viernes, 2 de octubre de 2015

CALOR DE HOGAR



Mucha gente dispone hoy en día de calefacción en sus casas, pero en aquella época y dentro del estrato social de familia-obrera-residente-en-el-extrarradio, al que nosotros pertenecíamos, lo usual era tener una buena estufa de gas butano y punto. Ésta que veis arriba, nuestra vieja Otsein, fue la reina del invierno en nuestro hogar durante una buena veintena de años, y luego tuvo una jubilación digna en la casa del pueblo...Sólo el mirar esta imagen me evoca entrañables recuerdos de infancia. Ahora me estoy preguntando dónde se metía esta señorita durante los meses de calor... En fin, misterios de las casas paternas :)

Por supuesto, en casi todas las casas, la estufa se colocaba en el salón-comedor, donde la familia pasaba más tiempo. Como una sola estufa era insuficiente para calentar todo un piso, lo normal era cerrar la puerta del comedor y aislarlo del resto de la vivienda, con lo cual creabas una temperatura muy alta en la pieza mientras el resto del piso estaba directamente helado... El hacer una excursión al lavabo era como salir de expedición a la Antártida, por no hablar de la combustión del butano, que, sumado a la intensa neblina de los Ducados de papá, creaban una atmósfera enrarecida y algo baja en oxígeno que te sumía en una deliciosa somnolencia  mientras veías la tele a oscuras, por la noche :)

Claro que el 70% del calor que producía la estufa era absorbido directamente por mamá, que se colocaba en una silla delante de la misma hasta casi quemarse la bata :) Os juro que, cuando se levantaba para cualquier cosa, se notaba un aumento de la temperatura inmediato... 


Por cierto, que uno de los recuerdos más entrañables que tengo de la librería en la que desde pequeñito me compraba los tebeos y el material escolar, era el olor… El matrimonio que la regentaba, siempre estaba sentado al fondo de la tienda, junto a la estufa de butano, y el olor tan característico de la combustión de la estufa se mezclaba con el de la tinta fresca de los libros y los tebeos que había allí expuestos…



El procedimiento para aprovisionarse de combustible para nuestras estufas era bien simple: El butano pasaba varios días a la semana. En concreto en nuestro barrio, la llegada del camión se anunciaba con un ensordecedor entrechocar de bombonas vacías (que yo siempre, de pequeño, esperaba que explotasen con los golpes, cosa que por suerte no llegó a pasar nunca). Al estruendoso campaneo salían todos los vecinos a las ventanas, balcones y terrazas: ‘Butano, 1 al 4º 1ª!’  ‘Butano, 2 al 5º!’ gritaban las mujeres. Siempre fue un misterio para mí cómo aquellos fornidos butaneros podían memorizar todos los pedidos… Cuando llegaban a tu casa, había que pagarles la bombona más propina (que se incrementaba proporcionalmente a la altura que tu vivienda ocupaba en el edificio). Luego le quitaba el tapón negro a la bombona llena, y se lo colocaba a la vacía que se llevaba, lo cual me daba bastante rabia, por cierto. Qué tranquilidad te daba el tener de nuevo las bombonas de la casa llenas otra vez… Si alguna vez el butano no pasaba el día habitual, la sensación de inseguridad y zozobra en el vecindario era general :) Y es que dependíamos totalmente de aquellas entrañables y rechonchas bombonas para nuestra sencilla vida diaria…


La verdad es que eran muy pesadas e incómodas de transportar, hasta que alguien –bastantes años más tarde- inventó éste sencillo pero práctico artefacto:




Recuerdo que ya a principios de los 70, cuando nació mi primer hermano, mis padres compraron la gran novedad de la época: una de aquellas estufitas eléctricas de barras de cuarzo. La colocaban en su habitación, donde estaba la cunita, o la llevaban al comedor, donde, encima de la mesa protegida con un hule, mi madre le daba al bebé sus primeros baños en una bañerita de plástico (nuestro cuarto de baño era minúsculo, y con plato de ducha, así que el nene tardó algún tiempo en utilizarlo). Como veis, las normas de seguridad doméstica en casa eran seguidas muy laxamente... Una estufa eléctrica sobre la misma mesa donde un bebé daba manotazos al agua muy contento... En fin... Bueno,  a mí personalmente, me parecía aquel un artefacto de lo más futurista.  Y cómo olía a polvo quemado, cuando la encendías… Las pequeñas Butsir, que utilizaban una mini-bombona muy graciosa, también fueron una buena solución para ‘descentralizar’ la calefacción…


Para las duchas, disponíamos de un fantástico (y diminuto) termo eléctrico. Ni que decir tiene que se trataba de uno de los elementos más peligrosos de la casa (de nuevo la seguridad)...Tener un artefacto eléctrico como aquél DENTRO de la zona de ducha (de hecho, la alcachofa de donde provenía el agua estaba directamente fijada al mismo) era algo que sólo se nos ocurría en los 60-70s. Incluso el enchufe estaba justo al ladito :) El gran inconveniente de estos aparatos era que tardaban mucho en calentar el agua. Había que enchufarlo y esperar. Y el segundo inconveniente es que calentaban una cantidad limitada de agua, y a menudo, el último de la familia en utilizarlo se quedaba sin agua caliente…

En fin, como veis en casa lo teníamos todo más o menos controlado, pero… Cuál era nuestro equipamiento para salir a la calle? Bien, normalmente nos cargábamos de ropa. En la época no teníamos esas fibras modernas, tan ligeras y termo-transpirables (o al menos no estaban a nuestro alcance)… Nos embutíamos en varias capas de prendas, y así combatíamos el frío. 


La primera capa consistía en una buena camiseta afelpada con sus correspondientes calzones tipo ‘abuelo’. Los slips de nylon de finales de los 70 (que luego acabaron siendo perjudiciales, según se dijo) aún no habían llegado, así que la ropa interior era blanca, y de algodón. Aquellos calzoncillos tenían un complicado sistema de pliegues que la mayoría no solíamos utilizar, si sabeis lo que quiero decir...



