martes, 3 de junio de 2014

DÍAS DE COLE Y ROSAS...





Éste es el recuerdo que más grabado se me quedó del primer día de colegio. La maestra, después de sentarnos a todos en los pupitres, garabateó las 5 vocales (luego supimos que eran las vocales, claro: en aquel momento no eran más que extraños e inquietantes signos) en la pizarra y, señalándolas una a una, nos hizo repetir: 'a, e, i, o, u'. Era el primer curso de parvulitos, septiembre de  1966 (el P3 de ahora, vamos), y lo creáis o no, con 3 añitos y medio que tenía entonces, aún tengo una imagen muy clara de aquel día en la memoria...

Yo diría que la época del colegio que con más cariño recordamos casi todos es la que va desde parvulitos (o preescolar, como lo llamamos ahora) hasta 4º ó 5º de EGB. Los días de escuela transcurren despreocupadamente, y te lo pasas pipa jugando en el patio con tus compañeros. Es más tarde cuando comenzamos a tener consciencia de lo que se espera de nosotros y a pasar nervios y tensiones por culpa de los exámenes y los deberes. Por tanto, me centraré en los mejores recuerdos que tengo de aquella época, los primeros años de colegio.

En aquellos tiempos no se andaban con chiquitas, al cole se iba a aprender. Y por supuesto, a hacer trabajitos manuales por un tubo también, luego hablaré de eso. Básicamente había que demostrar en casa lo muy ocupados que estábamos en clase con bonitas y elaboradas manualidades... El día de la Madre, el del Padre, Navidades, Semana Santa... Cualquier excusa era buena para emplearse a  fondo en la cosa de la pretecnología (palabreja que sólo años más tarde, cuando algo hizo clic en mi cerebro, descompuse dándole lógica: PRE- tecnología).




Éste es el segundo recuerdo que tengo del cole, la bata (o baby) que nos hicieron llevar hasta 4º de EGB. Esta bata, que nos confeccionaba una señora que había montado un tallercito de costura en su casa, situada en el callejón detrás de la iglesia (ir a encargar las batas y tomar medidas era un ritual que se repetía cada año, al terminar el verano), era universal para prácticamente todos los centros educativos. Las batas de las niñas experimentaban variaciones en su color y confección. En la escuela donde yo iba, las niñas llevaban una bata de cuadritos minúsculos de color rosa, con medio cinturón en la parte trasera.

Es difícil de olvidar el olor tan característico de las clases: Una mezcla de colonia infantil y lapicero. Eso también es universal: las clases de mis hijos, cuando eran pequeñitos, olían igual. Luego, conforme van creciendo y pasando de curso, la cosa cambia significativamente.






Y el material escolar? Solíamos llevar nuestras gomas Milán 430 o las novedosas Milán Nata (que olían mucho mejor de lo que sabían, la verdad), más nuestros lapiceros, los afilalápices Puntax (había que desarrollar una gran habilidad para afilar con aquellos artefactos tan rudimentarios las puntas de los lápices sin rebanarse un dedo) y los entrañables bolígrafos Bic (naranja y cristal, dos escrituras a elegir) en aquellos primeros plumiers de madera tan bonitos, que fueron luego reemplazados por los de cremallera de varios compartimentos, donde ya cabían cómodamente nuestros rotuladores Carioca, los colores Alpino, una pequeña regla -que siempre se partía-, el transportador -inútil herramienta hasta cursos superiores que, sin embargo, era imprescindible en un buen plumier-, etc, etc... Todo ello sujetado por unas gomas elásticas blancas que acababan dándose de sí conforme el curso avanzaba. En realidad, todo se iba deteriorando a medida que pasaba el curso, era inevitable...


(El bolígrafo Styb pertenece a Juan Pedro Akela, fotografiado para su blog El Kiosko de Akela)



La llegada del Bic 4 colores, a principios de los 70, fue todo un acontecimiento, y los bolígrafos multicolores se pusieron muy de moda. Yo incluso llegué a tener uno de 12 que se atascaba con una facilidad asombrosa, pero que tenía tonos tan atractivos e inusuales como el rosa, marrón, AMARILLO... Una verdadera sinfonía de colores absurdos que de todas formas no nos permitían utilizar en los trabajos escolares. No es de extrañar que el color verde y el negro fueran siempre los últimos en sucumbir, si lo llegaban a hacer, en el Bic 4.






Los (pocos, entonces) libros, los forrábamos con papel de periódico, hasta que descubrimos o inventaron los forros de plástico y más tarde se estandarizaron, incorporando unas solapas donde se introducían las tapas del libro, fijándolas con cinta adhesiva (Scotch, por supuesto). Qué bien olían a principio de curso... El día de recogida de libros para el nuevo curso escolar -usualmente en Septiembre- era un poco triste, como si fuera el final oficial del verano, y al mismo tiempo prometedor: Tenías que ir al colegio a buscarlos -primer contacto con la vuelta a la realidad y la rutina- y al llegar a casa, uno hojeaba aquellos libros nuevos con los que íbamos a convivir durante todo un curso (9 meses que se hacían eternos) con gran excitación. Cuántos propósitos de conservación y respeto nos hacíamos... Hasta que le metíamos la primera raya de boli encima o le doblábamos la esquina por primera vez.



