martes, 14 de febrero de 2017

LA EVOLUCIÓN DE LAS COSAS - DEL TIRALÍNEAS AL CALIBRADO...





    ESTABA pensando en cómo pasa el tiempo, y cómo cambian las cosas (para variar). 
Acabo de encontrar en uno de mis cajones un viejo artefacto que a finales de los 70 usábamos para entintar en dibujo lineal, y sucesivamente, y escarbando, he ido encontrando los sustitutos mejorados que durante tres décadas más hemos ido utilizando para los mismos fines... Y he hecho una composición al estilo de la evolución del ser humano desde sus ancestros, pero en estilógrafos, por así denominarlos.

Ese viejo tiralíneas de tijera (despuntado, como las viejas tijeras Tres Claveles que fueron sujeto de artículo en el blog, y que me han acompañado toda la vida) es de finales de los 70, como decía. Recuerdo que lo compré para la asignatura de dibujo lineal. Lo cargábamos con aquellos cargadores Pelikán que tenían una gomita en la base, para bombear, y bastante a menudo soltaban el goterón de tinta, aunque éste que muestro aquí es de los más sofisticados, con numeritos en la rueda y todo.




El siguiente paso en la evolución fue el de los primeros Rotrings. En realidad deberíamos llamarlos 'estilógrafos', pero pasó como con los Kleenex, y a todo estilógrafo se le ha llamado rotring por defecto. La caja de tres Rotrings (0.2, 0.4 y 0.8), con su tapa de plantillas, su llavecita roja para cambiar las puntas y puede que hasta su portaminas del 0,5 fueron todo un clásico cuando ya nos obligaban a usarlos, cuando nos hicieron avanzar en la escala evolutiva del entintado, allá por los principios de los 80... Éstos aún podían recargarse, con el pertinente cargador Rotring, que utilizaba una tinta más líquida para evitar atascos. La limpieza de los rotrings era bastante peliaguda: amén de tener que desmontar varias piezas, lo ponías todo perdido... Y estando muy atento al alambre que iba por dentro de la punta... Alguno había que le ponía cualquier tinta, con lo cual el rotring quedaba totalmente inservible en poco tiempo.

A éstos Rotring clásicos negros con su código de colores (respectivamente amarillo, marrón y verde) les sucedieron las nuevas generaciones de los 90, los isograph y rapidograph... Con sus correspondientes cargas de tinta, al estilo de las de las típicas estilográficas.
Pero como todo cambia y sigue cambiando, los estilógrafos se han adaptado a sus tiempos, luchando a brazo partido contra la tecnología digital y sus malditos autocads. Ahora fabrican rotuladores calibrados de tinta permanente... Mucho más cómodos y sin limpiezas ni engorros: Cuando se gastan, se tiran y se compran otros.
Bueno, es como la vida misma. Cada vez más tendemos al usar y tirar en lugar de mantener y hacer durar las cosas, ¿no? 

martes, 7 de febrero de 2017

LA CAJA DE PASTELES HEREDADA







Cuando era un niño, e iba a visitar a mi abuela materna, me quedaba totalmente alucinado con los dibujos de mi tío Emilio, que por entonces, era un jovencito de veintipocos años.

Mi tío no estaba muy "bien". De pequeño sufrió una mala caída y vivía en un mundo muy particular, por decirlo así. 


Hacía y decía cosas raras, pero era muy amable y simpático conmigo... Y dibujaba como los ángeles (si estos dibujasen, que no lo sabemos). 
Aún lo recuerdo perfectamente en la iluminada galería de aquella plantita baja, con el jardín de fondo. Esa mañana de primavera de 1971 se afanaba trabajando sobre una nueva ilustración: Blancos cisnes nadando en un estanque. De pronto me miró, guardó sus pasteles cerrando la cajita y me la entregó junto con los difuminadores de cartón. «Ya no voy a dibujar más. Te lo regalo todo.»

Y no volvió a dibujar más, por lo que yo sé... Yo tendría unos 8 años, y me sentí en aquel momento como si mi tío me pasase el relevo de algo, sujetando aquella cajita, ilusionado y con cierto sentido de la responsabilidad también.

El destino ha querido que acabase encaminando mis pasos hacia el mundo artístico, y que haya construido mi vida alrededor de esta actividad. A menudo, contemplando esta cajita de pasteles Goya (que conservo todavía, como podéis ver), me pregunto si aquel día... recibí un testigo, finalmente.



domingo, 18 de diciembre de 2016

EL BOLI 10 COLORES DE CARIOCA

   


   Cómo le asaltan a uno los recuerdos a traición, a veces ¿verdad? Como cuenta Serrat en su tema Aquellas Pequeñas Cosas, te acechan en un cajón, en un papel o en cualquier rincón... de la memoria.

