jueves, 1 de septiembre de 2016

AQUELLAS VACACIONES DE VERANO...


Ahora que las vacaciones estivales comienzan ya a perderse en la distancia se me vienen a la memoria aquellas de mi niñez… Qué distintas a las de ahora, ¿verdad? Entonces, al menos en el lugar donde yo crecí –y en el lugar de la sociedad que mi modesta familia ocupaba-, la gente no se iba una semanita a un hotel de playa o se hacía un tour por el sur de Francia, por regla general. Entonces, el que podía –y aún conservaba familia allí-, se iba al PUEBLO. Y el que no, pues se quedaba en casa. Y ésas eran las vacaciones, ni más ni menos: El retorno a las raíces de los padres y los abuelos. Entrañables estancias llenas de recuerdos y sensaciones que seguramente muchos de vosotros atesoráis en la memoria cuidadosamente… Pero mientras tanto no llegaba el momento en que a papá le daban sus merecidas vacaciones, los chicos solíamos pasar la primera parte del verano en el barrio, en la ciudad…


El pistoletazo de salida del verano lo marcaban las fiestas de San Juan, como comentaba en la entrada anterior. Pocos días antes, el colegio había cerrado sus puertas (con nosotros fuera, claro) hasta Septiembre, y la vida se extendía ante nosotros como una alfombra de vacaciones que parecía que no iba a terminar nunca (maravillosa perspectiva algo enturbiada por los cuadernos de vacaciones Santillana)… Septiembre… Eso estaba a AÑOS luz, según nuestro reloj medidor de tiempo infantil, que todavía no se había acelerado hasta parecer prácticamente un ventilador.


Nuestros padres solían tener UN MES de vacaciones en el trabajo, y casi siempre en Agosto –el país se paralizaba durante esos treinta y un días, si recordáis-, así que durante lo que quedaba de Junio y Julio estábamos en casita o jugando en la calle, normalmente. Al menos durante la semana.
Si lo pienso bien, mis recuerdos personales de aquellos veranos están muy ligados a las salidas matutinas con mamá para ir a hacer la compra a la población vecina… Y no era el único, a juzgar por la cantidad de compañeros de clase o vecinos que me encontraba durante esas sesiones agarrados a la mano de sus madres, con semblante resignado. Como los casales de verano aún no se habían inventado (y probablemente no se hubieran podido pagar), no había más remedio que cargar con nosotros por todas partes hasta que teníamos edad de quedarnos solos en casa.
Entonces, las amas de casa solían hacer la compra diariamente. No disponían de transporte para cargar una compra semanal, ni macrolugar donde efectuarla, claro. De manera que, cada día, o cada dos, se imponía una excursión al mercado municipal, la carnicería, la tienda de ultramarinos, etc.
Así que mis recuerdos más entrañables de aquellas mañanas estivales eran cómo mi madre me preparaba, repeinaba y me inundaba de colonia para salir los dos caminando despacito a ‘comprar’, bien tempranito. Los vencejos y golondrinas lanzaban sus monótonos gorjeos sobre nuestras cabezas, y la mañana fresca nos saludaba, presagiando un día de verano seguramente caluroso y demoledor.

Hacia la mitad de la callecita de la derecha, podíamos encontrar la tienda del
sr. Alfonso. A la izquierda, la licorería del sr. Campeny (que luego levantaría
un pequeño imperio) y en el centro la farmacia Casellas, que aún existe. Al
fondo, a la derecha y arriba, la iglesia, y junto a ella, el ambulatorio general.



