin parar mientras miraba torvamente hacia la calle soleada desde la penumbra de su minúscula cabina, con el sonido chirriante de la mola de fondo… Y aquellas gigantescas navajas de Albacete expuestas en el aparador y que nunca dejaron la tienda, al menos durante los años en que yo frecuentaba el mercado en compañía de mi madre…



Pese a que sólo se montaba los martes, me gustaría hacer una mención especial al mercadillo (más conocido aquí como Los Encantes)… Era realmente un mundo. Cientos de paradas de todo tipo (nunca faltaban las de juguetitos baratos, mis preferidas), montones de gente examinando el género, gitanas vendiendo cabezas de ajo y laurel… Lo que más se me ha quedado grabado, curiosamente, eran los gritos de las señoras de las paradas de ropa interior: ‘¡BRAAAGAS, REINA! ¡TENGO BRAAAAGAS!’ Era curioso oír vociferar en plena calle un vocablo que, en la época, tenía bastante de tabú  :)

Justo éste mercadillo, en aquella época, y justo en ésa población...

En fin, y tras haber consumido la mañana recorriendo los comercios y tiendas de la zona (y  haber mantenido una laarga conversación en cada una de ellos por parte de mamá),por fin  la vuelta a casa, cansados y sudorosos, aprovechando la sombra de los plataneros y los polvorientos toldos de las tiendas para huir del sol justiciero. La paradita en el quiosco para comprarme el Mortadelo o el Zipi y Zape de turno, bien valía la excursión (y un poco más arriba, un sobre de soldados, acababa de redondear la cosa:) Al final, no estaba tan mal acompañar a la compra a mamá, ¿no? :)


Por suerte, los fines de semana, los planes eran diferentes: Playa o montaña. Los baños de la Doncella de la Costa, en Badalona, eran nuestro destino habitual cuando se trataba de pasar el día en la playa. Aquella zona cubierta de la entrada, con la arena fresca bajo los pies y las cabinas de madera para cambiarse es algo que siempre recordaré. Al fondo, el sol cegador y el azul del mar, tras una arena sembrada de sombrillas multicolores y niños gritones. Mi padre solía nadar mar adentro hasta que casi no se le veía, cosa que al resto de la familia nos ponía bastante de los nervios. Siempre llevaba un alfiler ensartado en el bañador, según él, para pincharse si le cogía una rampa. Por suerte, nunca se dio el caso, así que la eficacia del alfiler en esos casos nunca acabó de estar del todo demostrada…


La playa, entonces, era un lugar bastante más ruidoso que ahora, con los vendedores de helados que recorrían la arena cargando con aquellas neveras de porexpan forrado de plástico de colores (‘¡Al rico bombón helado!’, gritaban), los niños que corríamos y gritábamos por doquier y las múltiples radios distorsionantes que la gente solía llevar y donde probablemente escuchábamos ‘Un rayo de Sol’, ‘Vacaciones de verano’ o ‘Una lágrima cayó en la arena’, por poner un ejemplo. El momento estrella era cuando las avionetas de Nivea o Damm dejaban caer su cargamento de pelotas hinchables… La playa se convertía en una especie de locura hasta que cada pelota encontraba su dueño. Las más disputadas sin duda eran aquellas que caían en el mar. Había que ver a la gente nadar como posesos para alcanzar la pelota antes que otro… ¡Deberían haber hecho de ello un deporte olímpico, por su espectacularidad! :)

Después de comer, nuestras madres no nos dejaban volver al agua hasta que no había pasado al menos una hora y media -no se nos fuera a cortar la digestión-, lo cual era francamente torturante. Y nos embadurnaban de Nivea (¿Sería que al final, lo de las pelotas funcionaba?) para ‘protegernos’ del sol –aunque lo que realmente conseguían era que nos friésemos directamente-. También había otra fórmula para lo de ponerse moreno: ‘Si te quemas una vez, y cambias la piel, entonces ya puedes tomar el sol todo lo que quieras, que ya no te quemas más…' Había una creencia popular en el hecho de que uno sólo se podía ’quemar’ una vez por temporada… Qué falta de información y qué inconsciencia :) Así era la España pelín catetilla de la época…