   Así, el aire caliente y el sopor de la sobremesa me han traído recuerdos de la vieja academia donde estudié hasta los 8 años, y  me he visto 
nítidamente en mi viejo pupitre de madera (soy capaz hasta de describir la situación en esta imagen fija del recuerdo) manipulando mi Carioca de 10 colores... 

   Me veo allí sentado (más bien veo mis manitas manipulando el boli) cambiando de color y probando en la última hoja de una libreta. Me fascinaban algunos de aquellos colores... Sobre todo el amarillo. Colores inútiles para la escuela (no nos permitían utilizar más que el rojo y el azul, en aquella época), pero bellos por lo insólito... Rosa, marrón, violeta, verde... ¡Mágico mundo de colores!

   No sé si era en todos los bolis, pero el mío se trababa de vez en cuando. ¡Demasiadas minas tratando de seguir el mismo camino, y demasiados cambios, supongo!

   En fin, esta imagen del bolígrafo es muy evocadora. Cuanto ha llovido desde aquél recuerdo, y quién me habría de decir mientras vivía ese momento que 46 años después, iba a volver a evocarlo. 


Un recuerdo perdido en el tiempo, en un lugar que ya no existe, salvo como siempre, en la memoria...

 :)

miércoles, 14 de diciembre de 2016

LAS TELES DE NUESTRA INFANCIA: PROGRAMAS INFANTILES I

   
LA CASA DEL RELOJ

   Un programa infantil de Televisión Española emitido entre 1971 y 1974 de lunes a viernes en horario de tarde y que alcanzó gran popularidad entre los niños españoles de los años 70.

   Lo presentaron Miguel VilaMaite MaynaPedro MeyerPepa PalauMercedes IbáñezManolo Portillo y Paula Gardoqui, interactuando con los muñecos Marta, Poppy y Manzanillo, aunque a muchos nos ponía nerviosos que éstos no hablaran, y solamente los presentadores "escucharan" sus comentarios... Los guiones corrían a cargo de Lolo Rico, quien años más tarde dirigiría La Bola de Cristal.

   Se cantaban canciones, emitían reportajes y nos enseñaban a hacer sencillas manualidades. El reloj que daba nombre al programa tenía forma de girasol...











LOS CHIRIPITIFLÁUTICOS

   Se emitía por las tardes durante finales de los años 60 y primeros de los 70.
   Al principio de su emisión, Los Chiripitifláuticos estaban incluidos en el programa para niños Antena Infantil, pero debido al éxito obtenido, pronto pasaron a tener su propio espacio. 
   Entre sus personajes más populares estaban Locomotoro, el Capitán Tan, Valentina, el Tío Aquiles y los Hermanos Malasombra
   Cada uno tenía su propio sello: 
   Locomotoro (Paquito Cano), conductor de todo, menos del codo, se inclinaba hacia delante de una forma imposible, haciendo que todos los chavales nos pegáramos unos morrazos impresionantes cuando tratábamos de imitarlo. Ya de adultos, supimos que sus zapatos tenían unos anclajes que se ajustaban al escenario, truco que ya había empleado en alguna película anterior al programa. Solía decir, cuando estaba contento: "¡Se me mueven los mofletes!".
   Valentina (Mari Carmen Goñi), dulce y fina como una sardina, era la componente sabihonda del grupo. Solía saludar así: "¡Hola, señores Chicos!"
   El Capitán Tan (Félix Casas), tan capitán que parece un rataplán, aventurero y explorador, se apoyaba contra una pared y hacía que su sombrero subiera y bajara. Creo recordar que le vi hacer lo mismo con sus gafas, manipulando las patillas tras las orejas. Su frase favorita, antes de ser interrumpido por el resto: "En mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo..."
   El tío Aquiles (Miguel Armario Bosch), con sobrinos a miles, era un prudente anciano, absurdamente vestido de tirolés... Representaba el elemento razonable del grupo.
   Los Hermanos Malasombra (Luis González Páramo y Carlos Meneguini), más malos que la quina, eran dos pistoleros vestidos absolutamente de negro, los antagonistas de los protagonistas. Pero cuando se convertían en los beatíficos Hermanos Buenasombra, sus vestimentas cambiaban al blanco.
   En 1970, cuando pasaron a tener programa propio, Locomotoro desapareció y se les unieron el payaso Poquito (Nicolás Romero), quien de pequeño viajaba en un bolsillo, Filetto Capocómico, con su león Leocadio, Don Mandolio (Alfonso del Real), el director de circo, y el niño Barullo.
   Inolvidables personajes que siempre guardaremos en la memoria...




Los Chiripitifláuticos viajan al año 3000






UN GLOBO, DOS GLOBOS, TRES GLOBOS


   De nuevo con guiones de Lolo Rico, el programa estaba presentado por María Luisa Seco y Manolo Portillo, con la colaboración del marionetista Alejandro Milán y la poeta Gloria Fuertes.
   Incluía programas educativos, series, dibujos animados, concursos, etc, y se emitía de lunes a viernes justo tras la salida del cole.
   El programa duraba algo más de una hora y constaba de divertidas actividades y reportajes para niños y jóvenes.
   Estaba estructurado en tres partes diferenciadas, por edades
   Un globo, para los más pequeños. Incluía espacios como Ábrete Sésamo.
   Dos globos, para los medianos.
   Tres globos, para los casi adolescentes, con programas como La Semana.
   Tuvo al menos dos sintonías diferentes, y solía comenzar con una introducción de María Luisa Seco, que además de comentar los contenidos, nos enseñaba dibujos que los niños enviaban al programa, tras saludar con su famoso "¡Hola, chicos!"...


Un Globo, dos Globos, tres Globos...



CUENTOPOS



   Cuentopos se emitió en TVE entre 1974 y 1976

   María Elena Walsh guionizó el programa y además compuso las canciones que Rosa León interpretaba en el mismo.
   Chala (Tina Sainz) y su abuelo (Manuel Galiana), junto a un deshollinador que hablaba al revés (Juan Diego) vivían historias fantásticas en un lugar llamado El bosque de Gulubú, donde aparecían y desaparecían personajes y objetos extraños y fabulosos. La canción del Brujito de Gulubú se hizo extremadamente popular...
   El programa dejó de emitirse el 6 de marzo de 1975, y tuvo una segunda temporada entre septiembre de ese año y enero de 1976, bajo el título de Cuentopos: El taller de los inventos, con guion de José Luis López Moreno y Alberto Méndez, presentación de Alberto Méndez y realización de Álvaro de Agulnaga.




Cuentopos - 1974





EL MUNDO DE LA MÚSICA


   Este programa, que se emitió las tardes de los martes, durante 5 años (1975-1980) integrado en el programa infantil Un Globo, dos Globos, tres Globos, trataba de acercar la música clásica a los más pequeños.
   
   Lo presentaba Angelines Morales, y contaba con la colaboración del maestro García Asensio. Se hablaba de música clásica, de sus autores y obras. Y García Asensio dirigía la orquesta, interpretando alguna obra, tras lo cual hacía algunas preguntas al público infantil asistente. Si el afortunado o la afortunada contestaba correctamente, recibía una batuta como premio.

   También se entrevistaba a músicos, se hablaba de los diferentes instrumentos, y algunos elegidos también tenían la oportunidad de dirigir la orquesta, bajo la crítica mirada y los acertados consejos del maestro.
   
   Un programa que trató de acercar, como decimos, la música clásica al público infantil, aunque personalmente (y aunque soy un aficionado a este tipo de música, paradójicamente) me parecía un peñazo importante, para qué negarlo... 




El Mundo de la Música







CESTA Y PUNTOS





   Fue un concurso de televisión español estrenado en 1965 en TVE, y que duró 5 años en antena.

   Presentado por Daniel Vindel (quien, años más tarde, también presentaría Torneo), se dirigía principalmente a los alumnos que cursaban bachillerato. La mecánica del programa consistía en enfrentar a dos equipos de sendas escuelas en pruebas en las que se combinaban rondas de preguntas culturales y pruebas deportivas basabas en las reglas del baloncesto. Los equipos que más puntos acumulaban en su programa se clasificaban para la final de cada temporada. 

   Los premios podían ser individuales o bien dotaciones para las escuelas. Hay de decir que, revisando las preguntas de algunas ediciones, el nivel de dificultad era realmente alto.

Ganó el premio Ondas al mejor programa cultural en 1968...
















domingo, 11 de diciembre de 2016

ENTREVISTA EN ÁGORA (CAPITAL RADIO) CON DAVID BENITO

   Entrevista en el programa Ágora, Capital Radio, con David Benito. 

   Estupendo programa que desde aquí recomendamos, para todo aquel que esté interesado en el tema histórico. Y muy interesante contenido también el de ayer, pero si queréis ir directamente a la entrevista con AMK, a partir del minuto 40:29...


ENTREVISTA CON ROSANA GÜIZA Y OLVIDO MACÍAS, EN AQUÍ EN LA ONDA (ONDA CERO)

  Aquí tenéis el audio de la entrevista en Aquí en la onda (Onda Cero), con Rosana Güiza y Olvido Macías, dos grandes de la radiodifusión (palabreja ya caída en desuso que nos encanta) española.
Todo el programa es muy interesante, pero si queréis ir directos a la entrevista con AMK, a partir del minuto 41:27...

miércoles, 30 de noviembre de 2016

AQUELLAS NAVIDADES INOLVIDABLES

Ahora que se acercan estas fechas tan especiales, no puede uno evitar echar la vista atrás y recordar cómo se sentía  cuando era un niño. La Navidad es una época de ilusión y tradiciones, de ternura y familia, pero nunca es tan bonita como cuando se ve con los ojos infantiles, sin duda...

El preludio de las Navidades, el momento en el que comenzábamos a  ser conscientes de que se acercaban, eran los trabajos manuales que comenzábamos a confeccionar en la escuela. Eso y los villancicos que nos enseñaban, y puede que hasta la pequeña representación que haríamos el último día de cole para todos los padres.  Siempre guardo el recuerdo de una de ellas, cuando tenía 7 años y organizamos un belén viviente en el edificio principal de la academia donde estudiaba (que era una pequeña casita cuadrada en la que se impartían clases para dos cursos al tiempo). Se apartaron todos los pupitres y allí nos colocamos todos disfrazados convenientemente. Yo era un pastorcillo, y me tocó tocar un triángulo mientras cantábamos :) Nunca se me olvidará lo orgulloso que me sentía viendo a mis padres allí de pie tan contentos...


La clase se adornaba con las vidrieras de cartulina y celofán, cadenas de papel charol, murales etc. que los alumnos confeccionábamos durante las semanas previas a las vacaciones. Además también hacíamos alguna cosita para casa, evidentemente. Algún muñequito de nieve (el primer trabajo manual que recuerdo), hecho con algodón y el cartón de un rollo de papel higiénico (Elefante,claro), un Papá Noel de cartulina, etc. Hacía mucha ilusión llevar algo a casa, y también dar clase en un aula ambientada de aquella manera. Misteriosamente, cuando volvíamos en Enero, los adornos habían desaparecido como por arte de magia :)


Los alumnos de los cursos superiores solían hacer un espectacular belén, al que a los más pequeños no nos dejaban ni acercarnos. Tenía hasta agua corriente!
Finalmente, llegaba el día en que nos daban las notas y las vacaciones de Navidad. “Hasta el año que viene!” era la bromita típica. Y luego de vuelta a casa, contento, contemplando todos aquellos escaparates y las tiendas repletas de espumillón y adornos de porexpan, con dos semanas de celebraciones por delante. Hoy en día los comercios se siguen adornando, pero entonces era espectacular (o quizás muy hortera, no lo sé). Las estanterías se llenaban de espumillón y bolas, que básicamente eran los adornos de los que podíamos echar mano entonces. Y las calles se iluminaban con motivos exclusivamente Navideños. Quizá no eran tan llamativos como los luminosos  de hoy en día, pero al menos no había dudas en cuanto a qué estábamos celebrando: Coronas de rey, velas con muérdago, trineos, campanitas doradas... Ésas eran las decoraciones navideñas de los 60 y 70. Ahora parece que intentamos desproveer de significado las Navidades, y solamente se está interesado en conservar el espíritu consumista...


He aquí el árbol que Jorba Preciados instalaba cada año en Puerta del Ángel, Barcelona. Años 70

Y esto nos lleva a los adornos de casa. Una vez obtenidas las merecidas vacaciones, se imponía montar el belén y colocar los adornos. Todos estos elementos dormían el sueño de los justos el resto del año metiditos en su caja, y era fantástico ir sacándolo todo poco a poco y despertar recuerdos de los años anteriores. En casa, las figuras del pesebre fueron las mismas durante todo el tiempo que viví allí, y es entrañable contemplarlas después de tantos años. Parece que te transportas a tu niñez, como cuando te miras en una bola de navidad y durante un instante esperas encontrar allí la cara del niño que fuiste, deformada cómicamente...  Cada año se imponía la visita a la feria de Navidad de la zona, donde quizás se incorporaría una nueva figurita al pesebre, y donde seguro se compraría el musgo reglamentario. Esas ferias eran –y por suerte, siguen siéndolo- entrañables...


En casa también montábamos un pequeño arbolito, y un año mis padres compraron unos paquetitos brillantes que en su interior guardaban pequeños juguetitos de madera: un jarroncito, un porrón, etc. Claro, duraron ese año, porque los abrí todos :) Pero en general, la variedad de los adornos era la típica y tradicional: angelitos con cabecita de madera redonda y alas de cartulina, un Papá Noel de plástico, los típicos zuecos de colores y espumillón y bolas a mansalva. Aquellas bolas tan frágiles y bonitas, recordáis? siempre se rompía alguna, indefectiblemente...




