martes, 3 de junio de 2014

DÍAS DE COLE Y ROSAS...





Éste es el recuerdo que más grabado se me quedó del primer día de colegio. La maestra, después de sentarnos a todos en los pupitres, garabateó las 5 vocales (luego supimos que eran las vocales, claro: en aquel momento no eran más que extraños e inquietantes signos) en la pizarra y, señalándolas una a una, nos hizo repetir: 'a, e, i, o, u'. Era el primer curso de parvulitos, septiembre de  1966 (el P3 de ahora, vamos), y lo creáis o no, con 3 añitos y medio que tenía entonces, aún tengo una imagen muy clara de aquel día en la memoria...

Yo diría que la época del colegio que con más cariño recordamos casi todos es la que va desde parvulitos (o preescolar, como lo llamamos ahora) hasta 4º ó 5º de EGB. Los días de escuela transcurren despreocupadamente, y te lo pasas pipa jugando en el patio con tus compañeros. Es más tarde cuando comenzamos a tener consciencia de lo que se espera de nosotros y a pasar nervios y tensiones por culpa de los exámenes y los deberes. Por tanto, me centraré en los mejores recuerdos que tengo de aquella época, los primeros años de colegio.

En aquellos tiempos no se andaban con chiquitas, al cole se iba a aprender. Y por supuesto, a hacer trabajitos manuales por un tubo también, luego hablaré de eso. Básicamente había que demostrar en casa lo muy ocupados que estábamos en clase con bonitas y elaboradas manualidades... El día de la Madre, el del Padre, Navidades, Semana Santa... Cualquier excusa era buena para emplearse a  fondo en la cosa de la pretecnología (palabreja que sólo años más tarde, cuando algo hizo clic en mi cerebro, descompuse dándole lógica: PRE- tecnología).




Éste es el segundo recuerdo que tengo del cole, la bata (o baby) que nos hicieron llevar hasta 4º de EGB. Esta bata, que nos confeccionaba una señora que había montado un tallercito de costura en su casa, situada en el callejón detrás de la iglesia (ir a encargar las batas y tomar medidas era un ritual que se repetía cada año, al terminar el verano), era universal para prácticamente todos los centros educativos. Las batas de las niñas experimentaban variaciones en su color y confección. En la escuela donde yo iba, las niñas llevaban una bata de cuadritos minúsculos de color rosa, con medio cinturón en la parte trasera.

Es difícil de olvidar el olor tan característico de las clases: Una mezcla de colonia infantil y lapicero. Eso también es universal: las clases de mis hijos, cuando eran pequeñitos, olían igual. Luego, conforme van creciendo y pasando de curso, la cosa cambia significativamente.






Y el material escolar? Solíamos llevar nuestras gomas Milán 430 o las novedosas Milán Nata (que olían mucho mejor de lo que sabían, la verdad), más nuestros lapiceros, los afilalápices Puntax (había que desarrollar una gran habilidad para afilar con aquellos artefactos tan rudimentarios las puntas de los lápices sin rebanarse un dedo) y los entrañables bolígrafos Bic (naranja y cristal, dos escrituras a elegir) en aquellos primeros plumiers de madera tan bonitos, que fueron luego reemplazados por los de cremallera de varios compartimentos, donde ya cabían cómodamente nuestros rotuladores Carioca, los colores Alpino, una pequeña regla -que siempre se partía-, el transportador -inútil herramienta hasta cursos superiores que, sin embargo, era imprescindible en un buen plumier-, etc, etc... Todo ello sujetado por unas gomas elásticas blancas que acababan dándose de sí conforme el curso avanzaba. En realidad, todo se iba deteriorando a medida que pasaba el curso, era inevitable...


(El bolígrafo Styb pertenece a Juan Pedro Akela, fotografiado para su blog El Kiosko de Akela)



La llegada del Bic 4 colores, a principios de los 70, fue todo un acontecimiento, y los bolígrafos multicolores se pusieron muy de moda. Yo incluso llegué a tener uno de 12 que se atascaba con una facilidad asombrosa, pero que tenía tonos tan atractivos e inusuales como el rosa, marrón, AMARILLO... Una verdadera sinfonía de colores absurdos que de todas formas no nos permitían utilizar en los trabajos escolares. No es de extrañar que el color verde y el negro fueran siempre los últimos en sucumbir, si lo llegaban a hacer, en el Bic 4.






Los (pocos, entonces) libros, los forrábamos con papel de periódico, hasta que descubrimos o inventaron los forros de plástico y más tarde se estandarizaron, incorporando unas solapas donde se introducían las tapas del libro, fijándolas con cinta adhesiva (Scotch, por supuesto). Qué bien olían a principio de curso... El día de recogida de libros para el nuevo curso escolar -usualmente en Septiembre- era un poco triste, como si fuera el final oficial del verano, y al mismo tiempo prometedor: Tenías que ir al colegio a buscarlos -primer contacto con la vuelta a la realidad y la rutina- y al llegar a casa, uno hojeaba aquellos libros nuevos con los que íbamos a convivir durante todo un curso (9 meses que se hacían eternos) con gran excitación. Cuántos propósitos de conservación y respeto nos hacíamos... Hasta que le metíamos la primera raya de boli encima o le doblábamos la esquina por primera vez.



En el centro donde cursé mis primeros años escolares, cuyo patio podéis ver en la primera entrada de este blog (la Academia del Carmen que, evidentemente, llevaba el nombre de su dueña), nos enseñaron también caligrafía con plumilla y tintero, a modo de actividad extraordinaria. Disponíamos para ello de unas libretas de caligrafía inglesa inclinada (plumilla con bolita en la punta) y otras de caligrafía francesa o redondilla vertical (plumilla plana),  con la escritura punteada en gris para reseguir. Los pupitres (aún llegamos a utilizar allí unos viejos pupitres de madera de aquellos a los que se les levantaba la tapa para acceder al cajón), tenían un agujero para colocar el tintero, y una muesca alargada para dejar la plumilla. La gran novedad de aquella época (principios de los 70) eran los tinteros involcables. Es decir, sí que se podían volcar, pero la tinta seguía unas canalizaciones internas y no se derramaba nunca, algo así como el sistema del biberón mágico aquél de las muñecas. No he conseguido ninguna imagen de aquellos tinteros, pero los conservo en la memoria con gran detalle...

                                                                           (Papel secante con publicidad)

Por supuesto, también utilizábamos aquellas típicas plumillas estilográficas Inoxcrom. Antes de disponer de los modelos que utilizaban cartuchos recambiables (gran avance en materia de carga de plumillas) usábamos unas cuya punta había que introducir en el tintero y bombear apretando el depósito de goma hasta que éste se llenaba. Estas plumillas solían soltar la tinta a la menor de cambio (bastaba con que la goma tuviera una pequeña fisura, cosa que sucedía con bastante frecuencia), y no eran pocos los bolsillos delanteros de bata que tenían la típica mancha azul en la parte inferior...




Todo este material lo acarreábamos (nunca mejor dicho), junto con los libros, en carteras con asa de plástico que llevábamos simplemente como quien lleva una maleta. Y luego hablan de las desviaciones de columna infantil con las actuales mochilas... Aquellas asas, a fuerza de llevar todo aquel peso, te acababan haciendo unos buenos callos en la parte interior de los dedos... Como teníamos un profesor para todas las asignaturas, éste decidía en cada momento qué materia dábamos y cuándo, por tanto solíamos llevar todos los libros y libretas al colegio cada día, qué remedio! Los horarios excolares, en mi caso al menos, no aparecieron ahasta 5º de EGB.




Aprendíamos las tablas de multiplicar cantando todos a la vez: 'Uno por uno, es uno; uno por dos, dos...'  Y parecía ser un buen método, poque las memorizamos de carrerilla y para toda la vida. De todas formas, siempre llevábamos aquellos libritos con las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir encima, por si las moscas (bueno, los lápices también ayudaban, aunque había que aprendérselas rápido, porque iban desapareciendo a medida que los afilabas -con el maldito Puntax- .





Los trabajos manuales, como comentaba, llenaban en gran parte nuestro tiempo en la escuela. El primero que tengo en la memoria, fue un muñeco de nieve hecho con el tubo de un rollo de papel higiénico El Elefante, al que pusimos una pelotita de madera como cabeza, forramos con algodón y le fabricamos un sombrerito negro de copa con cartulina. A menudo hacíamos los socorridos trabajos de palillos sobre cartulina, unos clásicos. Se trataba de hacer un dibujo (usualmente casas y árboles, o un barquito en alta mar) sobre el cartón y pegar encima palillos planos, dándole forma. En mi colegio nos enseñaron a fabricar tinta y pinceles para pintar estos palillos, aprovechando el mismo material. Para la tinta, dejábamos deshacerse puntas de colores en agua, y el pincel lo fabricábamos cortando un palillo por la mitad y masticando el extremo cortado hasta que conseguíamos algo parecido a la punta plana de una minibrocha. Desde luego, ésto sí era reciclaje y autoabastecimiento sostenible de materiales. El pegamento estrella era el Imedio, el pegamento de nuestra generación... Qué bien que olía -todo sea dicho de paso- y cómo picaba en la lengua! Además podías construír mocos y piel falsa con él. Se le solía colocar un alfiler de cabeza plana dentro de la boquilla para evitar que se secase. La aparición del Imedio fue la perdición del UHU sin lugar a dudas...