El camino de bajada era una calle lateral que conducía directamente al corazón comercial de la población vecina. Mi madre escogía para la ida esta ruta discreta, sin vecinos parlanchines ni tiendas donde entretenerse. Tiempo habría, a la vuelta, de pararse a hablar en cada esquina, ante mi exasperación e impaciencia. Si miráis la foto, justamente de entonces –como se puede apreciar por los vehículos que transitan en primer plano-, es la calle que desemboca en la carretera y que viene por la parte izquierda del edificio central. Para cruzar esa carretera que veis (que no venía a ser otra que la carretera general) no había otra manera que usar el paso subterráneo. En su interior siempre había algún tullido que, sentado en el suelo y enseñando los muñones, pedía limosna. A veces se acompañaban para estas menesterosas tareas de algún instrumento musical, generalmente el acordeón. En otras ocasiones se trataba simplemente de mujeres con niños muy pequeñitos que no paraban de llorar… Hoy en día, los dos pasos subterráneos que se utilizaban para cruzar la carretera en esa zona ya no existen. De nuevo, lugares que sólo permanecen ya en la memoria. De todas formas, he encontrado una fotografía de la época donde se puede apreciar el famoso paso. Yo podría ser tranquilamente el chiquillo escuchimizado que camina detrás de su madre, en la parte más alta de la escalera. No os perdáis el guardia urbano con salacot al fondo.


Una de las cosas que recuerdo con más agrado del mercado municipal (al que todo el mundo solía llamar ‘la plaza’, probablemente por la costumbre ancestral de montar los mercados en las plazas de los pueblos) es el puesto de legumbres, aunque pueda parecer chocante. Aquellos cucuruchos de garbanzos hervidos con que nos obsequiaban a los niños entonces las señoras de las paradas, me sabían a gloria. Junto con los altramuces y las chufas que nos comprábamos en los quioscos, no creo que haya habido nunca ‘chuches’ más convenientes y nutritivas que aquéllas. Aunque los flanes con nata que me metía entre pecho y espalda en la granja del señor Marcelino y la señora María, no eran moco de pavo… Aún hoy en día recuerdo el olor y el sabor de aquellos flanes caseros que el señor Marcelino, jorobado y con boina, sacaba de las neveras industriales, metiditos en sus moldes de alpaca… Y el de los sobrecitos de Conguitos con tren de regalo que me compraban luego, o las deliciosas horchatas de la horchatería que aquellas dos orondas hermanas regentaban junto al mercado. Para que luego mis padres dijeran que no «les comía nada».











La pescadería también me fascinaba, con aquellas pilas de mármol donde se sumergían los bacalaos –de muy pequeñito creía que estaban allí, VIVOS-, los rapes con sus horrendas cabezas expuestas al público y un sinfín de distintas especies que te miraban con ojos vacíos desde un montón de hielo picado. Afortunadamente, en estas paradas no solían ofrecer muestras  gratuitas  a los niños -"¡Toma niño, chupa esta gamba, majo!"-. Las fruteras con sus gritos escandalosos, el vendedor de la once:  «¡Iguaaales para hooy!»... Toda una sinfonía de colores y sonidos, los del mercado de entonces. Y a la salida, el cuchillero, afilando los cuchillos de las paradas de la plaza sin parar mientras miraba torvamente hacia la calle soleada desde la penumbra de su minúscula cabina, con el sonido chirriante de la mola de fondo… Y aquellas gigantescas navajas de Albacete expuestas en el aparador y que nunca dejaron la tienda, al menos durante los años en que yo frecuentaba el mercado en compañía de mi madre…




Pese a que sólo se montaba los martes, me gustaría hacer una mención especial al mercadillo (más conocido aquí como Los Encantes)… Era realmente un mundo. Cientos de paradas de todo tipo (nunca faltaban las de juguetitos baratos, mis preferidas), montones de gente examinando el género, gitanas vendiendo cabezas de ajo y laurel… Lo que más se me ha quedado grabado, curiosamente, eran los gritos de las señoras de las paradas de ropa interior: ‘¡BRAAAGAS, REINA! ¡TENGO BRAAAAGAS!’ Era curioso oír vociferar en plena calle un vocablo que, en la época, tenía bastante de tabú.

Justo éste mercadillo, en aquella época, y justo en ésa población...