En el centro donde cursé mis primeros años escolares, cuyo patio podéis ver en la primera entrada de este blog (la Academia del Carmen que, evidentemente, llevaba el nombre de su dueña), nos enseñaron también caligrafía con plumilla y tintero, a modo de actividad extraordinaria. Disponíamos para ello de unas libretas de caligrafía inglesa inclinada (plumilla con bolita en la punta) y otras de caligrafía francesa o redondilla vertical (plumilla plana),  con la escritura punteada en gris para reseguir. Los pupitres (aún llegamos a utilizar allí unos viejos pupitres de madera de aquellos a los que se les levantaba la tapa para acceder al cajón), tenían un agujero para colocar el tintero, y una muesca alargada para dejar la plumilla. La gran novedad de aquella época (principios de los 70) eran los tinteros involcables. Es decir, sí que se podían volcar, pero la tinta seguía unas canalizaciones internas y no se derramaba nunca, algo así como el sistema del biberón mágico aquél de las muñecas. No he conseguido ninguna imagen de aquellos tinteros, pero los conservo en la memoria con gran detalle...

                                                                           (Papel secante con publicidad)

Por supuesto, también utilizábamos aquellas típicas plumillas estilográficas Inoxcrom. Antes de disponer de los modelos que utilizaban cartuchos recambiables (gran avance en materia de carga de plumillas) usábamos unas cuya punta había que introducir en el tintero y bombear apretando el depósito de goma hasta que éste se llenaba. Estas plumillas solían soltar la tinta a la menor de cambio (bastaba con que la goma tuviera una pequeña fisura, cosa que sucedía con bastante frecuencia), y no eran pocos los bolsillos delanteros de bata que tenían la típica mancha azul en la parte inferior...




Todo este material lo acarreábamos (nunca mejor dicho), junto con los libros, en carteras con asa de plástico que llevábamos simplemente como quien lleva una maleta. Y luego hablan de las desviaciones de columna infantil con las actuales mochilas... Aquellas asas, a fuerza de llevar todo aquel peso, te acababan haciendo unos buenos callos en la parte interior de los dedos... Como teníamos un profesor para todas las asignaturas, éste decidía en cada momento qué materia dábamos y cuándo, por tanto solíamos llevar todos los libros y libretas al colegio cada día, qué remedio! Los horarios excolares, en mi caso al menos, no aparecieron ahasta 5º de EGB.




Aprendíamos las tablas de multiplicar cantando todos a la vez: 'Uno por uno, es uno; uno por dos, dos...'  Y parecía ser un buen método, poque las memorizamos de carrerilla y para toda la vida. De todas formas, siempre llevábamos aquellos libritos con las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir encima, por si las moscas (bueno, los lápices también ayudaban, aunque había que aprendérselas rápido, porque iban desapareciendo a medida que los afilabas -con el maldito Puntax- .





Los trabajos manuales, como comentaba, llenaban en gran parte nuestro tiempo en la escuela. El primero que tengo en la memoria, fue un muñeco de nieve hecho con el tubo de un rollo de papel higiénico El Elefante, al que pusimos una pelotita de madera como cabeza, forramos con algodón y le fabricamos un sombrerito negro de copa con cartulina. A menudo hacíamos los socorridos trabajos de palillos sobre cartulina, unos clásicos. Se trataba de hacer un dibujo (usualmente casas y árboles, o un barquito en alta mar) sobre el cartón y pegar encima palillos planos, dándole forma. En mi colegio nos enseñaron a fabricar tinta y pinceles para pintar estos palillos, aprovechando el mismo material. Para la tinta, dejábamos deshacerse puntas de colores en agua, y el pincel lo fabricábamos cortando un palillo por la mitad y masticando el extremo cortado hasta que conseguíamos algo parecido a la punta plana de una minibrocha. Desde luego, ésto sí era reciclaje y autoabastecimiento sostenible de materiales. El pegamento estrella era el Imedio, el pegamento de nuestra generación... Qué bien que olía -todo sea dicho de paso- y cómo picaba en la lengua! Además podías construír mocos y piel falsa con él. Se le solía colocar un alfiler de cabeza plana dentro de la boquilla para evitar que se secase. La aparición del Imedio fue la perdición del UHU sin lugar a dudas...





Todo esto nos lo enseñaban a hacer nuestras señoritas con mucha paciencia y cariño... El recuerdo que tengo de ellas es excelente: Dulces y maternales con todos nosotros y siempre atentas a nuestras necesidades, suplían a nuestras mamás en horas de cole... Recuerdo que, cuando llegábamos al final de cada curso, nos frabricaban unos diplomas TOTALMENTE hechos a mano para cada uno con la calificación que habíamos obtenido, con cartulinas y tintas de colores... Aún los conservo, y cuando los miro veo el artesanal cariño con que los hacían y el trabajo que les suponía. ¡Increíble, porque éramos un MONTÓN de niños por clase, en los años 60! 



Luego, en cursos superiores, la cosa cambiaba completamente. Los profesores no eran tan amables ni tan... maternales. En 4º de EGB, tuvimos que sufrir a un profesor que nos 'recetaba' un palo en la mano por cada cuenta que traíamos mal a clase (recordáis aquellas fichas de sumas y restas?). Sus varas se llamaban todas Felipito... Ahora me pregunto si tendría algo que ver con Mafalda! Estiradas de patillas y orejas, saltos en cuclillas sobre el mismo sitio, gorros con orejas de burro y humillación delante del resto de la clase, capones... Los castigos escolares de aquellos años eran muchos y muy variados, y bastante crueles en ocasiones.





Pero también había compensaciones para los niños y niñas 'buenos/as' :) En algunas escuelas, los viernes repartían una medalla para el niño que, a juicio de las señoritas, se había portado mejor (o como se decía entonces, había sido más 'aplicado') y una banda para las niñas. Había que vernos a todos, con los brazos cruzados sobre el pupitre y la mirada fija al frente (imagen viva de la 'aplicación') mientras las señoritas decidían quiénes serían los afortunados aquél viernes... He de decir que, en muchas ocasiones, me llevé esa medalla a casa, y mi querida vecinita, que casi nunca recibía la banda, se ponía muy triste, así que su madre -que era modista- un día le hizo una medalla con la chapa de un chorizo y un trocito de cinta para que pudiera tener su condecoración también. El lunes devolvíamos los trofeos, y de vuelta a hacer méritos durante la semana ( o más bien, y directamente, el viernes por la tarde.





Los juegos en el patio eran muchos y muy diversos: a pillar, al escondite, peste alta y peste baja, el pañuelo, las canicas, la comba, etc, etc... Creo que los juegos de la época merecerán otra entrada específica. Uno de los más divertidos que recuerdo era el Churro, aunque años más tarde lo prohibieron en la mayoría de colegios... En uno de mis primeros recuerdos del patio me veo en un corro enorme de niños y niñas cantando aquello de 'el corro de la patata'... Las niñas solían saltar a la cuerda cantando 'El cocherito Leré'... Cuando había sed, teníamos a nuestra disposición un bonito botijo de PLÁSTICO azul, de donde todos los chiquillos bebíamos a morro.



Son muchos, muchos los recuerdos del colegio de aquella época. Como decía al principio de la entrada, una época sin presiones y donde básicamente descubríamos la socialización y la convivencia con otros niños y niñas; los juegos, la aventura del aprendizaje de la lectura y la escritura... Cada día era nuevo y único! Y duraba como una semana de ahora.

Durante muchos años, y ya mucho tiempo después de que aquella pequeña academia con dos palmeras en el patio y una bonita casita central cerrase, yo solía pasar por delante todo los días, y de vez en cuando echaba un vistazo nostálgico a través de la verja. Un buen día la derruyeron, y en su lugar construyeron un pequeño edificio de 3 plantas. Otra vez, un lugar de nuestra niñez que desapareció sin dejar más rastro que su huella en nuestro recuerdo... Aquella callecita ya no escucharía nunca más los gritos y las risas de los niños en el recreo, o los monocordes cánticos de las tablas de multiplicar.

Dije al principio de esta entrada que mi primer recuerdo del cole es aquella pizarra donde la maestra escribía las vocales... Quizás no he sido sincero del todo. Creo que la imagen que nunca olvidaré es la de aquel montón de niños y niñas que esperaban en la calle a que se abriesen las verjas del patio agarrados de las manos de sus madres y llorando desconsoladamente...




Y es que por primera vez en nuestra corta existencia, debíamos separarnos de mamá. Se cortaba así la primera amarra de nuestras vidas... Yo diría que, aquel día, de alguna manera, empezábamos a crecer.








miércoles, 14 de mayo de 2014

LOS TEBEOS DE NUESTRA VIDA...


Al fondo, en esta fotografía de finales de los 60, entre el guardia y el semáforo,
se puede ver el kiosco donde me aprovisionaba de aquellos maravillosos tebeos...

Confieso que, como prácticamente todos los niños de mi generación, fui un lector empedernido de tebeos. Y digo bien, TEBEOS. No cómics, o revistas infantiles: Tebeos, así es como se llamaban entonces, evidentemente gracias al TBO, una de las primeras publicaciones de historietas gráficas que cayeron en nuestras manos.



Los primeros recuerdos que tengo de mis lecturas infantiles son seguramente los mismos que el resto de vosotros, si fuisteis niños entre mediados de los 60 y 70: Los cuentos troquelados de Ferrándiz. El pequeño juguete tridimensional que incorporaban, como un objeto integrado en la ilustración, era uno de los mayores atractivos de estos cuentecitos. Recuerdo muchos de ellos, pero con un especial cariño, éste y la flautita (roja?) que incluía.



Era el TBO una revista entrañable y repleta de dibujos elegantes y llenos de humor. Cuando digo elegantes, pienso sobre todo en Coll, con sus estilizados personajes y sus ingeniosas historias. La familia Ulises, de Benejam (un verdadero retrato de la sociedad de la época y de una familia relativamente acomodada y numerosa); Altamiro de la Cueva, JOSECHU el vasco (recordais éste estupendo personaje, capaz de cualquier exhibición de fuerza 'a la vasca' y vestido de pelotari?), y sobre todo, sobre todo, los inventos del Profesor Franz de Copenhage.



En su mayor parte (bueno, en su totalidad :) inventos francamente aparatosos y absurdos con una utilidad realmente simple: atar un zapato o encender un cigarrillo :) Una publicación ejemplar,que nos sirvió de puente para entrar en el magnífico mundo de las publicaciones BRUGUERA.




Póster del 73 con todos los personajes de la casa hasta el momento,
seguramente realizado por Sagasti, jefe del estudio gráfico de Bruguera.


Es con las revistas de Bruguera cuando realmente nos zambullimos en el mundo apasionante de los tebeos. Bruguera le dió un sello especial a todas sus historias. No en vano, siempre se ha hablado de la escuela Bruguera. Lanzaron muchas, muchísimas publicaciones, y con una inteligencia y conocimiento del mercado magistral. Y con un sentido del marketing realmente eficaz (recordemos sus promociones y múltiples alianzas con diversas empresas del sector alimentario).





Realmente se levantó un imperio, una empresa modelo, un gigante editorial que... acabó teniendo los pies de barro, y hundiéndose irremisiblemente a mediados de los años 80. Pero este no es nuestro asunto, todavía éramos unos niños cuando las revistas Bruguera inundaban los kioscos (y no es una imagen metafórica :)




Din-Dan, Tio Vivo, Pulgarcito, Mortadelo, Zipi y Zape, Lily... Y todos sus extras: Primavera, verano, otoño, invierno y Navidad. Y con una frecuencia semanal, en la mayoría de revistas, increíble las tiradas que se llegaban a lanzar. Claro, en aquella época, aparte de nuestros juguetes, no teníamos otro tipo de entretenimiento que hojear aquellas hilarantes revistas una y otra vez (porque yo no sé vosotros, pero mis tebeos iban rotando hasta que, meses después, volvía a leérmelos de nuevo :) La compaginación con la vida escolar era perfecta: O jugabas con tus juguetes, o leías (en un estupendo y saludable ejercicio de introducción a la lectura que creo que ha hecho de la nuestra una generación de lectores sin par :).




Me gustaría recordar, a modo de homenaje, a algunos de aquellos magníficos dibujantes que crearon unos personajes que siempre estarán en nuestra memoria:

Ibáñez: La Familia Trapisonda -un grupito que es la monda-; Pepe Gotera y Otilio, los chapuzas nacionales; Rompetechos, el tapón cegato; El botones Sacarino y sus eternas faenas al dire delante del presi; La Familia Trapisonda (un grupito que es la monda) ; 13 rue del Percebe, ese entrañable edificio con un mundo en cada habitación -y un moroso, Vázquez, en el ático- y por supuesto, por supuesto, los ínclitos MORTADELO Y FILEMÓN.

Portada del 1er. Mortadelo semanal





Qué decir de éstos personajes? Se puede inventar algo más original? Un par de agentes inútiles que acaban resolviendo los casos por pura chamba y casualidad. Originalmente, Mortadelo y Filemón tenían su propia agencia de detectives: Mortadelo y Filemón, Detectives de Ocasión. Mortadelo, en aquella época, se tocaba con un bombín del que sacaba los disfraces adecuados para sus investigaciones. Más tarde, el nombre del negocio se sofisticaba: Mortadelo y Filemón, Agencia de Información. Para ingresar, algún tiempo después, en la TIA (Técnicos de Investigación Aeroterráquea, con su agencia rival, la ABUELA -Agentes Bélicos Ultramarinos Especialistas en Líos Aberrantes :) Hay que ver la historieta que describe el examen de ingreso de estos dos elementos en la TIA: Las partes del revólver son: CANUTO, BALA Y PERONÉ; la Cabash Argelina es... UNA COSA QUE LES SALE A LOS MOROS EN EL PELO, y un sinfín de barrabasadas más... Al final, entraban en la TIA porque eran los únicos que se habían presentado!




Vázquez: No sólo tenía una historia personal increíble (como ya he dicho, era realmente el 'moroso Vázquez'), sino que era un verdadero genio de la historieta… La familia Cebolleta  (que acuñó el término de 'ya está el abuelo Cebolleta con sus historias de la guerra' :); La familia Churumbel -a los que les había salido una oveja negra, el gitano que siempre estaba buscando trabajo-; Las Hermanas Gilda (Leovigilda y Hermenegilda); La abuelita Paz; Angelito, el bebé que se desplazaba a saltitos en una cestita (Gugú!) y que era la piel de Barrabás; Feliciano; Angel Siseñor (quien solamente decía 'Sí, señor' una vez en toda la historia como único diálogo); Anacleto agente secreto (otro de mis personajes favoritos); el inspector O'Jal (historias absurdas de una página con la solución al revés)... Vázquez era genial...



Raf: Creo que el mejor dibujante (técnicamente hablando) y el más elegante de todos. Con un trazo espontáneo y decidido, creó multitud de personajes como Sir Tim O'Theo (elemental, querido Patson); Manolón y Tapón, conductores de camión; Doña Lío Portapartes -mujer de muy malas artes-, dueña de la pensión donde se alojaba don Bollete, y al que alimentaba básicamente con garbanzos; Doña Tecla Bisturín; Don Pelmazo –bla, bla, bla y las mil latas que da- (éste era genial, dando la vara a todo el mundo); Don Lechuzo (‘lo he visto aquí’, decía el cenizo señalándose la mollera). Gran dibujante, desaparecido hace años sin que casi ninguno de nosotros, ávidos lectores de entonces, nos percatásemos...




Escobar: Qué decir de Escobar? Zipi y Zape, y su eterna lucha por conseguir que su papi, Don Pantuflo Zapatilla (catedrático de colombofilia y numismática) les comprase la ansiada bici. Jaimita Zapatilla, la mamá; Sapientín, el primo empollón y repelente; don Minervo, el profesor, el caco Manitas de Uranio y el policía don Ángel :) "Nunca seréis nada en la vida!" les espetaba Don Pantuflo... Y para las heridas y chichones, árnica :)
Carpanta; Toby; Don Óptimo y don Pésimo, Petra -criada para todo- .Un auténtico retrato de la España de la postguerra (Escobar fue siempre muy anticuado :) ... Carpanta se pasó la vida intentando comerse el ansiado pollo, sin conseguirlo...