Un buen jersey cuello cisne, que tanto se llevaban (que de pequeño eran estupendos, pero en la segunda mitad de los 70 resultaban incómodos por la incipiente melena, que en determinado punto de crecimiento no sabías si colocar por fuera o por dentro de la prenda) y unos pantalones de franela, con sus correspondientes calcetines de lana, constituían la capa siguiente. Los zapatos eran importantes, también. Nuestros zapatos infantiles eran tanques todoterreno, nada que ver con las deportivas y otros tipos de calzado ligero con sistemas de transpiración ultra-modernos que los niños llevan hoy al cole. Los zapatos debían durarte toda la temporada, y si no te los ponían a la siguiente era porque sencillamente el pie ya no te cabía dentro... Aunque por desgracia, no pasaba lo mismo con los pantalones. Casi todos los chavales llevábamos las típicas marcas de haber ‘bajado la bora’  (por no hablar de los ocasionales parches de skai en las rodillas).








Encima de todo el conjunto, una buena camisa de franela o un chaleco de lana cuello de pico y coronando el pastel invernal, una trenka (si había suerte, ya que era el último grito). Yo heredaba muchas cosas de mi primo. Una de las que recuerdo con más cariño fue un chaquetón de cuadros con el cuello de borreguillo estilo Starsky.  


Y si el frío apretaba mucho mucho, pues un buen pasamontañas.  Más adelante se pusieron de moda las bufandas kilométricas. Si arrastraban por el suelo, tanto mejor,como el macuto militar, pero aún faltaban algunos años para eso, a finales de los 70…






Puede que sea mi imaginación, pero en aquella época… Llovía más que ahora? Recuerdo que en el primer trimestre del cole, las lluvias eran muy frecuentes. Además de vivir en la parte alta (lo que había sido directamente montaña pocos años antes), las calles no estaban asfaltadas todavía (mi calle se asfaltó cuando yo ya tenía unos 14 años), con lo cual las aguas llenas de tierra rojiza bajaban por las calles como ríos. Y los charcos eran abundantes y muy profundos, en ocasiones… Los chavales nos encasquetábamos nuestras botas de agua (negras, todavía no había llegado el diseño a este adminículo de goma forrado de felpa) y nos metíamos directamente en ellos. A veces el agua casi te llegaba al borde de la bota :)


Y claro, en esas ocasiones, también nos colocábamos un impermeable encima. Antes de que llegaran los famosos canguros (los chavales nos volvimos locos con aquellos impermeables plegables), solíamos llevar impermeables de plástico grueso. El que más recuerdo fue uno azul que tuve. Era tipo capa, o sea, sin mangas, y yo fantaseaba con que era un aguerrido bombero cuando lo llevaba puesto. Tenía dos ranuras a cada lado para que sacases las manos si querías, muy práctico si te caías de morros con las manos dentro del impermeable. Y la cartera iba por dentro también, claro... Aún no llevábamos paraguas, cuando éramos pequeños. De todas formas, eran bastante sosos, así que tampoco nos volvían locos. Spiderman o Disney aún no habían hecho su aparición en estos chismes :)

En fin, qué decir de los guantes… Cuando éramos pequeñitos, nos colocaban las manoplas, muy fáciles de poner. El desafío venía más tarde, cuando se trataba de meter TODOS los deditos en el guante, lo cual parecía imposible.O faltaban dedos en el guante, o te sobraban en la mano... Qué sensación de agobio, el no acertar con cada dedo en su sitio :) Recuerdo que a finales de los 70 se pusieron de moda las manoplas de piel girada , forradas de borreguillo, en plan esquimal. Volvíamos a los orígenes :)




Bien, cuando el día acababa y volvíamos a casa al atardecer, era el momento de colocarse la bata :) Al menos en casa, era así. Mi padre, lo primero que hacía cuando llegaba del trabajo, era colocarse la bata de boatiné y las zapatillas de cuadros. Y al igual que en verano tendía mi mini-alfombra al lado de la suya para ver la tele tumbados en el suelo, yo también tenía mi batita y mis zapatillas de cuadros a escala. Y volvemos a lo de siempre: Entonces no las había de equipos de fútbol o con motivos infantiles: Simplemente eran más pequeñas. Mi color preferido solía ser el granate, aunque creo que tuve alguna de color verde botella (un color muy de moda en la época)




En casa, la comida también jugaba un papel fundamental, en invierno. Como mi padre comía fuera, de fiambrera, mi madre cocinaba los platos contundentes para la cena. O sea, lo contrario de lo que  tenía que ser, vamos (medidas de seguridad nulas, alimentación caótica... Menuda familia! :). Así pues, las cenas en casa, los días laborables, eran a base de cocidos, estofados o guisados. Bueno, te ibas a la cama con un montón de calorías, eso sí :)





Y cuando por fin llegaba la hora de acostarse, todos hacíamos cola en la cocina delante del cazo de agua hirviendo, donde mi madre nos llenaba aquellas botellas goma (originalmente forradas de felpa de cuadros, hasta que la funda desaparecía misteriosamente) en las que envolvíamos nuestros meyba y que colocábamos en la cama poco antes de irnos a dormir.


Qué sensación tan agradable colocarse el pijama calentito en aquellas habitaciones heladas. Al principio costaba mantener los pies en la bolsa, que directamente quemaba, y luego, en algún punto de la noche, le dábamos la patada fuera de la cama. Eso cuando alguna no perdía parte de su contenido en el colchón… A veces este tipo de accidentes sucedían, y no era muy agradable, la verdad –y podía prestarse a desagradables equívocos, claro :)…

El equipamiento de nuestras camas también era diferente en invierno. Unas buenas mantas Paduana (noches de confort) con sus sábanas Burrito Blanco (o Guasch: ‘Y por las noches, qué harás? Dormir en sábanas Guasch!’) y alguna de aquellas colchas de ganchillo, y a dormir (bajo varias toneladas de peso). Lo dicho, a falta de los materiales modernos y los prácticos edredones nórdicos, la solución para estar abrigado en la cama era acumular capas y capas de ropa, con lo cual la movilidad bajo todo ese equipamiento era más bien reducida -y más si vuestra madre, como la mía, tenía la costumbre de 'remeterlo' todo bajo el colchón tras meterte en la cama, dejándote tan empaquetado como el bocata del cole- :) 