En fin, y tras haber consumido la mañana recorriendo los comercios y tiendas de la zona (y  haber mantenido una laarga conversación en cada una de ellos por parte de mamá),por fin  la vuelta a casa, cansados y sudorosos, aprovechando la sombra de los plataneros y los polvorientos toldos de las tiendas para huir del sol justiciero. La paradita en el quiosco para comprarme el Mortadelo o el Zipi y Zape de turno, bien valía la excursión (y un poco más arriba, un sobre de soldados, acababa de redondear la cosa. Al final, no estaba tan mal acompañar a la compra a mamá, ¿no? 


Por suerte, los fines de semana, los planes eran diferentes: Playa o montaña. Los baños de la Doncella de la Costa, en Badalona, eran nuestro destino habitual cuando se trataba de pasar el día en la playa. Aquella zona cubierta de la entrada, con la arena fresca bajo los pies y las cabinas de madera para cambiarse es algo que siempre recordaré. Al fondo, el sol cegador y el azul del mar, tras una arena sembrada de sombrillas multicolores y niños gritones. Mi padre solía nadar mar adentro hasta que casi no se le veía, cosa que al resto de la familia nos ponía bastante de los nervios. Siempre llevaba un alfiler ensartado en el bañador, según él, para pincharse si le cogía una rampa. Por suerte, nunca se dio el caso, así que la eficacia del alfiler en esos casos nunca acabó de estar del todo demostrada…


La playa, entonces, era un lugar bastante más ruidoso que ahora, con los vendedores de helados que recorrían la arena cargando con aquellas neveras de porexpan forrado de plástico de colores (‘¡Al rico bombón helado!’, gritaban), los niños que corríamos y gritábamos por doquier y las múltiples radios distorsionantes que la gente solía llevar y donde probablemente escuchábamos ‘Un rayo de Sol’, ‘Vacaciones de verano’ o ‘Una lágrima cayó en la arena’, por poner un ejemplo. El momento estrella era cuando las avionetas de Nivea o Damm dejaban caer su cargamento de pelotas hinchables… La playa se convertía en una especie de locura hasta que cada pelota encontraba su dueño. Las más disputadas sin duda eran aquellas que caían en el mar. Había que ver a la gente nadar como posesos para alcanzar la pelota antes que otro… ¡Deberían haber hecho de ello un deporte olímpico, por su espectacularidad!

Después de comer, nuestras madres no nos dejaban volver al agua hasta que no había pasado al menos una hora y media -no se nos fuera a cortar la digestión-, lo cual era francamente torturante. Y nos embadurnaban de Nivea (¿Sería que al final, lo de las pelotas funcionaba?) para ‘protegernos’ del sol –aunque lo que realmente conseguían era que nos friésemos directamente-. También había otra fórmula para lo de ponerse moreno: ‘Si te quemas una vez, y cambias la piel, entonces ya puedes tomar el sol todo lo que quieras, que ya no te quemas más…' Había una creencia popular en el hecho de que uno sólo se podía ’quemar’ una vez por temporada… Qué falta de información y qué inconsciencia. Así era la España pelín catetilla de la época…


Las escapadas a la montaña los domingos eran también muy habituales para los que proveníamos de familias que se habían criado en el campo antes de emigrar a una ciudad buscando nuevos horizontes. Ya dicen que la cabra siempre tira al monte, y en este caso debía ser totalmente cierto: no había más que ver cómo se ponían las carreteras que salían de las ciudades hacia las zonas rurales los fines de semana, llenas de domingueros en sus 600, 850, Renaults 8,etc. Todo ello mientras escuchábamos en la radio ‘Caravana de amigos’, por supuesto. En concreto la nuestra, era la carretera de la Roca. Una ruta llena de curvas que se hacía interminable, y en la cual acababas echando las papas 4 de cada 5 veces. Nosotros teníamos nuestros tres o cuatro rincones favoritos, que nadie más frecuentaba, o que por lo menos, nunca encontramos ocupados por otras familias de domingueros. Un auténtico refugio donde huir de los calores y las prisas de la ciudad. