miércoles, 30 de noviembre de 2016

AQUELLAS NAVIDADES INOLVIDABLES

Ahora que se acercan estas fechas tan especiales, no puede uno evitar echar la vista atrás y recordar cómo se sentía  cuando era un niño. La Navidad es una época de ilusión y tradiciones, de ternura y familia, pero nunca es tan bonita como cuando se ve con los ojos infantiles, sin duda...

El preludio de las Navidades, el momento en el que comenzábamos a  ser conscientes de que se acercaban, eran los trabajos manuales que comenzábamos a confeccionar en la escuela. Eso y los villancicos que nos enseñaban, y puede que hasta la pequeña representación que haríamos el último día de cole para todos los padres.  Siempre guardo el recuerdo de una de ellas, cuando tenía 7 años y organizamos un belén viviente en el edificio principal de la academia donde estudiaba (que era una pequeña casita cuadrada en la que se impartían clases para dos cursos al tiempo). Se apartaron todos los pupitres y allí nos colocamos todos disfrazados convenientemente. Yo era un pastorcillo, y me tocó tocar un triángulo mientras cantábamos :) Nunca se me olvidará lo orgulloso que me sentía viendo a mis padres allí de pie tan contentos...


La clase se adornaba con las vidrieras de cartulina y celofán, cadenas de papel charol, murales etc. que los alumnos confeccionábamos durante las semanas previas a las vacaciones. Además también hacíamos alguna cosita para casa, evidentemente. Algún muñequito de nieve (el primer trabajo manual que recuerdo), hecho con algodón y el cartón de un rollo de papel higiénico (Elefante,claro), un Papá Noel de cartulina, etc. Hacía mucha ilusión llevar algo a casa, y también dar clase en un aula ambientada de aquella manera. Misteriosamente, cuando volvíamos en Enero, los adornos habían desaparecido como por arte de magia :)


Los alumnos de los cursos superiores solían hacer un espectacular belén, al que a los más pequeños no nos dejaban ni acercarnos. Tenía hasta agua corriente!
Finalmente, llegaba el día en que nos daban las notas y las vacaciones de Navidad. “Hasta el año que viene!” era la bromita típica. Y luego de vuelta a casa, contento, contemplando todos aquellos escaparates y las tiendas repletas de espumillón y adornos de porexpan, con dos semanas de celebraciones por delante. Hoy en día los comercios se siguen adornando, pero entonces era espectacular (o quizás muy hortera, no lo sé). Las estanterías se llenaban de espumillón y bolas, que básicamente eran los adornos de los que podíamos echar mano entonces. Y las calles se iluminaban con motivos exclusivamente Navideños. Quizá no eran tan llamativos como los luminosos  de hoy en día, pero al menos no había dudas en cuanto a qué estábamos celebrando: Coronas de rey, velas con muérdago, trineos, campanitas doradas... Ésas eran las decoraciones navideñas de los 60 y 70. Ahora parece que intentamos desproveer de significado las Navidades, y solamente se está interesado en conservar el espíritu consumista...


He aquí el árbol que Jorba Preciados instalaba cada año en Puerta del Ángel, Barcelona. Años 70

Y esto nos lleva a los adornos de casa. Una vez obtenidas las merecidas vacaciones, se imponía montar el belén y colocar los adornos. Todos estos elementos dormían el sueño de los justos el resto del año metiditos en su caja, y era fantástico ir sacándolo todo poco a poco y despertar recuerdos de los años anteriores. En casa, las figuras del pesebre fueron las mismas durante todo el tiempo que viví allí, y es entrañable contemplarlas después de tantos años. Parece que te transportas a tu niñez, como cuando te miras en una bola de navidad y durante un instante esperas encontrar allí la cara del niño que fuiste, deformada cómicamente...  Cada año se imponía la visita a la feria de Navidad de la zona, donde quizás se incorporaría una nueva figurita al pesebre, y donde seguro se compraría el musgo reglamentario. Esas ferias eran –y por suerte, siguen siéndolo- entrañables...


En casa también montábamos un pequeño arbolito, y un año mis padres compraron unos paquetitos brillantes que en su interior guardaban pequeños juguetitos de madera: un jarroncito, un porrón, etc. Claro, duraron ese año, porque los abrí todos :) Pero en general, la variedad de los adornos era la típica y tradicional: angelitos con cabecita de madera redonda y alas de cartulina, un Papá Noel de plástico, los típicos zuecos de colores y espumillón y bolas a mansalva. Aquellas bolas tan frágiles y bonitas, recordáis? siempre se rompía alguna, indefectiblemente...




La confección del pesebre era todo un ritual, también. En casa había varios sitios favoritos para colocarlo: debajo de las patas de la mesita alta del televisor (mi padre forraba con papel tres de los lados y en aquel recinto colocábamos el belén. Ese año, instaló luces de colores entre el musgo, dentro de las casitas de corcho, etc. Lo recuerdo como algo increiblemente bello, aunque supongo que lo veía a través de los ojos infantiles de la fantasía. Me pasé las navidades cantando villancicos con mi pandereta delante de aquel estupendo pesebre), o directamente en el mueble del comedor. Se quitaban los libros y los adornos de un par de módulos de estantería y allí poníamos el belén. Cuando usábamos dos continuos, el paisaje estaba dividido absurdamente por un panel vertical de madera, pero no nos importaba (ni a los pastorcillos, que seguían su camino tercamente hacia el portal). Luego unas tiras de espumillón en el borde, y listo! Poco a poco, cada día, una vez pasada la Nochebuena, movíamos los Reyes hacia el portal, hasta que la noche de Reyes los instalábamos justo delante (qué emoción). Hoy en día sigo manteniendo la tradición del pesebre en casa, aunque intento ser más lógico. Las desproporciones que se daban en la mayoría de pesebres de aquellos años eran un poco exageradas. Al final, como comprábamos las figuritas en sitios distintos y de diferentes fabricantes, el niño Jesús podía ser más grande que los tres Reyes Magos juntos, incluyendo los camellos :) Eso siempre me puso un poco nervioso... Bueno, eso y los ríos de papel de plata!
Éste es el Pesebre que montamos en casa en la actualidad. Confío en que mis hijos
sigan la tradición en sus propias casas, de la misma forma en que  yo la heredé de mi familia.


En esos días nuestros padres hacían las compras Navideñas. Hacía mucha ilusión (y te ponía los dientes largos esperando el día de hincarlos en el género) ir a comprar los turrones (del duro, del blando, nata-nueces , de frutas con mazapán y yema quemada), y el champán. Mi padre tenía debilidad por la fruta escarchada,  y también por el pan de higos :)


Y POR SUPUESTO, la compra estrella de las Navidades: El pavo VIVO. Solíamos comprarlo en el Parque de la Ciudadela, donde en esos días se montaban unos corrales llenos de pavos que los vendedores ofrecían a los viandantes. En una ocasión, nos mandaron un pavo del pueblo, en tren, metido dentro de una caja de cartón con agujeros, nunca se me olvidará. Y en otra, celebramos las Navidades en la casa familiar, así que me tocó ir con el pavo en los pies durante todo el viaje en nuestro querido 850. No puedo negar que los llevaba bien calentitos, eso sí. 

Cebábamos al pavo, que vivía sus últimos días en la terraza, compartiendo espacio con nuestra perra Tina (la cual, siendo un perro cazador, curiosamente parecía tenerles un miedo cerval a aquellas enormes aves que cada año invadían sus dominios en estas fechas) con granos de maíz, y he de reconocer que casi doblaba su tamaño en una semana. Y finalmente, mi padre lo finiquitaba el día antes de Navidad. Era un poco desagradable, y me ahorraré describirlo aquí, pero al menos no había sangre de por medio, gracias a Dios. Y el pavo con arroz que se cocinaba el día de Navidad (y el guisado de las pelotas de San Esteban) bien valían el desagradable espectáculo, aunque a uno le costaba acostumbrarse a encontrarse con la enorme cabeza del pavo cada vez que abrías la nevera. Con el transcurso de los años, pasaron a comprarlo ya muerto y limpio, listo para cocinar. Todo se pierde :) -Aunque confieso que es una de las tradiciones familiares que he estado encantado de romper, junto con la de la caza menor-


En fin, era fantástico estar en casa esos días de vacaciones, en pijama hasta horas inusuales del mediodía, viendo programas infantiles en la tele o jugando con mis cosas, en aquel comedor helado y con la vieja estufa encendida. Ocasionalmente, picaban a la puerta y aparecía el barrendero, el cartero o el butanero con una tarjetita ilustrada. Mi madre le daba una propina, que ellos llamaban aguinaldo. Las tarjetitas eran muy anticuadas incluso en aquella época. Yo creo que los diseños eran de los años 40, y nunca llegaron a cambiar, hasta que desapareció la costumbre de pedir el aguinaldo por las casas. Mamá siempre  hacía el mismo comentario cuando el barrendero se marchaba: "Me parece que yo a éste lo veo cada año por estas fechas, y no más..." Es verdad. Las calles estaban muy sucias entonces, y raramente se limpiaban, para qué lo vamos a negar. Al menos en el barrio del extrarradio donde me crié...


En alguna ocasión recuerdo haber ido cantando villancicos con un grupo de niños por el vecindario, y recibir yo también una pequeña propina por parte de los vecinos resignados :) Se diría que las Navidades eran una buena época para esquilmar a las buenas gentes...

El guardia urbano que dirigía el tráfico en el centro de la población, no necesitaba ir por las casas pidiendo aguinaldos, ya que algunos conductores (sobre todo los residentes) le dejaban regalos en forma de botellas de champán, turrones y demás artículos navideños al pie de su pedestal. Recuerdo haber pasado con el 600 de papá y dejarle una tabletita de turrón. El guardia daba las gracias amablemente y escaneaba con su mirada escrutadora y algo amenazante el rostro del donante y el coche. Puede que, durante el resto del año, alguna imprudencia leve fuese perdonada , si el regalo era decente :) Era una localidad pequeña, y todo el mundo se conocía...


Viendo esta fotografía, me doy cuenta de un detalle que me había pasado
inadvertido, y sin embargo se repite en muchas de las imágenes de este tipo:
El balón hinchable. Parece ser un clásico de las donaciones al municipal...



Otro hito de estas Fiestas es la inefable Lotería de Navidad. Es curioso cómo, incluso hoy en día, en que hay multitud de sorteos, loterías y juegos de azar donde elegir durante todo el año, el comprar lotería en Navidad es una tradición que no se pierde. Antes era de lo más normal, claro. Porque sólo teníamos los ‘iguales’ y la lotería navideña (bueno, y la del Niño, claro). Las participaciones en los comercios, los décimos que se compartían entre la familia, eran (y siguen siendo) una parte muy importante  de las fiestas, como una forma de compartir la ilusión y repartir suerte y fortuna... Y luego el día de la lotería, retransmitida en directo por televisión, con los niños de San Ildefonso que cantaban en pesetas... Ese día se respira un ambiente especial en todas partes, especialmente el momento en que los 'niños de San Ildefonso' cantan algún premio importante. Aún recuerdo lo chocante que resultó oír la misma cantinela con los euros. Uno no se acaba de acostumbrar, verdad?... Bueno, en aquella época, la única manera que la gente humilde teníamos de ‘salir de pobres’ era que te tocase la lotería en Navidad, básicamente. Ahora digamos que tienes un abanico más amplio donde depositar tus esperanzas durante el resto del año :)



Y evidentemente, nos felicitábamos las Navidades con tarjetas y por correo, nada de mails ni mensajes SMS, ni mucho menos las típicas e-cards que ahora nos enviamos por correo electrónico o teléfono móvil, auténticas horteradas donde las haya, reconozcámoslo... Entonces se compraban aquellas preciosas tarjetitas con purpurinas de Ferrándiz en tu librería de confianza, se dedicaba una frase para cada casa, se metían en un sobre, se escribía la dirección, se estampaba un sello y al buzón... Y luego se rogaba para que Correos no se colapsase como cada año y las postales no llegasen pasado Reyes :) Pero si lo piensas, eso también formaba parte de las fiestas, de alguna manera. Escribir las tarjetas en la mesa del comedor con mi madre es otro de los recuerdos entrañables que guardo en la memoria... 


La propia casa se llenaba de otras postales que la gente que te quería te enviaba también... Otro elemento decorativo que colocábamos en la librería, cerca del belén. Ahora a duras penas recibes las de tus padres y la de algún amigo que todavía se aferra a las viejas tradiciones, por suerte :) Y claro, la del Corte Inglés! 


La televisión durante las vacaciones también era diferente a la de ahora. Como comentábamos antes, había mucha programación infantil estos días y también películas religiosas y programas especiales, con actuaciones musicales de los artistas del momento, en Navidad y Nochevieja. Una película que no fallaba casi ningún año era La Gran Familia, con sus momentos hilarantes y algunos otros bastante dramáticos, como la inolvidable escena en la que Chencho se pierde en la Plaza Mayor, y su abuelo, encarnado por el actor Pepe Isbert le va llamando a gritos con aquella voz tan cascada. La cantinela 'Chencho, Chencho' ha quedado como un icono cultural de nuestra generación. Bueno, tal como lo veo, vendría a ser como nuestra ‘Qué Bello es Vivir’, no?(otra película que nunca fallaba). 



Oops! Casi me olvido del inefable Luis Aguilé y su clásica y entrañable canción navideña! No hubiera sido justo, sin duda...


Y entre película y película (y mazapán y trocitos de turron que iban sobrando de las celebraciones y que sabían a gloria antes del desayuno) la televisión, ya en aquélla época, nos martilleaba con los anuncios de juguetes... Porque una de las cosas más importantes que nos sucedían a los chicos durante las fiestas, eran la venida de los Reyes Magos de Oriente... Los clásicos de la época eran el fuerte Comansi, las muñecas de Famosa (que se dirigían diligentemente al portal, como siguen haciéndolo todavía), nuestros queridos Madelman, los Juegos Reunidos Geyper, la inacabable lista de artículos de la Srta. Pepis, el CINEXÍN, la Magia Borrás, y un sinfín de juguetes y juegos que proliferaban en las tiendecitas de aquellos tiempos. Claro, los juegos digitales no estaban ni en el pensamiento todavía, y desde un juguete a un libro ilustrado había una amplia gama de material para que los Reyes (ya que Papá Noel no se dignaba venir entonces) escogieran... Para ello, claro, había que escribir la pertinente carta, cosa que hacíamos con una ilusión tremenda. Y luego entregarla, ya fuera a un paje o a una de sus Majestades en persona (siempre era mejor evitar intermediarios, si entendéis lo que quiero decir :)


Pero antes de esa etapa que de alguna forma iba a dar punto y final a las fiestas, y después de Navidad y San Esteban, teníamos el día de los Santos Inocentes... Ahora se ha perdido un poco la tradición, pero entonces los chicos acudíamos en masa a las tiendecitas de juguetes y quioscos a comprar artículos de broma para la ocasión. Bombas fétidas, líquidos frío-calor, tintas que desaparecían, cualquier cosa era buena para endosarle una buena broma a algún conocido. Aunque la estrella seguía siendo el humilde muñequito de papel que se pegaba en la espalda del incauto de turno. Era muy corriente, ese día, ver a algún señor que llevaba el muñequito colgando en el abrigo... Y por supuesto, ese día todo el mundo estaba muy pendiente de las bromas que nos solían gastar en los medios de comunicación... Un pequeño paréntesis de diversión entre las fiestas, aunque nunca he acabado de entender que un hecho tan terrible como el que se conmemora haya originado una celebración tan jocosa :)


En seguida llegaba la Nochevieja, y las celebraciones familiares se retomaban... Tras la cena, el momento de las doce campanadas era totalmente mágico, desde el punto de vista de un niño, claro. Seguir el ritual de los cuartos, las campanadas y tratar de engullir todas las uvas a tiempo era algo misterioso y a la vez estresante. Los chicos no conseguíamos hacerlo a tiempo, salvo si nos las metíamos todas a la vez en la boca, pero nos maravillaba lo contentos que se ponían todos y cómo levantaban las copas para brindar después. Otro año más caía, un nuevo número que aprender para poner la fecha en los cuadernos de la escuela. 


Qué poco nos imaginábamos entonces lo agobiante que podría llegar a ser en un futuro, y cómo añoraríamos aquellos numeritos que aprendíamos a componer entonces... 1968, 1973... cómo pasa el tiempo... Hoy en día cada casa se come las uvas con una cadena diferente, pero entonces todos los españoles lo hacíamos al son de las campanadas del reloj de la Plaza del Sol, preparándonos para el sprint final mientras veíamos la bola caer con ese estrépito de campanadas rápidas que preludia los cuartos. Al hilo de este tema, diría que antes la campanadas eran más rápidas, y con el paso de los años han ido adaptando el ritmo a una cadencia más cómoda, lo cual se agradece, y evita los típicos atragantamientos :) Creo que todos los de nuesta generación recordamos el ÚNICO AÑO QUE NO NOS PUDIMOS COMER LAS UVAS a tiempo, cuando la pobre Marisa Naranjo se hizo un taco con las campanadas y toda España, estupefacta, escuchó sonar la última campanada con las uvas aún en la mano :) Eso pasó en 1989... Desde entonces, todos los anfitriones que han seguido presentando las campanadas de Fin de Año se deshacen en explicaciones sobre el tema, con la intención de que nadie se haga un lío. Aunque en justicia, creo que la primera vez que el proceso se explicó claramente, fue el año en que Martes y Trece se hicieron cargo, justo al cabo de un año del desastre naranjil :)... Algo así venía haciendo mucha falta, sin duda. Tantos y tantos años sin tener claro lo de la bola, los cuartos y las campanadas... Parece increíble, no? Bueno, tras la ceremonia, sólo nos quedaba ver el Especial Fin de Año hasta quedarnos dormidos...


Puerta del Sol, Nochevieja del 71



Y entonces, sólo entonces, se abría la veda: Los chicos ya estábamos impacientes y superexcitados ante la perspectiva de la venida de los Reyes, algo que habíamos estado esperando durante todas las vacaciones. Anuncios de juguetes en la tele en plan intensivo, escaparates tentadores por doquier... Era una semana que se hacía eterna, una espera a veces casi insoportable!


Sabías que, una vez llegados a ese punto, se acababa lo bueno, pero la magia de los Reyes era mucha magia. Se organizaban estupendas cabalgatas (más o menos como las de ahora, pero más discretitas, diría yo) a las que acudíamos ilusionados intentando ver a nuestro Rey favorito entre toda la marabunta, y de paso, coger algún caramelo de los que la comitiva iba lanzando. A veces uno de los Reyes nos miraba directamente y nos saludaba! Entonces se disipaban todas tus dudas: Habías sido bueno y esa noche tendrías tus merecidos regalos... Luego, de vuelta a casa, a la cama prontito, que si los Reyes veían que estabas despierto, no te dejaban nada, como nos decían nuestros padres con una fingida seriedad. Una vez, y lo digo bajito, pude ver parte del manto y la corona cuando dejaban los juguetes en mi habitación, lo juro! Pero cerré los ojos muy fuerte y me hice el dormido para que no se dieran cuenta. Por supuesto no había que olvidar dejar algo de leche y unas galletas para los Reyes y un poco de agua para los camellos, que sin duda estarían sedientos por el largo viaje... 


Y lo que son las cosas, con lo que a uno le costaba dormirse,  una vez lo habías hecho... Olvidabas completamente el asunto, así que cuando despertabas por la mañana, un pensamiento súbito te asaltaba, corrías en pijama al lugar donde los Reyes solían dejar los regalos, y... allí estaban, junto con los cigarros, las monedas y las botellitas de champán de chocolate, el carbón por las picias que hubieras cometido durante el año y las piedrecitas y las olivas de caramelo... Los juguetes que habíamos visto por la tele y habíamos anhelado durante todo el año... Lo siguiente que mandaba el reglamento infantil para estos casos, era ir a despertar a tus padres juguetes en mano, para enseñarles los que nos habían dejado sus Majestades, cosa que siempre les sorprendía sobremanera, por supuesto...

La algarabía de sirenas, llantos de muñeca, carrerillas y griterío infantil que se oía por el patio interior del edificio es algo que nunca olvidaré. Luego tocaba la excursión a las casas de los familiares más allegados, a llevar los juguetes que los Reyes habían dejado en casa y, lo más importante, recoger los que sus Majestades de Oriente nos habían dejado allí (siempre me pregunté el porqué de estos intercambios, pero supuse que era algo que los Reyes hacían para promover las reuniones familiares en esas fechas... Y ahora que lo veo todo con la perspectiva del tiempo y los años, me doy cuenta de que así era. Sus Majestades siempre fueron muy listos, verdad? :)



El día acababa con unos chicos derrengados pero felices, y cargaditos de juguetes que te habían de durar todo el año o al menos hasta tu cumpleaños... Antes la provisión de juguetes se hacía por estas fechas, y con ello nos conformábamos. Al menos los juguetes importantes. Para el resto del año siempre nos quedaban los quioscos :)

En resumen, podríamos decir que aún no hemos perdido del todo nuestras viejas tradiciones navideñas. Quizás en algún colegio se han suprimido los pesebres, quizás cada vez en más casas se recibe la visita de Papá Noel (que tiene la previsión de aparecer al principio de las fiestas, con lo cual
 los niños tienen más tiempo de disfrutar con sus juguetes que con los que les dejan nuestros tardíos Reyes), puede que las calles luzcan adornos muy diferentes y que cada vez tienen menos que ver con los típicos de inspiración navideña que tanto recordamos, ya no nos visitan los carteros con la postalita de aguinaldo, y también puede que la espiritualidad de la Navidad se vaya perdiendo en pos de intenciones meramente comerciales, etc, etc. Pero seguimos celebrándolas, cada uno a su manera, cada uno a su modo. Y es una ocasión estupenda para reunir a la familia, y recordar a los que ya no están con nosotros para atacar los langostinos y los turrones como solían hacer antaño. Sea como sea, estas fechas siempre nos traen recuerdos de la infancia, y los que tenemos la suerte de tener hijos, podemos seguir viviéndolas con la misma ilusión con que lo hicimos de niños.