Mi abuela, más práctica –o quizás más friolera- optaba por una buena manta eléctrica, aunque mis padres desconfiaban abiertamente de ellas. Siempre había alguien que se había electrocutado con una en alguna parte, o ellos lo creían así, pero me imagino que se debía dormir de vicio! La chica de la foto, al menos, parece muy feliz (y enamorada de su mando :)




En fin, aquellos inviernos de nuestra infancia parecían más invierno que éstos, aunque puede que la nostalgia juegue un papel importante en la memoria, supongo. Probablemente sí que pasábamos más frío por las razones ya expuestas, pero también hay algo muy cierto: Hay sensaciones que no se olvidan por años que pasen, y una de ellas es aquel aroma tan familiar del guiso borboteando en la cocina mezclado con el olor de la estufa de butano… 

Olor de hogar, calor de hogar.




domingo, 27 de septiembre de 2015

DE SOMBREROS HORTERAS E INDUMENTARIAS VERANIEGAS (HORTERAS TAMBIÉN)





Hoy he encontrado este sombrero de vaquero tan hortera en la red y he recordado que, en el verano del 74, tuve uno igual:)
Pasábamos las vacaciones en el pueblo, junto a dos familias amigas. Una mañana fresca de Agosto, dando una vuelta antes de ir a la piscina, fuimos a parar a una de esas tiendecitas donde venden un poco de todo. Y como estábamos en verano, había una amplia oferta de cestos de esparto, sombrillas, flotadores y todo tipo de gorras y sombreros. Los chavales, en cuanto vimos aquellos sombreros vaqueros multicolor tan... bonitos, nos los pedimos inmediatamente. Hemos de tener en cuenta la época, eh? Estábamos en plena psicodelia -que aquí nos llegó algo rezagada :)) Aquellos sombreros estaban confeccionados con una mezcla de nylon y algodón, y resultaban ligeros y bastante fresquitos (dejando aparte el aspecto estético, aunque insisto: Estábamos en los 70 :) . También disponían de un cordón de sujección muy útil (para eso, para sujetar).


Ese sombrero estuvo muchos años en la casa del pueblo, colgado de una percha, aunque hace tiempo ya que le perdí la pista. Es decir: Ya lo había olvidado completamente (a menudo tengo la sensación de que las cosas desaparecen en cuanto las olvidamos y no al revés), pero la red me lo ha traído de vuelta y, de paso, una buena porción de recuerdos infantiles de aquella época y de aquél verano...







Como por ejemplo, éstos pantalones de rayas tan vistosos (los 70, ya sabéis). En realidad los míos eran más vistosos todavía, por lo que recuerdo: franjas amarillas, blancas, negras, verdes, etc... Añadamos al bonito conjunto una de aquellas zapatillas deportivas marca La Tórtola que casi todos los chavales llevábamos en la época. Bueno, o los que no habíamos ni siquiera oído hablar de las John Smith o las Converse y ni sabíamos que existían directamente. Por 200 pesetas tenías unas bambas tipo básquet estupendas y asequibles... 


Es curioso cómo acabo de tener un flash del final de aquellas Tórtola blancas... Ese mismo Septiembre, me caí rodando por una cuesta cerca de casa, haciéndome una herida bastante aparatosa en la rodilla. Se me ha quedado grabado en la memoria el recuerdo de mi padre subiéndome en brazos a casa mientras yo miraba desconsolado mis bambas, ahora teñidas de rojo :) Todavía conservo la cicatriz...Y creo que no volví a tener unas así hasta que me compré mis primeras John Smith, ya con 18 años...


Como estábamos en verano, cualquier camiseta de publicidad de la época daba el pego, para la parte superior de nuestra indumentaria. Si tenías suerte, podías lucir una de Coca-Cola, Mirinda, rotuladores Carioca o La Casera. O una camiseta conmemorativa de cualquier evento deportivo internacional... Siempre era mejor que lucir el logo de una empresa de construcción o de abonos y semillas (que también se podía dar el caso perfectamente, ya que nuestros padres parecían pensar que, en verano y en el pueblo, no había ningún tipo de norma estética aplicable en particular :)



Y terminemos finalmente el atuendo veraniego con unas buenas gafas de pera con cristales marrones o verdes Indo Cromic (sí, los que cambiaban de color según la intensidad de la luz). Lo malo de estos cristales era que en interiores muy iluminados, seguían siendo oscuros, lo cual te quitaba bastante visibilidad. Lo mejor era cuando eran nuevos: Al echar el vaho sobre ellos para limpiarlos (como se ha hecho toda la vida con las gafas hasta que salieron las toallitas o las gamuzas especiales de microfibra) se hacía evidente un sellito blanco con la marca Indocromic, que con el paso del tiempo, dejaba de manifestarse, cual fantasma desanimado :) Bueno, este adminículo nos quedaba reservado a los miopes, ya que en aquellos tiempos y a aquellas edades no se estilaba mucho el llevar gafas de sol. Esto quedaba reservado a los mayores, o a los pijos directamente :)








En fin, habría que vernos a todos subidos en las bicis con aquellos sombreros vaqueros multicolor y el resto de indumentaria a conjunto, corriendo nuestras aventuras por aquellos campos 
bajo la solana implacable (como buenos urbanitas, éramos los únicos en salir antes de las 5 de la tarde, ya que a nadie se le ocurría tragarse toda la calorada del mediodía excepto a nosotros, que exprimíamos ávidamente cada minuto de las vacaciones :). Me veo claramente en el campo de fútbol de tierra desierto, donde hacíamos carreras y derrapadas (en la parte de atrás, había un terreno bastante accidentado con desniveles, donde ejecutábamos acrobacias bastante temerarias y donde en más de una ocasión nos llegamos a plantear seriamente si el que había diseñado las bicicletas con cuadro había colocado allí la barra horizontal tan sólo con la aviesa intención de que nos dejásemos las partes en ella)... 