La confección del pesebre era todo un ritual, también. En casa había varios sitios favoritos para colocarlo: debajo de las patas de la mesita alta del televisor (mi padre forraba con papel tres de los lados y en aquel recinto colocábamos el belén. Ese año, instaló luces de colores entre el musgo, dentro de las casitas de corcho, etc. Lo recuerdo como algo increiblemente bello, aunque supongo que lo veía a través de los ojos infantiles de la fantasía. Me pasé las navidades cantando villancicos con mi pandereta delante de aquel estupendo pesebre), o directamente en el mueble del comedor. Se quitaban los libros y los adornos de un par de módulos de estantería y allí poníamos el belén. Cuando usábamos dos continuos, el paisaje estaba dividido absurdamente por un panel vertical de madera, pero no nos importaba (ni a los pastorcillos, que seguían su camino tercamente hacia el portal). Luego unas tiras de espumillón en el borde, y listo! Poco a poco, cada día, una vez pasada la Nochebuena, movíamos los Reyes hacia el portal, hasta que la noche de Reyes los instalábamos justo delante (qué emoción). Hoy en día sigo manteniendo la tradición del pesebre en casa, aunque intento ser más lógico. Las desproporciones que se daban en la mayoría de pesebres de aquellos años eran un poco exageradas. Al final, como comprábamos las figuritas en sitios distintos y de diferentes fabricantes, el niño Jesús podía ser más grande que los tres Reyes Magos juntos, incluyendo los camellos :) Eso siempre me puso un poco nervioso... Bueno, eso y los ríos de papel de plata!
Éste es el Pesebre que montamos en casa en la actualidad. Confío en que mis hijos
sigan la tradición en sus propias casas, de la misma forma en que  yo la heredé de mi familia.


En esos días nuestros padres hacían las compras Navideñas. Hacía mucha ilusión (y te ponía los dientes largos esperando el día de hincarlos en el género) ir a comprar los turrones (del duro, del blando, nata-nueces , de frutas con mazapán y yema quemada), y el champán. Mi padre tenía debilidad por la fruta escarchada,  y también por el pan de higos :)


Y POR SUPUESTO, la compra estrella de las Navidades: El pavo VIVO. Solíamos comprarlo en el Parque de la Ciudadela, donde en esos días se montaban unos corrales llenos de pavos que los vendedores ofrecían a los viandantes. En una ocasión, nos mandaron un pavo del pueblo, en tren, metido dentro de una caja de cartón con agujeros, nunca se me olvidará. Y en otra, celebramos las Navidades en la casa familiar, así que me tocó ir con el pavo en los pies durante todo el viaje en nuestro querido 850. No puedo negar que los llevaba bien calentitos, eso sí. 

Cebábamos al pavo, que vivía sus últimos días en la terraza, compartiendo espacio con nuestra perra Tina (la cual, siendo un perro cazador, curiosamente parecía tenerles un miedo cerval a aquellas enormes aves que cada año invadían sus dominios en estas fechas) con granos de maíz, y he de reconocer que casi doblaba su tamaño en una semana. Y finalmente, mi padre lo finiquitaba el día antes de Navidad. Era un poco desagradable, y me ahorraré describirlo aquí, pero al menos no había sangre de por medio, gracias a Dios. Y el pavo con arroz que se cocinaba el día de Navidad (y el guisado de las pelotas de San Esteban) bien valían el desagradable espectáculo, aunque a uno le costaba acostumbrarse a encontrarse con la enorme cabeza del pavo cada vez que abrías la nevera. Con el transcurso de los años, pasaron a comprarlo ya muerto y limpio, listo para cocinar. Todo se pierde :) -Aunque confieso que es una de las tradiciones familiares que he estado encantado de romper, junto con la de la caza menor-


En fin, era fantástico estar en casa esos días de vacaciones, en pijama hasta horas inusuales del mediodía, viendo programas infantiles en la tele o jugando con mis cosas, en aquel comedor helado y con la vieja estufa encendida. Ocasionalmente, picaban a la puerta y aparecía el barrendero, el cartero o el butanero con una tarjetita ilustrada. Mi madre le daba una propina, que ellos llamaban aguinaldo. Las tarjetitas eran muy anticuadas incluso en aquella época. Yo creo que los diseños eran de los años 40, y nunca llegaron a cambiar, hasta que desapareció la costumbre de pedir el aguinaldo por las casas. Mamá siempre  hacía el mismo comentario cuando el barrendero se marchaba: "Me parece que yo a éste lo veo cada año por estas fechas, y no más..." Es verdad. Las calles estaban muy sucias entonces, y raramente se limpiaban, para qué lo vamos a negar. Al menos en el barrio del extrarradio donde me crié...


En alguna ocasión recuerdo haber ido cantando villancicos con un grupo de niños por el vecindario, y recibir yo también una pequeña propina por parte de los vecinos resignados :) Se diría que las Navidades eran una buena época para esquilmar a las buenas gentes...

El guardia urbano que dirigía el tráfico en el centro de la población, no necesitaba ir por las casas pidiendo aguinaldos, ya que algunos conductores (sobre todo los residentes) le dejaban regalos en forma de botellas de champán, turrones y demás artículos navideños al pie de su pedestal. Recuerdo haber pasado con el 600 de papá y dejarle una tabletita de turrón. El guardia daba las gracias amablemente y escaneaba con su mirada escrutadora y algo amenazante el rostro del donante y el coche. Puede que, durante el resto del año, alguna imprudencia leve fuese perdonada , si el regalo era decente :) Era una localidad pequeña, y todo el mundo se conocía...


Viendo esta fotografía, me doy cuenta de un detalle que me había pasado
inadvertido, y sin embargo se repite en muchas de las imágenes de este tipo:
El balón hinchable. Parece ser un clásico de las donaciones al municipal...



Otro hito de estas Fiestas es la inefable Lotería de Navidad. Es curioso cómo, incluso hoy en día, en que hay multitud de sorteos, loterías y juegos de azar donde elegir durante todo el año, el comprar lotería en Navidad es una tradición que no se pierde. Antes era de lo más normal, claro. Porque sólo teníamos los ‘iguales’ y la lotería navideña (bueno, y la del Niño, claro). Las participaciones en los comercios, los décimos que se compartían entre la familia, eran (y siguen siendo) una parte muy importante  de las fiestas, como una forma de compartir la ilusión y repartir suerte y fortuna... Y luego el día de la lotería, retransmitida en directo por televisión, con los niños de San Ildefonso que cantaban en pesetas... Ese día se respira un ambiente especial en todas partes, especialmente el momento en que los 'niños de San Ildefonso' cantan algún premio importante. Aún recuerdo lo chocante que resultó oír la misma cantinela con los euros. Uno no se acaba de acostumbrar, verdad?... Bueno, en aquella época, la única manera que la gente humilde teníamos de ‘salir de pobres’ era que te tocase la lotería en Navidad, básicamente. Ahora digamos que tienes un abanico más amplio donde depositar tus esperanzas durante el resto del año :)



Y evidentemente, nos felicitábamos las Navidades con tarjetas y por correo, nada de mails ni mensajes SMS, ni mucho menos las típicas e-cards que ahora nos enviamos por correo electrónico o teléfono móvil, auténticas horteradas donde las haya, reconozcámoslo... Entonces se compraban aquellas preciosas tarjetitas con purpurinas de Ferrándiz en tu librería de confianza, se dedicaba una frase para cada casa, se metían en un sobre, se escribía la dirección, se estampaba un sello y al buzón... Y luego se rogaba para que Correos no se colapsase como cada año y las postales no llegasen pasado Reyes :) Pero si lo piensas, eso también formaba parte de las fiestas, de alguna manera. Escribir las tarjetas en la mesa del comedor con mi madre es otro de los recuerdos entrañables que guardo en la memoria... 


La propia casa se llenaba de otras postales que la gente que te quería te enviaba también... Otro elemento decorativo que colocábamos en la librería, cerca del belén. Ahora a duras penas recibes las de tus padres y la de algún amigo que todavía se aferra a las viejas tradiciones, por suerte :) Y claro, la del Corte Inglés! 


La televisión durante las vacaciones también era diferente a la de ahora. Como comentábamos antes, había mucha programación infantil estos días y también películas religiosas y programas especiales, con actuaciones musicales de los artistas del momento, en Navidad y Nochevieja. Una película que no fallaba casi ningún año era La Gran Familia, con sus momentos hilarantes y algunos otros bastante dramáticos, como la inolvidable escena en la que Chencho se pierde en la Plaza Mayor, y su abuelo, encarnado por el actor Pepe Isbert le va llamando a gritos con aquella voz tan cascada. La cantinela 'Chencho, Chencho' ha quedado como un icono cultural de nuestra generación. Bueno, tal como lo veo, vendría a ser como nuestra ‘Qué Bello es Vivir’, no?(otra película que nunca fallaba). 



Oops! Casi me olvido del inefable Luis Aguilé y su clásica y entrañable canción navideña! No hubiera sido justo, sin duda...