Las escapadas a la montaña los domingos eran también muy habituales para los que proveníamos de familias que se habían criado en el campo antes de emigrar a una ciudad buscando nuevos horizontes. Ya dicen que la cabra siempre tira al monte, y en este caso debía ser totalmente cierto: no había más que ver cómo se ponían las carreteras que salían de las ciudades hacia las zonas rurales los fines de semana, llenas de domingueros en sus 600, 850, Renaults 8,etc. Todo ello mientras escuchábamos en la radio ‘Caravana de amigos’, por supuesto. En concreto la nuestra, era la carretera de la Roca. Una ruta llena de curvas que se hacía interminable, y en la cual acababas echando las papas 4 de cada 5 veces :) Nosotros teníamos nuestros tres o cuatro rincones favoritos, que nadie más frecuentaba, o que por lo menos, nunca encontramos ocupados por otras familias de domingueros. Un auténtico refugio donde huir de los calores y las prisas de la ciudad. Nunca se me olvida el olor del romero y el tomillo que entraba por las ventanillas mientras el coche se balanceaba por aquellos caminos de cabras…
Héme aquí en compañía de mi hermanito y nuestra querida Tina en
una de aquellas jornadas domingueras...   -La Roca del Vallès, 1974-
Nada más llegar, las madres sacaban unos bocadillos enormes de aquellas bolsas de nylon de rayas, que repartían entre la chiquillería: ‘¡Venga, ir a jugar por ahí hasta la hora de la comida!’ nos decían. Una orden que obedecíamos encantados, claro. Mientras tanto, los hombres lavaban los coches, por dentro y por fuera, y levantaban los capós para comentar algunos pormenores relacionados con la mecánica de sus automóviles, mientras miraban con aire grave y entendido aquellos amasijos de cables llenos de hollín :) Después, nos trasladábamos con todos los trastos (incluyendo sillas, neveras y mesas portátiles) hacia otro lugar un poco más arriba, y las mujeres (se siente, pero la cosa era así) se dedicaban a poner la mesa y servir la comida mientras los hombres daban una vueltecita por allí para ir abriendo apetito. Quizás trajeran algunos higos para el postre, si la excursión se daba bien…El menú habitual era, por descontado: Ensalada, tortilla de patatas y carne empanada (menú que se aplicaba también a la mayoría de nuestras excursiones escolares, si recordáis)… Vino para los mayores, coca-cola caliente para los chicos :) Luego, una buena sandía de postre, y de nuevo la chiquillería a  construir cabañas por las cercanías, o a jugar a la Bola-Loca. Los adultos sacaban termos de café y botellas de anís o coñac de aquellas enormes cestas y mientras los hombres jugaban unas partiditas de cartas o dominó en las mesas de montaña tomándose su copita, las mujeres charlaban de sus cosas o comentaban el Ama o Garbo de turno. Así transcurría plácidamente el domingo hasta que nos llegaba la hora de volver a casa -en unos coches relucientes que olían a pino y detergente- llenos de chorretes, y agotados. Me gustaban mucho aquellas jornadas de estío en la montaña, pero cuando llegaba la noche y me metía en mi cama, me arrebujaba en las sábanas secretamente feliz de, por fin, poder descansar en un sitio limpio y libre de BICHOS de cualquier tipo :))

Juego de la charranca, también conocido como rayuela

Los días laborables, por la tarde, todos los chicos y chicas salíamos a la calle a jugar con el bocadillo en la mano: Ellas, a las gomas, a voltear estampitas, a colocar los trajecitos recortables a las muñecas, a la cuerda o a la charranca. Nosotros, a pillar, a fútbol contra una portería pintada en el muro que cortaba la calle o  la persiana metálica del taller, a beli, o a explorar cualquiera de los múltiples solares y descampados de la zona. Se podían encontrar allí magníficos tesoros, y correr muchísimas aventuras, o eso es lo que nos parecía a los chiquillos de la época, claro... Durante una temporada, hubo un coche abandonado frente a uno de ellos, y era estupendo ponerse al volante de aquel 1500 que se caía a trozos, infestado de pulgas de los gatos que pasaban la noche en su interior e imaginar que corrías las 24 horas de Le Mans.

De nuevo, al acabar la jornada –otra vez llenos de chorretes y presumiblemente con alguna raspadura que otra- volvíamos a casa a cenar agotados, y a ver el Tour de Francia, en el que Eddie Merckx llevaría el maillot amarillo con toda seguridad. A mi padre le gustaba después colocar una alfombra frente al televisor y estirarse en ella, para estar más fresquito. Yo cogía entonces la alfombrita que tenía a los pies de mi cama y me tendía junto a él a ver la tele también. La verdad es que no me parecía nada cómodo ni fresquito, para qué nos vamos a engañar, pero me gustaba hacer lo mismo que mi padre sin cuestionar su utilidad, como a todos los niños, supongo.
Luego llegaba Agosto, y toda la familia, con el 850 cargado hasta los topes, nos encaminábamos hacia la casita que la familia poseía en EL PUEBLO. Veranos de bicicleta y piscinas, y de incursiones en las cabañas de los payeses de la zona con mis amigotes, bajo el sol abrasador de la Terra ferma. Tardes plácidas de siesta –que yo a duras penas conseguía dormir-, de coca con chocolate (hablo de comestibles, aunque pudiera parecer otra cosa) para merendar y frescas noches de verano en las terrazas del bar del castillo sin prisas para volver a casa…

Y poco a poco, casi imperceptiblemente, los días se iban acortando, el tiempo iba cambiando y un buen día nos encontrábamos con que lo que parecía imposible había sucedido: Llegaba Septiembre, se acababan las vacaciones y nos encontrábamos de repente oliendo los libros del nuevo curso con deleite (al menos olían bien, los libros:)  Habíamos quemado una etapa más sin ser conscientes de ello, nos habíamos hecho un poquitín más mayores sin saberlo y comenzábamos un nuevo año mirando con un poco de nostalgia hacia los maravillosos días del verano que lentamente se acababa…

Echando la vista atrás se da uno cuenta de cómo han cambiado las vacaciones de la familia media, respecto a aquéllas de nuestra niñez en todos estos años. Pero si lo pienso bien… Creo que no cambiaría el crucero más lujoso del mundo por el recuerdo de caminar bajo las mañanas frescas del verano de la mano de mi madre hacia la zona comercial de aquel pueblecito… ¡Aunque se parase a charlar en cada tienda! :)