Ha pasado mucho tiempo desde aquél verano, pero hay cosas que nunca se olvidan por muchos años que pasen... Como el viejo sombrero vaquero multicolor :)






domingo, 6 de septiembre de 2015

AQUELLAS VACACIONES DE VERANO...


Ahora que las vacaciones estivales comienzan ya a perderse en la distancia se me vienen a la memoria aquellas de mi niñez… Qué distintas a las de ahora, ¿verdad? Entonces, al menos en el lugar donde yo crecí –y en el lugar de la sociedad que mi modesta familia ocupaba-, la gente no se iba una semanita a un hotel de playa o se hacía un tour por el sur de Francia, por regla general. Entonces, el que podía –y aún conservaba familia allí-, se iba al PUEBLO. Y el que no, pues se quedaba en casa. Y ésas eran las vacaciones, ni más ni menos: El retorno a las raíces de los padres y los abuelos. Entrañables estancias llenas de recuerdos y sensaciones que seguramente muchos de vosotros atesoráis en la memoria cuidadosamente… Pero mientras tanto no llegaba el momento en que a papá le daban sus merecidas vacaciones, los chicos solíamos pasar la primera parte del verano en el barrio, en la ciudad…


El pistoletazo de salida del verano lo marcaban las fiestas de San Juan, como comentaba en la entrada anterior. Pocos días antes, el colegio había cerrado sus puertas (con nosotros fuera, claro) hasta Septiembre, y la vida se extendía ante nosotros como una alfombra de vacaciones que parecía que no iba a terminar nunca (maravillosa perspectiva algo enturbiada por los cuadernos de vacaciones Santillana)… Septiembre… Eso estaba a AÑOS luz, según nuestro reloj medidor de tiempo infantil, que todavía no se había acelerado hasta parecer prácticamente un ventilador :)


Nuestros padres solían tener UN MES de vacaciones en el trabajo, y casi siempre en Agosto –el país se paralizaba durante esos treinta y un días, si recordáis-, así que durante lo que quedaba de Junio y Julio estábamos en casita o jugando en la calle, normalmente. Al menos durante la semana.
Si lo pienso bien, mis recuerdos personales de aquellos veranos están muy ligados a las salidas matutinas con mamá para ir a hacer la compra a la población vecina… Y no era el único, a juzgar por la cantidad de compañeros de clase o vecinos que me encontraba durante esas sesiones agarrados a la mano de sus madres, con semblante resignado:) Como los casales de verano aún no se habían inventado (y probablemente no se hubieran podido pagar), no había más remedio que cargar con nosotros por todas partes hasta que teníamos edad de quedarnos solos en casa.
Entonces, las amas de casa solían hacer la compra diariamente. No disponían de transporte para cargar una compra semanal, ni macrolugar donde efectuarla, claro. De manera que, cada día, o cada dos, se imponía una excursión al mercado municipal, la carnicería, la tienda de ultramarinos, etc.
Así que mis recuerdos más entrañables de aquellas mañanas estivales eran cómo mi madre me preparaba, repeinaba y me inundaba de colonia para salir los dos caminando despacito a ‘comprar’, bien tempranito. Los vencejos y golondrinas lanzaban sus monótonos gorjeos sobre nuestras cabezas, y la mañana fresca nos saludaba, presagiando un día de verano seguramente caluroso y demoledor.

Hacia la mitad de la callecita de la derecha, podíamos encontrar la tienda del
sr. Alfonso. A la izquierda, la licorería del sr. Campeny (que luego levantaría
un pequeño imperio) y en el centro la farmacia Casellas, que aún existe. Al
fondo, a la derecha y arriba, la iglesia, y junto a ella, el ambulatorio general.



El camino de bajada era una calle lateral que conducía directamente al corazón comercial de la población vecina. Mi madre escogía para la ida esta ruta discreta, sin vecinos parlanchines ni tiendas donde entretenerse. Tiempo habría, a la vuelta, de pararse a hablar en cada esquina, ante mi exasperación e impaciencia :) Si miráis la foto, justamente de entonces –como se puede apreciar por los vehículos que transitan en primer plano-, es la calle que desemboca en la carretera y que viene por la parte izquierda del edificio central. Para cruzar esa carretera que veis (que no venía a ser otra que la carretera general) no había otra manera que usar el paso subterráneo. En su interior siempre había algún tullido que, sentado en el suelo y enseñando los muñones, pedía limosna. A veces se acompañaban para estas menesterosas tareas de algún instrumento musical, generalmente el acordeón. En otras ocasiones se trataba simplemente de mujeres con niños muy pequeñitos que no paraban de llorar… Hoy en día, los dos pasos subterráneos que se utilizaban para cruzar la carretera en esa zona ya no existen. De nuevo, lugares que sólo permanecen ya en la memoria. De todas formas, he encontrado una fotografía de la época donde se puede apreciar el famoso paso. Yo podría ser tranquilamente el chiquillo escuchimizado que camina detrás de su madre, en la parte más alta de la escalera. No os perdáis el guardia urbano con salacot al fondo:)


Una de las cosas que recuerdo con más agrado del mercado municipal (al que todo el mundo solía llamar ‘la plaza’, probablemente por la costumbre ancestral de montar los mercados en las plazas de los pueblos) es el puesto de legumbres, aunque pueda parecer chocante. Aquellos cucuruchos de garbanzos hervidos con que nos obsequiaban a los niños entonces las señoras de las paradas, me sabían a gloria. Junto con los altramuces y las chufas que nos comprábamos en los quioscos, no creo que haya habido nunca ‘chuches’ más convenientes y nutritivas que aquéllas. Aunque los flanes con nata que me metía entre pecho y espalda en la granja del señor Marcelino y la señora María, no eran moco de pavo… Aún hoy en día recuerdo el olor y el sabor de aquellos flanes caseros que el señor Marcelino, jorobado y con boina, sacaba de las neveras industriales, metiditos en sus moldes de alpaca… Y el de los sobrecitos de Conguitos con tren de regalo que me compraban luego, o las deliciosas horchatas de la horchatería que aquellas dos orondas hermanas regentaban junto al mercado :) Para que luego mis padres dijeran que no les comía nada :)