Pero hay un par de cosas que siempre me vienen a la mente cuando despierto la mañana de Reyes: Una, un vago sentimiento de tristeza porque las fiestas tocan a su fin, y la otra, el recuerdo de aquel día de Reyes en el que desperté y poco a poco, según mis ojos se iban acostumbrando a la penumbra del cuarto, pude distinguir la silueta de una bandera ondeando al viento sobre la torre de vigilancia de... MI FUERTE COMANSI! Los anhelos de todo un año materializados por fin en uno de los juguetes que con más cariño recuerdo... Gracias Majestades, por todas aquellas mañanas felices, y... Hasta pronto!


































lunes, 21 de noviembre de 2016

Entrevista en el diario La Razón a uno de los miembros de AMK

Miguel Fernández, ilustrador y guionista
Miguel Fernández, ilustrador y guionista
Miquel González
Un libro para volver a la niñez y viajar entre risas hacia el pasado. Una máquina del tiempo en papel que sirve como crónica sociológica de las décadas de los 60, 70 y 80. Más que un entrañable catálogo de juguetes clásicos, «Aquellos maravillosos kioscos» (Edaf) es una ventana para asomarse a una época en la que peonzas y canicas enloquecían a unos niños despreocupados que gastaban sus pagas dominicales en todo tipo de cachivaches. La obra de Miguel Fernández y Juan Pedro Ferrer nos recuerda que «para saber hacia dónde vamos debemos saber de dónde venimos». Es, en definitiva, un homenaje a la infancia.
–¿Eran los kioscos lugares sagrados?

–Eran un punto de reunión y emoción. Cada semana íbamos para aprovisionarnos de juguetes baratos hasta la llegada de los Reyes Magos. Los fabricantes se las ingeniaban para tenernos enganchados a todas las novedades.
–¿Peregrinaban?

–(Risas) Pues solíamos ir los domingos, cuando nos daban la paga. Allí nos la gastábamos.
–¿Giraba el mundo alrededor de los kioscos?

–Sí. Su éxito fue el descubrimiento del plástico, que invadió absolutamente toda la industria juguetera. Unos de los objetos de la época fueron los paracaidistas, que estuvieron muchos años adornando los cables de luz y teléfono de las ciudades. Las niñas también tenían sus cacharritos de cocina. En una sociedad tan machista los juguetes otorgaban a cada uno de los sexos un papel.
–Incluso se vendían periódicos...

–Al principio eran puestecillos muy básicos que tenían desde tabaco hasta chuches. Luego se hicieron casetas un poco más sólidas y vendían juguetes. Más tarde fueron derivando hacia kioscos para distribuir, básicamente, periódicos.
–Y ahora ya, por desgracia, casi ni eso...

–Es verdad. La crisis de los medios gráficos es bastante evidente.
–¿Están los kioscos condenados a desaparecer?

–Es complejo predecirlo, pero el kiosco que conocimos ya ha desaparecido. Plantearse si desaparecerán los kioscos de prensa es como plantearse si desaparecerán los libros. Yo creo que no. Hay a quien le gusta tener un periódico bajo el brazo.
–¿Y si Marisol apareciera desnuda en la portada de «Interviú», volverían las peregrinaciones?

–(Risas) Ha sido una mujer bellísima, pero no creo que quiera.
–¿Usted se sigue deteniendo frente a los kioscos?

–Por supuesto. Y me vienen aquellos recuerdos. Pero no son muy identificables, han perdido su personalidad.
–¿Le veo nostálgico?

–La nostalgia hay que dosificarla. Tiene que ser terapéutica y divertida. No es conveniente instalarse en ella y deprimirse por considerar que estos tiempos son peores.
–¿La nostalgia se cura o sirve para curar?

–Entendida como un ejercicio lúdico, hasta cierto punto es sana. Pero no hay que volverse un nostálgico empedernido. Éste es un libro escrito en clave de humor que puede ser bueno para recordar sin sufrir.
–Hay quien borra las memorias de la infancia.

–Cierto, pero basta un pequeño clic para que se desentierren. Una imagen, una canción, un anuncio... nos retrotraen al pasado. Para saber hacia dónde vamos debemos saber de dónde venimos. Y tenerlo presente no es malo.
–Además, la persona que recuerda vive dos veces.

–Exacto.
–¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

–No, pero es verdad que la vida se vive diferente a los 8 años que a los 58. Las responsabilidades pueden agobiar y aquella era una época feliz y despreocupada. Muchos hablan de la España en blanco y negro. Sin embargo, aquella España era de un estallido de color... Los 70 fueron los años de la psicodelia. Era una sociedad ingenua, que empezaba a abrirse al mundo. La gente no era tan precavida como ahora.
–¿No existió una España en blanco y negro?

–No. España y el mundo siempre han sido de color.
–¿Qué juguetes han relevado a las peonzas y canicas?

–Estos juguetes no han sido sustituidos, forman parte de las modas de ida y vuelta. Se van modificando al gusto de las generaciones, pero nunca desaparecerán.
–Pero ¿a qué juegan los niños de hoy en día?

–A lo mismo, aunque de manera electrónica. Eso les hace perder la sociabilidad que había en la época, cuando nos íbamos con un bocadillo a jugar con el resto de los niños. Ahora llevan una vida más aislada.
–¿Les falta calle?

–Sí. A los niños de hoy en día, sobre todo en las grandes ciudades, les falta calle. Ya no tienen aquellos descampados de los que disfrutábamos tan a lo loco.
–¿Es la calle una buena escuela?

–En la calle se aprende a convivir. Y relacionarse con la gente es muy útil para la vida.
–¿Cuándo un descampado deja de ser un lugar para jugar?

–Cuando entras en la adolescencia y se convierte en el escondite de los primeros cigarrillos. Y más tarde en el sitio donde tienes las primeras citas...
–Suéltese. Que si los descampados hablaran...

–Podrían contar muchas cosas (risas). Son zonas poco iluminadas y muy solitarias.
–¿Cuánto de niño hay en un adulto?

–Almacenamos nuestro propio yo durante toda la vida. Y dentro de cada uno hay un niño entero. Sólo hay que rascar un poco para descubrirlo.
–¿Cómo son los adultos sin recuerdos de la infancia?

–Todas las etapas de nuestras vidas son indispensables para crecer. Un adulto que no haya sido niño no es un adulto equilibrado.
–Usted volvió de la mili y empezó a dibujar para Disney. ¿Qué necesita un dibujo para cobrar vida?

–Que el dibujante trabaje con cariño y esté vivo. Para dibujar hace falta inteligencia emocional.
–¿Cree que la vida es un guión?

–Sí. A veces lo escribimos nosotros. Y otras veces lo escriben otros.
–¿Quiénes son los otros?

–Todos somos actores. Hay mucha gente que se cruza en tu camino. El guión de tu vida lo escribes con quienes te rodean. Pero deberíamos –al menos intentar– escribir el nuestro propio. No se puede vivir sin tener objetivos.

El lector

Aunque continúa yendo al kiosco para comprar documentos gráficos, cada mañana hace el ejercicio de consultar todos los periódicos por internet para tener una visión completa de lo que acontece a su alrededor. Asimismo, a lo largo del día escucha emisoras de radio de distinta índole.


Entrevista a uno de los autores de AMK para el diario Información de Alicante

Días de pipas, cromos y canicas

El alicantino Juan Pedro Ferrer Pujol y Miguel Fernández Martínez viajan en Aquellos maravillosos kioscos a la infancia de los años 60 y 70