Todo esto nos lo enseñaban a hacer nuestras señoritas con mucha paciencia y cariño... El recuerdo que tengo de ellas es excelente: Dulces y maternales con todos nosotros y siempre atentas a nuestras necesidades, suplían a nuestras mamás en horas de cole... Recuerdo que, cuando llegábamos al final de cada curso, nos frabricaban unos diplomas TOTALMENTE hechos a mano para cada uno con la calificación que habíamos obtenido, con cartulinas y tintas de colores... Aún los conservo, y cuando los miro veo el artesanal cariño con que los hacían y el trabajo que les suponía. ¡Increíble, porque éramos un MONTÓN de niños por clase, en los años 60! 



Luego, en cursos superiores, la cosa cambiaba completamente. Los profesores no eran tan amables ni tan... maternales. En 4º de EGB, tuvimos que sufrir a un profesor que nos 'recetaba' un palo en la mano por cada cuenta que traíamos mal a clase (recordáis aquellas fichas de sumas y restas?). Sus varas se llamaban todas Felipito... Ahora me pregunto si tendría algo que ver con Mafalda! Estiradas de patillas y orejas, saltos en cuclillas sobre el mismo sitio, gorros con orejas de burro y humillación delante del resto de la clase, capones... Los castigos escolares de aquellos años eran muchos y muy variados, y bastante crueles en ocasiones.





Pero también había compensaciones para los niños y niñas 'buenos/as' :) En algunas escuelas, los viernes repartían una medalla para el niño que, a juicio de las señoritas, se había portado mejor (o como se decía entonces, había sido más 'aplicado') y una banda para las niñas. Había que vernos a todos, con los brazos cruzados sobre el pupitre y la mirada fija al frente (imagen viva de la 'aplicación') mientras las señoritas decidían quiénes serían los afortunados aquél viernes... He de decir que, en muchas ocasiones, me llevé esa medalla a casa, y mi querida vecinita, que casi nunca recibía la banda, se ponía muy triste, así que su madre -que era modista- un día le hizo una medalla con la chapa de un chorizo y un trocito de cinta para que pudiera tener su condecoración también. El lunes devolvíamos los trofeos, y de vuelta a hacer méritos durante la semana ( o más bien, y directamente, el viernes por la tarde.





Los juegos en el patio eran muchos y muy diversos: a pillar, al escondite, peste alta y peste baja, el pañuelo, las canicas, la comba, etc, etc... Creo que los juegos de la época merecerán otra entrada específica. Uno de los más divertidos que recuerdo era el Churro, aunque años más tarde lo prohibieron en la mayoría de colegios... En uno de mis primeros recuerdos del patio me veo en un corro enorme de niños y niñas cantando aquello de 'el corro de la patata'... Las niñas solían saltar a la cuerda cantando 'El cocherito Leré'... Cuando había sed, teníamos a nuestra disposición un bonito botijo de PLÁSTICO azul, de donde todos los chiquillos bebíamos a morro.



Son muchos, muchos los recuerdos del colegio de aquella época. Como decía al principio de la entrada, una época sin presiones y donde básicamente descubríamos la socialización y la convivencia con otros niños y niñas; los juegos, la aventura del aprendizaje de la lectura y la escritura... Cada día era nuevo y único! Y duraba como una semana de ahora.

Durante muchos años, y ya mucho tiempo después de que aquella pequeña academia con dos palmeras en el patio y una bonita casita central cerrase, yo solía pasar por delante todo los días, y de vez en cuando echaba un vistazo nostálgico a través de la verja. Un buen día la derruyeron, y en su lugar construyeron un pequeño edificio de 3 plantas. Otra vez, un lugar de nuestra niñez que desapareció sin dejar más rastro que su huella en nuestro recuerdo... Aquella callecita ya no escucharía nunca más los gritos y las risas de los niños en el recreo, o los monocordes cánticos de las tablas de multiplicar.

Dije al principio de esta entrada que mi primer recuerdo del cole es aquella pizarra donde la maestra escribía las vocales... Quizás no he sido sincero del todo. Creo que la imagen que nunca olvidaré es la de aquel montón de niños y niñas que esperaban en la calle a que se abriesen las verjas del patio agarrados de las manos de sus madres y llorando desconsoladamente...




Y es que por primera vez en nuestra corta existencia, debíamos separarnos de mamá. Se cortaba así la primera amarra de nuestras vidas... Yo diría que, aquel día, de alguna manera, empezábamos a crecer.