La pescadería también me fascinaba, con aquellas pilas de mármol donde se sumergían los bacalaos –de muy pequeñito creía que estaban allí, VIVOS-, los rapes con sus horrendas cabezas expuestas al público y un sinfín de distintas especies que te miraban con ojos vacíos desde un montón de hielo picado. Afortunadamente, en estas paradas no solían ofrecer muestras  gratuitas  a los niños -"¡Toma niño, chupa esta gamba, majo!"- :) Las fruteras con sus gritos escandalosos, el vendedor de la once ‘¡Iguaaales para hooy!’... Toda una sinfonía de colores y sonidos, los del mercado de entonces. Y a la salida, el cuchillero, afilando los cuchillos de las paradas de la plaza sin parar mientras miraba torvamente hacia la calle soleada desde la penumbra de su minúscula cabina, con el sonido chirriante de la mola de fondo… Y aquellas gigantescas navajas de Albacete expuestas en el aparador y que nunca dejaron la tienda, al menos durante los años en que yo frecuentaba el mercado en compañía de mi madre…


Pese a que sólo se montaba los martes, me gustaría hacer una mención especial al mercadillo (más conocido aquí como Los Encantes)… Era realmente un mundo. Cientos de paradas de todo tipo (nunca faltaban las de juguetitos baratos, mis preferidas), montones de gente examinando el género, gitanas vendiendo cabezas de ajo y laurel… Lo que más se me ha quedado grabado, curiosamente, eran los gritos de las señoras de las paradas de ropa interior: ‘¡BRAAAGAS, REINA! ¡TENGO BRAAAAGAS!’ Era curioso oír vociferar en plena calle un vocablo que, en la época, tenía bastante de tabú  :)

Justo éste mercadillo, en aquella época, y justo en ésa población...

En fin, y tras haber consumido la mañana recorriendo los comercios y tiendas de la zona (y  haber mantenido una laarga conversación en cada una de ellos por parte de mamá),por fin  la vuelta a casa, cansados y sudorosos, aprovechando la sombra de los plataneros y los polvorientos toldos de las tiendas para huir del sol justiciero. La paradita en el quiosco para comprarme el Mortadelo o el Zipi y Zape de turno, bien valía la excursión (y un poco más arriba, un sobre de soldados, acababa de redondear la cosa:) Al final, no estaba tan mal acompañar a la compra a mamá, ¿no? :)


Por suerte, los fines de semana, los planes eran diferentes: Playa o montaña. Los baños de la Doncella de la Costa, en Badalona, eran nuestro destino habitual cuando se trataba de pasar el día en la playa. Aquella zona cubierta de la entrada, con la arena fresca bajo los pies y las cabinas de madera para cambiarse es algo que siempre recordaré. Al fondo, el sol cegador y el azul del mar, tras una arena sembrada de sombrillas multicolores y niños gritones. Mi padre solía nadar mar adentro hasta que casi no se le veía, cosa que al resto de la familia nos ponía bastante de los nervios. Siempre llevaba un alfiler ensartado en el bañador, según él, para pincharse si le cogía una rampa. Por suerte, nunca se dio el caso, así que la eficacia del alfiler en esos casos nunca acabó de estar del todo demostrada…


La playa, entonces, era un lugar bastante más ruidoso que ahora, con los vendedores de helados que recorrían la arena cargando con aquellas neveras de porexpan forrado de plástico de colores (‘¡Al rico bombón helado!’, gritaban), los niños que corríamos y gritábamos por doquier y las múltiples radios distorsionantes que la gente solía llevar y donde probablemente escuchábamos ‘Un rayo de Sol’, ‘Vacaciones de verano’ o ‘Una lágrima cayó en la arena’, por poner un ejemplo. El momento estrella era cuando las avionetas de Nivea o Damm dejaban caer su cargamento de pelotas hinchables… La playa se convertía en una especie de locura hasta que cada pelota encontraba su dueño. Las más disputadas sin duda eran aquellas que caían en el mar. Había que ver a la gente nadar como posesos para alcanzar la pelota antes que otro… ¡Deberían haber hecho de ello un deporte olímpico, por su espectacularidad! :)

Después de comer, nuestras madres no nos dejaban volver al agua hasta que no había pasado al menos una hora y media -no se nos fuera a cortar la digestión-, lo cual era francamente torturante. Y nos embadurnaban de Nivea (¿Sería que al final, lo de las pelotas funcionaba?) para ‘protegernos’ del sol –aunque lo que realmente conseguían era que nos friésemos directamente-. También había otra fórmula para lo de ponerse moreno: ‘Si te quemas una vez, y cambias la piel, entonces ya puedes tomar el sol todo lo que quieras, que ya no te quemas más…' Había una creencia popular en el hecho de que uno sólo se podía ’quemar’ una vez por temporada… Qué falta de información y qué inconsciencia :) Así era la España pelín catetilla de la época…


Las escapadas a la montaña los domingos eran también muy habituales para los que proveníamos de familias que se habían criado en el campo antes de emigrar a una ciudad buscando nuevos horizontes. Ya dicen que la cabra siempre tira al monte, y en este caso debía ser totalmente cierto: no había más que ver cómo se ponían las carreteras que salían de las ciudades hacia las zonas rurales los fines de semana, llenas de domingueros en sus 600, 850, Renaults 8,etc. Todo ello mientras escuchábamos en la radio ‘Caravana de amigos’, por supuesto. En concreto la nuestra, era la carretera de la Roca. Una ruta llena de curvas que se hacía interminable, y en la cual acababas echando las papas 4 de cada 5 veces :) Nosotros teníamos nuestros tres o cuatro rincones favoritos, que nadie más frecuentaba, o que por lo menos, nunca encontramos ocupados por otras familias de domingueros. Un auténtico refugio donde huir de los calores y las prisas de la ciudad. Nunca se me olvida el olor del romero y el tomillo que entraba por las ventanillas mientras el coche se balanceaba por aquellos caminos de cabras…
Héme aquí en compañía de mi hermanito y nuestra querida Tina en
una de aquellas jornadas domingueras...   -La Roca del Vallès, 1974-
Nada más llegar, las madres sacaban unos bocadillos enormes de aquellas bolsas de nylon de rayas, que repartían entre la chiquillería: ‘¡Venga, ir a jugar por ahí hasta la hora de la comida!’ nos decían. Una orden que obedecíamos encantados, claro. Mientras tanto, los hombres lavaban los coches, por dentro y por fuera, y levantaban los capós para comentar algunos pormenores relacionados con la mecánica de sus automóviles, mientras miraban con aire grave y entendido aquellos amasijos de cables llenos de hollín :) Después, nos trasladábamos con todos los trastos (incluyendo sillas, neveras y mesas portátiles) hacia otro lugar un poco más arriba, y las mujeres (se siente, pero la cosa era así) se dedicaban a poner la mesa y servir la comida mientras los hombres daban una vueltecita por allí para ir abriendo apetito. Quizás trajeran algunos higos para el postre, si la excursión se daba bien…El menú habitual era, por descontado: Ensalada, tortilla de patatas y carne empanada (menú que se aplicaba también a la mayoría de nuestras excursiones escolares, si recordáis)… Vino para los mayores, coca-cola caliente para los chicos :) Luego, una buena sandía de postre, y de nuevo la chiquillería a  construir cabañas por las cercanías, o a jugar a la Bola-Loca. Los adultos sacaban termos de café y botellas de anís o coñac de aquellas enormes cestas y mientras los hombres jugaban unas partiditas de cartas o dominó en las mesas de montaña tomándose su copita, las mujeres charlaban de sus cosas o comentaban el Ama o Garbo de turno. Así transcurría plácidamente el domingo hasta que nos llegaba la hora de volver a casa -en unos coches relucientes que olían a pino y detergente- llenos de chorretes, y agotados. Me gustaban mucho aquellas jornadas de estío en la montaña, pero cuando llegaba la noche y me metía en mi cama, me arrebujaba en las sábanas secretamente feliz de, por fin, poder descansar en un sitio limpio y libre de BICHOS de cualquier tipo :))

Juego de la charranca, también conocido como rayuela

Los días laborables, por la tarde, todos los chicos y chicas salíamos a la calle a jugar con el bocadillo en la mano: Ellas, a las gomas, a voltear estampitas, a colocar los trajecitos recortables a las muñecas, a la cuerda o a la charranca. Nosotros, a pillar, a fútbol contra una portería pintada en el muro que cortaba la calle o  la persiana metálica del taller, a beli, o a explorar cualquiera de los múltiples solares y descampados de la zona. Se podían encontrar allí magníficos tesoros, y correr muchísimas aventuras, o eso es lo que nos parecía a los chiquillos de la época, claro... Durante una temporada, hubo un coche abandonado frente a uno de ellos, y era estupendo ponerse al volante de aquel 1500 que se caía a trozos, infestado de pulgas de los gatos que pasaban la noche en su interior e imaginar que corrías las 24 horas de Le Mans.

De nuevo, al acabar la jornada –otra vez llenos de chorretes y presumiblemente con alguna raspadura que otra- volvíamos a casa a cenar agotados, y a ver el Tour de Francia, en el que Eddie Merckx llevaría el maillot amarillo con toda seguridad. A mi padre le gustaba después colocar una alfombra frente al televisor y estirarse en ella, para estar más fresquito. Yo cogía entonces la alfombrita que tenía a los pies de mi cama y me tendía junto a él a ver la tele también. La verdad es que no me parecía nada cómodo ni fresquito, para qué nos vamos a engañar, pero me gustaba hacer lo mismo que mi padre sin cuestionar su utilidad, como a todos los niños, supongo.
Luego llegaba Agosto, y toda la familia, con el 850 cargado hasta los topes, nos encaminábamos hacia la casita que la familia poseía en EL PUEBLO. Veranos de bicicleta y piscinas, y de incursiones en las cabañas de los payeses de la zona con mis amigotes, bajo el sol abrasador de la Terra ferma. Tardes plácidas de siesta –que yo a duras penas conseguía dormir-, de coca con chocolate (hablo de comestibles, aunque pudiera parecer otra cosa) para merendar y frescas noches de verano en las terrazas del bar del castillo sin prisas para volver a casa…

Y poco a poco, casi imperceptiblemente, los días se iban acortando, el tiempo iba cambiando y un buen día nos encontrábamos con que lo que parecía imposible había sucedido: Llegaba Septiembre, se acababan las vacaciones y nos encontrábamos de repente oliendo los libros del nuevo curso con deleite (al menos olían bien, los libros:)  Habíamos quemado una etapa más sin ser conscientes de ello, nos habíamos hecho un poquitín más mayores sin saberlo y comenzábamos un nuevo año mirando con un poco de nostalgia hacia los maravillosos días del verano que lentamente se acababa…

Echando la vista atrás se da uno cuenta de cómo han cambiado las vacaciones de la familia media, respecto a aquéllas de nuestra niñez en todos estos años. Pero si lo pienso bien… Creo que no cambiaría el crucero más lujoso del mundo por el recuerdo de caminar bajo las mañanas frescas del verano de la mano de mi madre hacia la zona comercial de aquel pueblecito… ¡Aunque se parase a charlar en cada tienda! :)









lunes, 20 de julio de 2015

UNAS TIJERAS PARA TODA LA VIDA...


A menudo poseemos pequeños objetos que nos acompañan prácticamente durante toda nuestra vida sin que les prestemos la debida atención. Simplemente los utilizamos cuando los necesitamos y luego los volvemos a guardar en su sitio.

Pero hoy he reparado en uno de esos objetos que llevan conmigo seguramente toda mi vida. Cortando papel, me he dado cuenta de repente de que las tijeras que estaba usando son las mismas que había en casa cuando era un niño. Es decir, las mismas que recuerdo desde que tengo consciencia (si alguna vez la he tenido). Éstas mismas.