27.10.2016 | 00:55

Días de pipas, cromos y canicas

La publicación se presenta el próximo viernes a las 19 horas en la Casa del Libro de Alicante.
Soldados de plástico, saltimbanquis que daban volteretas escaleras abajo, paracaidistas que acababan enganchados en los cables de la luz, chucherías, cromos, muñecos, tebeos, recortables, canicas... y pipas, muchas pipas. Este era el mundo que aparecía ante los ojos de los niños nacidos entre las décadas de los años 60 y 70 cada vez que se asomaban al kiosco, un fortín lleno de baratijas, golosinas y juguetes minúsculos alrededor del cual pasaban las horas cuando la vida se contaba en pesetas.
Ahora, dos de esos críos que jugaban en descampados a la salida del colegio –el alicantino Juan Pedro Ferrer Pujol (Orihuela, 1961) y el catalán Miguel Fernández Martínez (Badalona, 1963)– acaban de publicar Aquellos maravillosos kioscos (Editorial Edaf) que presentan el viernes a las 19 horas en la Casa del Libro de Alicante.
Aquellos maravillosos kioscos se suma a la creciente ola de nostalgia editorial surgida en los últimos años –con títulos como Yo fui a EGB, Espinete no existe o Papel y Plástico, entre otros– y escrita por autores de generaciones nacidas entre el tardofranquismo y los albores de la democracia, que constituye ya un género en sí mismo.
El libro de Ferrer y Fernández tiene como hilo conductor al kiosco, «que era donde te abastecías a diario de golosinas y pequeños juguetes hasta que llegaba tu cumpleaños, la primera comunión o la Navidad», apunta el coautor alicantino, que añade que «ibas y te quedabas mirando un buen rato antes de comprar nada, y casi todos los días había alguna novedad porque todas las baratijas eran muy baratas».
Juan Pedro Ferrer apunta que tanto él como Miguel Martínez querían rendir un homenaje al kiosco, «que poco a poco va desapareciendo, y a la vida cotidiana que se hacía alrededor de él en los barrios de la periferia, los descampados donde jugábamos con el bocadillo de la merienda, o el pan con chocolate, además de reflejar una época y una vida social en la calle».
Alicante juega un papel fundamental en sus páginas, ya que aquí se ambientan las historias contadas por una pandilla de chicos, en concreto de dos amigos, criados en Virgen del Remedio, barrio al que con 7 años se trasladó Juan Pedro con su familia desde su Orihuela natal en un Citroën DS Tiburón, y donde se desarrollaron sus idas y venidas al kiosco, un espacio que primero cubrieron los «piperos» y los carritos de golosinas.
Las Hogueras o los veranos en el Postiguet también están presentes, ya que todas las historias parten de los recuerdos de infancia de este alicantino –actualmente auxiliar de servicios en el Ayuntamiento de Alicante– en las que también ha colaborado Miguel Fernández –ilustrador y guionista que ha trabajado para Disney, Fox o Dreamworks–, responsable de los dibujos del libro, que recuerdan directamente a los de El pequeño Nicolás en un homenaje expreso a Sempé.
Ambos blogueros, Ferrer y Fernández se conocieron hace cinco años en las redes sociales, ya que comparten la nostalgia de esa niñez que recuerdan en sus respectivos blogs (Elkioskodeakela.blogspot.com.es y Thosewerethetimesquetiemposaquellos.blogspot.com.es) y hasta hace poco no se vieron en persona.
«Entablamos amistad a distancia y entre las colecciones de los dos y los recuerdos surgió la necesidad del libro, que hemos hecho a distancia en un año y pico, con muy poco inventado y mucha experiencia vivida», señala Juan Pedro, que agrega que «todos los niños de la época se van a ver reflejados en estas historias, especialmente si vivieron en un barrio de la periferia».
El ejemplar cuenta con 600 imágenes de productos de la época –en su mayoría disponibles en los kioscos, pero no solo– que en un 90 por ciento pertenecen a la colección particular de Ferrer, además de imágenes de archivos municipales y códigos QR que enlazan a videos de esos años.
Entre las baratijas favoritas de Ferrer destaca el hombre del espacio y el paracaidista, además de los Monta-Plex, sobres sorpresa de 5 pesetas con juguetes de plástico en miniatura, que luego desaparecieron, recuerda, «porque los niños podían tragárselos, pero no conocí ningún caso».
Ironiza con que la suya fue una generación que, además de atiborrarse a pipas, vivía «en peligro» constante, «con columpios de acero duro, dardos con puntas afiladísimas, cápsulas con bolas dentro como en las pulgas mágicas o mistos que contenían pólvora pura. Y hemos sobrevivido».
Nostalgia sin volverse loco
A juicio del autor, Aquellos maravillosos kioscos es un libro «para pasar un rato agradable, sonreír en algunos casos y llevarte a tiempos mejores que son los años de infancia». Sobre esta necesidad de recordar la niñez de generaciones que pasaron del blanco y negro al color, Ferrer considera que si bien «la generación de nuestros padres vivió padecimientos excesivos en la posguerra y estaba más ocupada en otras cosas, en la nuestra surgieron muchas cosas nuevas: la música, los jipis, la llegada del hombre a la Luna... Era un despertar del diseño, una época de colorido y liberación».
En su opinión, «volver la vista atrás no es malo, pero sin volverte loco» y cree que «un niño es un niño siempre y los de ahora recordarán su infancia también con nostalgia».

Kiosqueando en el Diario de la Noche, con Valentín Ortega, Telemadrid

     Lamentablemente no disponemos del vídeo de esta larga entrevista en directo, pero la recordamos como una de las más simpáticas, incluyendo "pillada" de edad a Valentín...

     Un saludo al equipo del programa, también muy simpático y agradable...




AMK en El Canto del Grillo, con Chema García Langa


     Estupenda entrevista con el simpático Chema...







AMK en ES Radio, con Eli Rodríguez en Es la Mañana del Fin de Semana


Agradable entrevista con Eli Rodríguez y María Díez Rovira...

A partir de 1:03:00



http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-10-22/es-la-manana-del-fin-de-semana-221016-106408.html