Segura: Los señores de Alcorcón (y el holgazán de Pepón); Rigoberto Picaporte (solterón de mucho porte); La Panda; Pepe Barrena (el piloto).

Schmidt: El profesor Tragacanto (y su clase que es de espanto); El doctor Cataplasma y su criada Panchita; Deliranta Rococó (Lily?); Camelio Majareto; Troglodito...

Y muchos otros personajes que nos dejaron su indeleble huella también:  Pascual criado leal, de Nadal; Agamenón de Nené Estivill (igualico, igualico que el «defunto» de su agüelico); Angustio Vidal el hippy y don Percebe y Basilio, de Rojas; Don Berrinche, Pepe el Hincha, Gordito Relleno, Pitagorín y don Pío, de Peñarroya, Doña Urraca y el reporter Tribulete de Jorge, Apolonio Tarúguez, de Conti (geniales chistes, los de Conti)... Una lista inacabable...




No olvidaré hacer aquí una mención especial a la revista Pumby, de la editora Valenciana. Nunca compitió con Bruguera a efectos de ventas, pero se mantuvo dignamente durante muchos años, contando con personajes como el mismo Pumby; Barbudín; Payasete y Fu-Chinín... Sanchís fué sin duda su dibujante más representativo.



Carlitos Brown, con su pandilla, Sal y Pimienta y Popeye el marino (con Olivia, su novia y Pilón, que se comía las hamburguesas a pares, y Cocoliso) fueron algunas de mis incursiones americanas en la época…

Años más tarde mis gustos derivaron hacia los superhéroes de Marvel, y más tarde todavía hacia las revistas de horror de principios-mediados de los 70 (Vampus, Creepy, etc.) Pero creo que esto merecerá otra entrada sin duda. Y me parece que Tintín y Asterix también...

Los tebeos nos hicieron soñar y reír. Nunca estaré lo suficientemente agradecido a todos aquellos humildes artistas que se dejaron las pestañas en unas maravillosas páginas que nosotros devoramos durante toda nuestra infancia. Qué había mejor, cuando te daban las vacaciones en el cole que conseguir el Mortadelo Extra de Verano, por ejemplo? Ése era el verdadero principio de las vacaciones, la prueba irrefutable de que el verano por fin había comenzado.





Gracias amigos, a los que estáis y a los que ya no -al menos no por aquí- por todos aquellos momentos felices. El niño que todavía anda por aquí dentro os debe una -y además de verdad-!




sábado, 10 de mayo de 2014

DE LUGARES DE NUESTRA NIÑEZ DESAPARECIDOS: LA TIENDA DEL SR. ALFONSO...

Aquí estuvo ubicada la mítica tienda de juguetes del Sr. Alfonso...