Estuvieron en casa de mis padres durante todo el tiempo que viví con ellos, hasta los 22 años para más señas. Me las llevé conmigo después y las he seguido conservando y UTILIZANDO prácticamente cada día de mi vida desde entonces. Están permanentemente en un cajón de mi estudio, siempre en el mismo sitio :)

En casa se utilizaban estas tijeras para todo tipo de usos: Cortar el pollo, para los trabajos manuales del cole o como tijeras de costura. Incluso para algunas chapuzas de papá: 'Tráeme las tijeras, Miguel (LAS tijeras), a ver si puedo cortar estos cables' :) La verdad es que eran las únicas tijeras que había en casa y por tanto estaban absolutamente pluriempleadas. Hasta mi hermano, cuando tenía 4 añitos, las usó para cortarse el flequillo... de raíz! :)

Lo único que se me ocurre es que estas Tres Claveles de los años 60 son de una calidad tan destacable que han sobrevivido hasta hoy en día sin haber sido afiladas siquiera. Tan sólo siento haberlas despuntado un día en que trataba de hacerlas servir como improvisado destornillador (qué le vamos a hacer, manías heredadas de casa :)

Por tanto, gracias viejas tijeras. Aunque espero que sigamos juntos muchos años más sin que ninguno de los dos perdamos el filo :)





viernes, 13 de junio de 2014

DE VERBENAS Y PETARDOS...



Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas. Y colgaron de un cordel, de esquina a esquina, un cartel y guirnaldas de papel rojas, verdes y amarillas..." 

No puedo evitar que se me venga a la cabeza la canción de Serrat cuando pienso en las verbenas de San Juan (y San Pedro) de entonces. No es que difieran mucho de las de ahora, los elementos de la hoguera y los petardos (y la coca de San Juan) siguen estando presentes y siendo la base de esta celebración en muchos sitios, pero quizás antes eran más participativas: Las verbenas se organizaban por vecindarios, barrios o incluso por calles -dependiendo de la zona- y todo el mundo colaboraba para organizarlas...

Estos días ya se empiezan a oír los primeros petardos, pequeñas detonaciones evocadoras que me transportan a mi niñez…

El  auténtico pistoletazo de salida para la celebración era cuando todos los chicos del barrio nos poníamos de acuerdo e íbamos por las casas pidiendo muebles viejos que la gente ya no quisiera para, poco a poco, ir levantando lo que sería la hoguera de la calle.  A efectos de organización y logística :) nos dejábamos guiar por los chicos mayores, que ya tenían cierta experiencia. La construcción de una buena hoguera era algo que requería su técnica, así que, mientras los mayores plantaban una enorme estaca (para ir apilando los muebles a su alrededor), nosotros nos dedicábamos a picar a todas las puertas pidiendo algún trasto que no quisieran. La condición sine qua non era que todo enser recogido debía ser de madera, o al menos la mayor parte del mismo :) O simplemente, debía poder arder convenientemente! Era un buen sistema, y la gente aprovechaba para deshacerse de las cosas que ya no les servían... Hay que tener en cuenta que la carcoma, en la época, causaba verdaderos estragos (como las polillas, quién no tenía aquellas perchitas de Polil en el armario?).

Poco a poco, íbamos trasladando lo que recogíamos al solar de turno (entonces abundaban los descampados sin construir, en la zona del extrarradio donde me crié) y lo íbamos apilando alrededor del poste formando un cono, hasta llegar a la parte más alta, con no pocos incidentes al ir colocando los últimos muebles en las zonas superiores :)




Como colofón de la enorme montaña de maderos solíamos colocar un muñeco. Ahí es donde las madres del barrio hacían su aportación :) Recuerdo sobre todo el  de la última hoguera, al que le cosimos unos cuantos ases en lo que venía a ser la mano, y le colocamos un cartel: Johnny el Trampas,  muerto por sacar un póker de 5 ases :) Ingenuidad infantil y humor de la época, peligrosa combinación :)


La confección de la hoguera duraba un par de semanas, y durante todo ese tiempo ya comenzábamos a tirar los primeros petardos (lo que, francamente, nos parecía lo más divertido de todo, sacando ese pequeño pirómano pirotécnico que todos llevamos dentro).



Para los más pequeños, había una amplia gama de petardos considerados aptos y seguros… Aunque supongo que, al final, no lo debían ser tanto, puesto que la mayoría fueron prohibidos más tarde o más temprano, por ocasionar quemaduras, por su toxicidad o por ser peligrosos en general.





Los más inofensivos donde los hubiera, eran las bombetas, el petardito que nos iniciaba en el apasionante mundo de la pirotecnia sanjuanera. Ya sabéis, ésos paquetitos envueltos en papel de seda, con la parte superior enrollada. Inofensivos, inofensivos, lo eran, pero los de entonces llevaban dentro unas piedras que, cuando la bombeta explotaba, salían disparadas con bastante mala leche :) Lo más chulo era destripar una de éstas bombetas, para ver qué narices llevaban dentro que las hiciera explotar… Lo único que encontrábamos era un montón de serrín y algunas piedrecitas… Todo un misterio! Pero cuando las dejabas caer o las lanzabas, petaban, que era lo interesante.


El segundo artefacto más inocente era la bengala. Básicamente igualitas a las de ahora, sólo que las chispas QUEMABAN que no veas. Los picotazos cuando sostenías una de éstas eran importantes. Parece que, con los años, han logrado controlar y suavizar este tipo de pirotecnia dirigida a los más menudos, lo cual es una suerte, porque entonces, las quemaduras en los dedos estaban a la orden del día (y en la ropa también). Cuando yo era un chaval, sólo las teníamos de luz blanca. Ahora se han sofisticado un poco, y ya las hay que emiten chispas de colores…


Las reinas de las quemaduras a traición eran sin duda lo que nosotros llamábamos ‘rasquetas’ (también llamadas mistos Garibaldi). Unas tiras muy largas de cartulina con unos pegotitos de algo que, al rascarlo contra una superficie rugosa (normalmente la pared), se inflamaban y producían una serie de estallidos y chispas, hasta que se consumían completamente, cobrando la apariencia de la cabeza de un fósforo calcinado. A veces, mientras las rascabas, ardían de pronto, y muchas veces te dejaban la uña negra (y la pared también). Aunque había uno en mi calle que ahuecaba las manos y dejaba que las rasquetas se consumieran entre crepitaciones dentro de ellas, sin hacer siquiera una pequeña mueca. Que yo sepa, estos petardos fueron unos de los primeros en ser prohibidos. Al parecer, más de un niño se había intoxicado por chuparlos…