Y entre película y película (y mazapán y trocitos de turron que iban sobrando de las celebraciones y que sabían a gloria antes del desayuno) la televisión, ya en aquélla época, nos martilleaba con los anuncios de juguetes... Porque una de las cosas más importantes que nos sucedían a los chicos durante las fiestas, eran la venida de los Reyes Magos de Oriente... Los clásicos de la época eran el fuerte Comansi, las muñecas de Famosa (que se dirigían diligentemente al portal, como siguen haciéndolo todavía), nuestros queridos Madelman, los Juegos Reunidos Geyper, la inacabable lista de artículos de la Srta. Pepis, el CINEXÍN, la Magia Borrás, y un sinfín de juguetes y juegos que proliferaban en las tiendecitas de aquellos tiempos. Claro, los juegos digitales no estaban ni en el pensamiento todavía, y desde un juguete a un libro ilustrado había una amplia gama de material para que los Reyes (ya que Papá Noel no se dignaba venir entonces) escogieran... Para ello, claro, había que escribir la pertinente carta, cosa que hacíamos con una ilusión tremenda. Y luego entregarla, ya fuera a un paje o a una de sus Majestades en persona (siempre era mejor evitar intermediarios, si entendéis lo que quiero decir :)


Pero antes de esa etapa que de alguna forma iba a dar punto y final a las fiestas, y después de Navidad y San Esteban, teníamos el día de los Santos Inocentes... Ahora se ha perdido un poco la tradición, pero entonces los chicos acudíamos en masa a las tiendecitas de juguetes y quioscos a comprar artículos de broma para la ocasión. Bombas fétidas, líquidos frío-calor, tintas que desaparecían, cualquier cosa era buena para endosarle una buena broma a algún conocido. Aunque la estrella seguía siendo el humilde muñequito de papel que se pegaba en la espalda del incauto de turno. Era muy corriente, ese día, ver a algún señor que llevaba el muñequito colgando en el abrigo... Y por supuesto, ese día todo el mundo estaba muy pendiente de las bromas que nos solían gastar en los medios de comunicación... Un pequeño paréntesis de diversión entre las fiestas, aunque nunca he acabado de entender que un hecho tan terrible como el que se conmemora haya originado una celebración tan jocosa :)


En seguida llegaba la Nochevieja, y las celebraciones familiares se retomaban... Tras la cena, el momento de las doce campanadas era totalmente mágico, desde el punto de vista de un niño, claro. Seguir el ritual de los cuartos, las campanadas y tratar de engullir todas las uvas a tiempo era algo misterioso y a la vez estresante. Los chicos no conseguíamos hacerlo a tiempo, salvo si nos las metíamos todas a la vez en la boca, pero nos maravillaba lo contentos que se ponían todos y cómo levantaban las copas para brindar después. Otro año más caía, un nuevo número que aprender para poner la fecha en los cuadernos de la escuela. 


Qué poco nos imaginábamos entonces lo agobiante que podría llegar a ser en un futuro, y cómo añoraríamos aquellos numeritos que aprendíamos a componer entonces... 1968, 1973... cómo pasa el tiempo... Hoy en día cada casa se come las uvas con una cadena diferente, pero entonces todos los españoles lo hacíamos al son de las campanadas del reloj de la Plaza del Sol, preparándonos para el sprint final mientras veíamos la bola caer con ese estrépito de campanadas rápidas que preludia los cuartos. Al hilo de este tema, diría que antes la campanadas eran más rápidas, y con el paso de los años han ido adaptando el ritmo a una cadencia más cómoda, lo cual se agradece, y evita los típicos atragantamientos :) Creo que todos los de nuesta generación recordamos el ÚNICO AÑO QUE NO NOS PUDIMOS COMER LAS UVAS a tiempo, cuando la pobre Marisa Naranjo se hizo un taco con las campanadas y toda España, estupefacta, escuchó sonar la última campanada con las uvas aún en la mano :) Eso pasó en 1989... Desde entonces, todos los anfitriones que han seguido presentando las campanadas de Fin de Año se deshacen en explicaciones sobre el tema, con la intención de que nadie se haga un lío. Aunque en justicia, creo que la primera vez que el proceso se explicó claramente, fue el año en que Martes y Trece se hicieron cargo, justo al cabo de un año del desastre naranjil :)... Algo así venía haciendo mucha falta, sin duda. Tantos y tantos años sin tener claro lo de la bola, los cuartos y las campanadas... Parece increíble, no? Bueno, tras la ceremonia, sólo nos quedaba ver el Especial Fin de Año hasta quedarnos dormidos...


Puerta del Sol, Nochevieja del 71



Y entonces, sólo entonces, se abría la veda: Los chicos ya estábamos impacientes y superexcitados ante la perspectiva de la venida de los Reyes, algo que habíamos estado esperando durante todas las vacaciones. Anuncios de juguetes en la tele en plan intensivo, escaparates tentadores por doquier... Era una semana que se hacía eterna, una espera a veces casi insoportable!


Sabías que, una vez llegados a ese punto, se acababa lo bueno, pero la magia de los Reyes era mucha magia. Se organizaban estupendas cabalgatas (más o menos como las de ahora, pero más discretitas, diría yo) a las que acudíamos ilusionados intentando ver a nuestro Rey favorito entre toda la marabunta, y de paso, coger algún caramelo de los que la comitiva iba lanzando. A veces uno de los Reyes nos miraba directamente y nos saludaba! Entonces se disipaban todas tus dudas: Habías sido bueno y esa noche tendrías tus merecidos regalos... Luego, de vuelta a casa, a la cama prontito, que si los Reyes veían que estabas despierto, no te dejaban nada, como nos decían nuestros padres con una fingida seriedad. Una vez, y lo digo bajito, pude ver parte del manto y la corona cuando dejaban los juguetes en mi habitación, lo juro! Pero cerré los ojos muy fuerte y me hice el dormido para que no se dieran cuenta. Por supuesto no había que olvidar dejar algo de leche y unas galletas para los Reyes y un poco de agua para los camellos, que sin duda estarían sedientos por el largo viaje... 


Y lo que son las cosas, con lo que a uno le costaba dormirse,  una vez lo habías hecho... Olvidabas completamente el asunto, así que cuando despertabas por la mañana, un pensamiento súbito te asaltaba, corrías en pijama al lugar donde los Reyes solían dejar los regalos, y... allí estaban, junto con los cigarros, las monedas y las botellitas de champán de chocolate, el carbón por las picias que hubieras cometido durante el año y las piedrecitas y las olivas de caramelo... Los juguetes que habíamos visto por la tele y habíamos anhelado durante todo el año... Lo siguiente que mandaba el reglamento infantil para estos casos, era ir a despertar a tus padres juguetes en mano, para enseñarles los que nos habían dejado sus Majestades, cosa que siempre les sorprendía sobremanera, por supuesto...

La algarabía de sirenas, llantos de muñeca, carrerillas y griterío infantil que se oía por el patio interior del edificio es algo que nunca olvidaré. Luego tocaba la excursión a las casas de los familiares más allegados, a llevar los juguetes que los Reyes habían dejado en casa y, lo más importante, recoger los que sus Majestades de Oriente nos habían dejado allí (siempre me pregunté el porqué de estos intercambios, pero supuse que era algo que los Reyes hacían para promover las reuniones familiares en esas fechas... Y ahora que lo veo todo con la perspectiva del tiempo y los años, me doy cuenta de que así era. Sus Majestades siempre fueron muy listos, verdad? :)



El día acababa con unos chicos derrengados pero felices, y cargaditos de juguetes que te habían de durar todo el año o al menos hasta tu cumpleaños... Antes la provisión de juguetes se hacía por estas fechas, y con ello nos conformábamos. Al menos los juguetes importantes. Para el resto del año siempre nos quedaban los kioscos :)

En resumen, podríamos decir que aún no hemos perdido del todo nuestras viejas tradiciones navideñas. Quizás en algún colegio se han suprimido los pesebres, quizás cada vez en más casas se recibe la visita de Papá Noel (que tiene la previsión de aparecer al principio de las fiestas, con lo cual
 los niños tienen más tiempo de disfrutar con sus juguetes que con los que les dejan nuestros tardíos Reyes), puede que las calles luzcan adornos muy diferentes y que cada vez tienen menos que ver con los típicos de inspiración navideña que tanto recordamos, ya no nos visitan los carteros con la postalita de aguinaldo, y también puede que la espiritualidad de la Navidad se vaya perdiendo en pos de intenciones meramente comerciales, etc, etc. Pero seguimos celebrándolas, cada uno a su manera, cada uno a su modo. Y es una ocasión estupenda para reunir a la familia, y recordar a los que ya no están con nosotros para atacar los langostinos y los turrones como solían hacer antaño. Sea como sea, estas fechas siempre nos traen recuerdos de la infancia, y los que tenemos la suerte de tener hijos, podemos seguir viviéndolas con la misma ilusión con que lo hicimos de niños.

Pero hay un par de cosas que siempre me vienen a la mente cuando despierto la mañana de Reyes: Una, un vago sentimiento de tristeza porque las fiestas tocan a su fin, y la otra, el recuerdo de aquel día de Reyes en el que desperté y poco a poco, según mis ojos se iban acostumbrando a la penumbra del cuarto, pude distinguir la silueta de una bandera ondeando al viento sobre la torre de vigilancia de... MI FUERTE COMANSI! Los anhelos de todo un año materializados por fin en uno de los juguetes que con más cariño recuerdo... Gracias Majestades, por todas aquellas mañanas felices, y... Hasta pronto!