Cuántos de aquellos lugares que frecuentábamos siendo niños (tiendas, parques, cines, kioscos, escuelas) todavía siguen ahí? Algunos, por supuesto… aunque seguramente habrán cambiado mucho. Y cuántos han ido desaparecido sin más durante todo este tiempo?
Un buen día, al cabo de los años, pasamos cerca de uno de ellos, y con estupor nos damos cuenta de que un pedazo de nuestra vida simplemente ya no está, o en su lugar hay otra cosa muy distinta. El caso al que me voy a referir, es uno de los lugares que más presente tengo en mi memoria (y me consta que en la memoria de todos los que fuimos niños entre las décadas de los 60 y 70 en el lugar en que crecí): La mítica tienda de juguetes-kiosco del SR. ALFONSO. Es el lugar en el que me ubico mentalmente cuando pienso en los juguetes de mi infancia…
Esto que veis aquí es lo que queda de aquel mágico lugar. Una simple fachada, una vivienda corriente y moliente. Pero hace muchos años era un lugar muy   diferente y lleno de vida, el centro neurálgico de la chuche y la juguetería de la zona :)
La estructura es la misma que recuerdo: Como podéis ver, una puerta y una ventana, simplemente. En este tipo de viviendas (que suelen tener jardín detrás), se accedía directamente a una sala o recibidor bastante grande al entrar desde la calle. Una puerta al fondo de la sala (a menudo un pasillo) conducía al resto de la casa. El Sr. Alfonso y la Sra. Luz (qué bonito nombre, verdad?), en algún momento a principios de los 60, decidieron montar en este recibidor una tiendecita (ellos seguirían viviendo en la parte de atrás), y transformaron la ventana en un escaparate, colocando un cajón por dentro para darle profundidad y colocar los artículos a exponer. La puerta de madera fue sustituida por una de cristal, y junto a la misma, colocaron una vitrina, cuyo lateral daba a la calle, desde donde también se podían ver los artículos expuestos.
La tienda estaba situada en una calle de mucho paso para la gente que, como nosotros, vivía en la parte alta (geográfica :) del pueblo, ya que se encontraba precisamente a mitad de camino entre ésta y la parte central, donde estaba el meollo de comercios y bancos, colegios, etc. Además, el ambulatorio (del que ya he hablado) estaba también un poco más arriba, y todo el día había un trasiego de gente subiendo y bajando la calle, niños yendo y viniendo del cole, del médico o la iglesia, señoras yendo a la compra, o a hacer gestiones al centro de la población.  Por tanto, y pese a ser una callecita muy estrecha, la clientela potencial estaba asegurada.
En la tiendecita del Sr. Alfonso (todo el mundo la conocía por este nombre, y estoy casi seguro de que nunca hubo ningún tipo de cartel fuera) se vendía un amplio abanico de productos. Como he dicho, se encontraba a medio camino entre la tienda de juguetes y el kiosco, y en el improvisado escaparate que daba a la calle se exponían unos cuantos artículos que realmente llamaban la atención de los niños que pasábamos por allí… En mi memoria la tengo tan, tan clara…
En la parte inferior, y entre cochecitos, muñequitos y un sinfín de pequeñas miniaturas (incluyendo las máquinas sacapuntas de la época con figuras de coche, tren, armas, etc.) estaban los sobres de MONTAPLEX, para niño y niña. A mí siempre se me iban los ojos, con estos sobres, que constantemente se iban actualizando. Mis preferidos eran los ejércitos de diferentes países, por colores además. Como ya he comentado, mi madre tenía que comprarme uno casi siempre que pasábamos, porque me agarraba de una argolla que había junto al escaparate y de allí no me soltaba si no caía algo, directamente :)
El estante intermedio estaba destinado a albergar todo tipo de artículos de broma: bombas fétidas, mocos falsos, dedos ensangrentados y vendados, líquido de frío y calor, caleidoscopios que te dejaban un círculo negro en el ojo, vasos que derramaban el líquido al intentar beber, la mosca dentro del cubito, en fin, una retahíla inacabable de objetos (en su mayoría de la factoría Sanromà, empresa que aún sigue fabricando estos artículos) para fastidiar al próximo. Creo que los llegué a tener todos, por cierto. Mi favorito: la tinta invisible :) Yo creo que ya tenía callos en los deditos, de tanto agarrarme a aquella argolla. Lo que es raro es que no la llegásemos a arrancar –es que no era el único:)
En la parte superior, artículos de carnaval, caretas y blísteres conteniendo juguetes de todo tipo. Y, presidiendo todo esto, el símbolo del escaparate del Sr. Alfonso: EL PEINE PARA CALVOS! Así rezaba el blíster de cartón que lo contenía. Un peine de unos 50 cm., de color rosa. Si hay algo que la gente recuerda siempre del lugar es el susodicho peine, que creo que estuvo ahí colgado durante toda la vida del comercio, y parece que nadie llegó a comprar, finalmente! :) O quizás el Sr. Alfonso tenía mucho cuidado de ir reponiéndolo! Hubiera sido extraño, aquel escaparate, sin el peine 'para calvos'…
Nada más entrar, a mano derecha, había una vitrina que haría las delicias de cualquier coleccionista de nuestros tiempos. Cientos de cochecitos en miniatura, muñequitos… Uno podía pasarse las horas allí. Colgando sobre el mostrador de fórmica en forma de L, montones de blísteres con equipos del oeste, accesorios para muñecas, arcos y flechas, pistolas de todo tipo, discóbolos, tamborcitos, en fin, todo lo que se pudiera uno imaginar. Encima del mostrador, además de la caja registradora, botes con golosinas de la época: palulus, regalices duras y blandas, piruletas, etc. Con el tiempo, y cuando ya compraba mi propio material escolar camino del colegio, pude probar mis primeras nubes (marsmallows) allí.
El mostrador era acristalado, y bajo el cristal, más chuches. Chicles (todas las marcas), caramelos blandos, bolsas de pipas y quicos (qué buenos estaban los Churruca de aquella época, por cierto), conviviendo con bolígrafos, sacapuntas, gomas, todo muy bien clasificado.
Y en las estanterías de detrás del mostrador y en general por toda la tienda, los juguetes. Esos juguetes de los que tanto hemos hablado en el blog… Los carillos. Es por eso que la tienda cumplía las dos funciones: juguetería y kiosco (y un poco hasta papelería). Años más tarde, cuando ya generalmente pasábamos de largo con los amigos camino del centro, aún recuerdo haber comprado cuerdas para la guitarra (que entonces empezábamos a tocar). Esos son las últimas memorias que tengo de la tienda.
Yo pasaba, durante el curso escolar, cuatro veces al día por delante de la tienda del Sr. Alfonso, y, durante las vacaciones, un par, cuando acompañaba a mi madre a hacer la compra diaria por las mañanas. Tenía ésta cierta amistad con la familia y recuerdo laaargas conversaciones mientras yo me ocupaba de fisgonear por allí y escoger cuidadosamente el juguete con el que, con toda seguridad, iba a salir de la tienda, generalmente, como he dicho, un sobre de soldados o cualquier artículo de broma asequible y divertido.
En la misma población había al menos cuatro sitios más donde podías encontrar juguetes: Una perfumería en el centro, una tienda cercana en la que vendían también instrumentos musicales, y un par de mercerías, más abajo. Pero la tienda del Sr. Alfonso se llevaba la palma. Casi todos mis juguetes procedían de ahí, por lo que recuerdo. Si no tenía algo de lo que anunciaban en televisión, te lo conseguía rápidamente.
Con los años, y conforme fuimos creciendo y nuestros intereses y aficiones cambiando, ya sólo utilizábamos la tienda para comprar material escolar, y al cabo de unos años, ya ni siquiera eso (aunque mis hermanos, bastante más pequeños que yo, aún seguían utilizando sus servicios alegremente :) En la adolescencia no había ni tiempo ni espacio para la nostalgia, justamente despertábamos ante una vida prometedoramente adulta, y durante los años siguientes al cierre de la tienda (que debió suceder a primeros de los 80), aún me iba encontrando por las calles al Sr. Alfonso, cada vez más viejecito y encorvado. Nunca dejó de saludar afablemente (qué debía pasar por la mente de aquel hombre, que había visto crecer y cambiar a todos los chicos de la zona de varias generaciones). Y luego, como era de esperar, el Sr. Alfonso también desapareció de nuestras vidas.