Habían otros llamados pedernales: eran una especie de piedras redondas, bañadas en fósforo, que producían chispas si las lanzabas contra el suelo o las paredes. Creo que se acabaron prohibiendo también porque algún coche que otro se incendió con las chispas, al lanzar alguno de estos pedernales debajo…
Recuerdo también unos que nosotros llamábamos ‘truenos’. Eran unos paquetitos  envueltos en papel marrón, como de embalaje, y sujetos con cordel, muy prietos. Lo lanzabas contra una pared y explotaban con una detonación bastante considerable, y dejando una buena mancha negra de hollín en la misma, que no salía con nada! Ah, también los prohibieron, por razones evidentes… Todo prohibido!
Otros de los petarditos estrella eran las piulas, unos petardos muy finitos y largos, de color verde, que se siguen fabricando. Y los clásicos chinos, con su papel estampado de estrellitas. Venían (y todavía se siguen empaquetando así) montados en una pequeña traca, y forrados con papel de colores. Si la deshacías, tenías un montón de petardos individuales de estallido medio, muy útiles para meterlos en botellas, latas, o grietas de las paredes y ver qué pasaba :)


Y los borrachos? Con su errática trayectoria a ras de suelo, hacían que todo el mundo huyese levantando las piernas cómicamente. Nunca se sabía dónde irían a parar! Y allá donde lo hacían, producían alguna quemadura que otra :)
Yo diría que entonces no teníamos la increíble variedad pirotécnica de la que los chavales disponen ahora: pistolas que disparan serpentinas, coches y tanques que evolucionan por el suelo mientras disparan salvas de chispas, avispas que se elevan dando vueltas, bolas de humo de colores, fuentes de todo tipo desde las más minúsculas a las baterías de cohetes… La oferta era mucho más reducida, y prácticamente todo el género del que disponíamos simplemente estallaba o lanzaba chispas luminosas… Pero para nosotros era simplemente alucinante el poder disponer de aquellos sencillos, pero efectivos, explosivos :) Hay que decir, en honor a la verdad, que se ha ampliado muchísimo la gama de pirotecnia infantil, pero se siguen conservando todavía algunos clásicos que apenas han cambiado con el tiempo.


Además de toda esta parafernalia pirotécnica (en mi opinión, el alma de la fiesta), en algunas zonas la verbena se celebraba cerrando y decorando las calles (cosa que hacían todos los vecinos en cooperación) y organizando actividades lúdicas de todo tipo, que duraban más o menos desde una semana antes de San Juan hasta la verbena de San Pedro. Para los mayores, orquestas o pequeños espectáculos itinerantes ocupaban, por la noche, la cabecera de las calles. Para los más pequeños, payasos, piñatas (se colocaba una cuerda de lado a lado de la calle, con una olla llena de harina y algunos juguetes y dulces, y a los chicos se les vendaban los ojos y se les daba un garrote, con el cual tenían que acertar en la olla siguiendo las indicaciones de la audiencia. Tres oportunidades se les daba, y si no acertaban, el desafío pasaba al siguiente niño), carreras de sacos, chocolatadas, etc. durante el día…
La noche de la verbena, se montaban unas enormes mesas donde todos los vecinos (que durante el año habían ido aportando dinero mensualmente para el fondo de la organización de las fiestas) disfrutaban de una cena en comunidad. Esta costumbre se sigue manteniendo aún hoy en día en algunos barrios, pero poco a poco parece que se va perdiendo. Era muy bonito, para variar, ver la calle donde vivías transformada de esa manera, decorada y cerrada al tráfico… Y con un montón de actividades y juegos diferentes cada día, y aquel olor a pólvora flotando en el ambiente. Uno tenía la sensación de estar en un sitio totalmente distinto al habitual. No es que entonces hubiera mucho tráfico , pero el poder moverte con tu bici o tus patines por en medio de la calle (una calle que, de pronto, parecía increíblemente amplia, sin coches aparcados junto a las aceras) sin que ni siquiera apareciese un coche de vez en cuando, era algo totalmente inusual y placentero. Además, ya estábamos de vacaciones, lo cual era un valor añadido sin duda!


Por fin, la noche de la verbena, tras la cena –en la que no podían faltar las cocas (de frutas o chicharrones) y el cava,  y entre vapores de pólvora y alcohol y estallidos de petardos (los más pequeños enarbolando sus bengalas y lanzando las bombetas a los pies de las señoras, ante el –un poco fingido- escándalo de éstas), se encendía la hoguera, y todo el mundo miraba fascinado el fuego, un espectáculo atávico e hipnótico donde los haya… Aún recuerdo el día en que un camión del ayuntamiento, acompañado de una patrulla de la policía municipal, cargó toda la madera que teníamos apilada y preparada para la gran noche y se la llevaron. Las hogueras en los barrios habían quedado, como no, prohibidas por motivos de seguridad… A partir de aquel año, en el barrio donde crecí, ya nunca se volvió a encender una hoguera la noche de San Juan…


No olvidemos cómo, al día siguiente, los chicos rebuscábamos por las calles los petardos que habían quedado sin estallar. Montones, si los sabías buscar... Las mechas eran muy cortas, así que había que andar con mucho ojo y ser muy rápidos, o te estallaban en los dedos (que se te quedaban dormidos durante una hora :)
Y  tras la verbena de San Pedro, siempre menos intensa que la de San Juan, llegaba el triste momento de desmontar las banderitas y las decoraciones y de recoger mesas y sillas… hasta el año siguiente.
Y con la resaca a cuestas, volvía el pobre a su pobreza, volvía el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas… Las fiestas de San Juan, preludio del verano que llegaba, habían acabado. San Juan: Una noche mágica donde las hubiera, llena de luz, música y misterio… El solsticio de verano, la noche de las hogueras y, sobre todo, sobre todo, la noche de los… petardos! Pim, pam, pum!
"Vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta..."