Siempre lo recordaré tras el mostrador, con sus gafas ahumadas y su pelo cano peinado cuidadosamente hacia atrás, enfundado en una bata gris azulado y con su corbata bien anudada. Ése era su uniforme de 'atender' :) Muy amable con los chavales que íbamos a ver a qué nos alcanzaba el poco dinero del que disponíamos en aquella época (había que tener paciencia:).
He intentado buscar fotografías de la tienda, pero ha sido inútil (ni siquiera en los archivos municipales, que guardan un buen número de fotografías de comercios de los 60 y 70 –aunque los funcionarios recordaban bien la tiendecita, por supuesto :), así que no me he podido resistir  a reconstruirla yo mismo, basándome en mi propio recuerdo, y arriesgándome a un ejercicio que podría rozar el freakismo :). Ahí la tenéis, con su enorme peine para calvos en el escaparate. Y ahí estoy yo, botando alegremente la pelota que me acababan de comprar. No me he querido negar este pequeño y ficticio recuerdo, que sin duda existió, pero ya tan sólo en mi memoria. Visto ahora, desde la distancia, se trataba sin duda de un lugar sencillo y pequeñito, pero fue nuestro mundo durante muchos años, y el recipiente de nuestros sueños y esperanzas infantiles. El mundo de todos los chiquillos de la época de aquella zona.

Porque los lugares y las gentes pueden desaparecer, pero seguirán vivas y presentes mientras los tengamos cuidadosamente guardados en nuestra memoria...



PS.- Podéis buscar algunos de vuestros juguetes infantiles en la fotografía, e incluso  un pequeño guiño al final de los 60… Lo habéis descubierto ya? :)

sábado, 3 de mayo de 2014

DE MÉDICOS Y POTINGUES...

Por suerte, nunca tuve grandes problemas de salud cuando era un chaval. EXCEPTO por el hecho de que –según mis padres- era un niño que no ‘les comía nada’ :) Esto, más bien algo  corriente a esas edades (ya que uno nunca cumple las expectativas de sus padres en lo que atañe a la alimentación, yo diría), hizo que mantuviera un contacto constante con el sistema sanitario de la época: sus médicos, analíticas, practicantes  y recintos varios consagrados a la augusta práctica de la medicina un poco catetilla de la época, ya que mis padres se empeñaron en solucionar el tema sí o sí… 'El niño está bien, un día llegará que hará ‘el cambio’, decía el doctor… Bueno, al final, todo llega, y un buen día hice el esperado ‘cambio’. Ése ‘cambio’ que tanto mis padres como el pobre dr. Orta (que debía estar hasta las narices de la familia) tanto habían esperado durante años. Pero mientras tanto, el hecho de ‘ir al médico’, ir a ‘hacerse un análisis’ o bien ‘ir al especialista’ se había convertido en algo corriente y casi cotidiano en casa.


Médico de cabecera de la época, con su paquete de tabaco sobre la mesa.

Me hinché de lo que ahora llamamos ‘analíticas’ y que entonces se llamaban por su verdadero nombre: ANÁLISIS DE SANGRE :) No sé muy bien qué esperaban encontrar allí, pero supongo que tampoco había mucho más donde buscar… Así que, de vez en cuando, y supongo que por no vernos durante una temporadilla por la consulta, me ‘mandaban un análisis’. Lo único que recuerdo con cierto agrado de aquella desagradable práctica, eran los desayunos que me metía entre pecho y espalda después… Como había que ir en ayunas… Qué paradoja, no?


Y mientras los análisis revelaban quién sabe qué ignotos secretos, la cosa era irme atiborrando de vitaminas, hierro, calcio, etc, etc. Seguro que a muchos esto os sonará de algo…
Como complejo vitamínico, el REDOXON de Roche se llevaba la palma. La verdad es que era el único medicamento agradable que llegaba uno a tomar (bueno, quizás la Aspirina Infantil también). Sabía a Fanta, y era una pasada ver cómo se iba deshaciendo poco a poco en el agua, liberando un montón de burbujas y espuma… Si lo tomabas con agua fresquita, era casi como beberse un vaso de Mirinda :)

No tan agradable de pasar era el CALCIO 20… Venía a ser como si uno se tomase una cucharada de yeso con azúcar, por lo que recuerdo. Me parece que no había niño que se librase del CALCIO 20 en los 60-70, y si no, mirad la botella, a ver si no os evoca algún recuerdo: Deberíamos tener un esqueleto a prueba de bomba, con tanto calcio como nos llegaron a meter en nuestra niñez…


Y, siguiendo la misma lógica,  también deberíamos ser prácticamente indestructibles, al menos los que nos metimos entre pecho y espalda litros y litros de hierro en forma de viales bebibles. Uno siempre esperaba que no le ‘mandasen’ inyecciones, cuando iba al médico, pero cuando tenías que beberte una de esas ampollas de hierro… no sabías qué era mejor: Sabían exactamente como cuando chupabas el poste del columpio en el parque!



Bueno, quizás he exagerado un poco… No había nada más odioso que las inyecciones. Aún recuerdo el olor de la sala del ‘practicante’ (que así lo llamábamos entonces), y aquel hornillo de esterilizar siempre hirviendo en una esquina, con las jeringuillas y las agujas dentro. Jeringuillas de cristal, y agujas de acero. En aquella época prácticamente nada era desechable. Todo se esterilizaba y reutilizaba, aunque tengo serias dudas de si realmente, entre paciente y paciente, aquel material tenía tiempo de esterilizarse convenientemente :)
La bajada de pantalones, sobre las rodillas de mamá, el siniestro practicante golpeando con la uña las ampollas, y luego cortando con aquellas pequeñas limas la parte superior … Luego, los tres toques secos de nudillos y… El gran pinchazo! En fin, las inyecciones, para las madres, eran mano de santo. Parecía que se quedaban más tranquilas cuando te las recetaban. Supongo que era, según el pensamiento de la época, el medicamento más efectivo, puesto que también era el más puñetero y el que más fastidiaba!

Éstas eran las agujas que el practicante decía que NO nos ponía :)




Las más odiadas: Las de aceite de hígado de bacalao! Entraba muy, muy, muy mal, el susodicho aceite… qué dolor! (y eso que te las ponían SIN aguja, eh?)
En el ambulatorio (no Centro de Salud, o Centro de Asistencia Primaria) las cosas funcionaban de una forma muy diferente a la actual. Lo primero de todo, es que tenías que IR a coger número personalmente. Nada de llamadas telefónicas ni centrales de reserva. Te ponías a la cola, decías el nombre de tu médico y te sacaban de uno de aquellos pinchos una redondita de cartón perforada con el nombre del médico y el número pintados con bolígrafo azul (al menos, en mi ambulatorio lo hacían así). Era como si te dieran una moneda de pega, algo manoseada y pringosa por el uso (de hecho, y por el tamaño, probablemente usaban como plantilla una moneda de 10 duros de la época).
Luego, a esperar. Las colas eran interminables, y a menudo salían fuera del mismo edificio. Otra cosa que recuerdo es la poca higiene: En los alrededores del ambulatorio se esparcían todo tipo de restos procedentes de análisis de sangre, extracciones dentarias, y otras cosas más desagradables que me ahorraré describir. La verdad es que entonces, la gente tiraba las cosas directamente al suelo. Recuerdo perfectamente cuándo comenzaron a instalar papeleras, bien entrados los 70. Hasta ese momento, era normal arrojar las envueltas de los polos, papeles, etc. al suelo, sin más miramientos. Ahora ya ni me lo puedo imaginar. Me sentiría como uno de aquellos emigrados a Suiza que volvían con los bolsillos llenos de francos horrorizándose de ver las bárbaras costumbres de sus paisanos, que ya habían olvidado por completo.




Y qué decir de los médicos? Tenían otro rollete, la verdad. Lo primero es que, el que no se fumaba un cigarro, encendía un puro en la consulta. Yo aún recuerdo a nuestro médico ‘de cabecera’, el dr. Orta, pegándole caladas a un Ducados mientras le decía a mi madre que mi padre ‘debería dejar de fumar, para eliminar esa tos persistente’ (mi padre nunca iba al médico, ya que no le gustaba faltar al trabajo, por lo cual mandaba a mi madre, que le explicaba detalladamente al doctor los síntomas). ‘Por cierto, señora’ -añadía dando otra calada- ‘un día me tiene usted que traer una foto de su marido, a ver si así le veo la cara’…
En las casas de entonces, no faltaba un botiquín atiborrado de remedios y medicamentos. En la mía, éstos se almacenaban en una caja de latón muy bonita (que yo no me cansaba de inspeccionar en mis ratos libres). No faltaba el famoso OPTALIDÓN, años más tarde denominado la ‘droga del ama de casa’, ya que gracias a su composición rica en CODEÍNA, provocaba una adicción importante: vaso de café con leche, y optalidón, el Prozac de la época! Nuestras abuelas se contentaban con su botellita de Agua del Carmen, una combinación de tisana, melisa, tila y otras hierbas medicinales inocuas, en una suspensión de cierto grado alcohólico… No sabían nada, las abuelitas :)



Nuestros mayores tomaban también sellos de Melabón, mano de santo para cualquier tipo de dolor, y Cafiaspirina, y si teníamos tos, pues… Fórmula 44! (Fígaro, Fíigaroo). No sé si funcionaban muy bien, pero al menos estaban muy buenas… Y la forma triangular era super original.  Me gustaba ir viendo cómo se desgastaban a medida que las ibas chupando…





Y para nuestras heridas (una rodilla de niño que se preciase debía tener sus buenas costras), Mercromina Film (cómo manchaba, la puñetera) y esparadrapo Imperial con un poquito de algodón. Luego salieron las tiritas plásticas Famos (que se despegaban con el sudor que no veas). Ahora, lo bueno, lo bueno para las heridas, lo que las secaba ipso-facto eran… LOS POLVOS SULFAMIDAS. Esto no faltaba en casa nunca…





En fin, y resumiendo: el incipiente sistema sanitario que nos tocó vivir, a caballo aún entre la medicina tradicional y la ‘moderna’ de la época (yo aún me llevé alguna cataplasma que otra). Menos mal que las cosas han cambiado ‘un poquito’, aunque secretamente, seguiré echando de menos aquellas carrerillas con otros niños por unos ambulatorios atestados de pelos cardados y abuelos con boina…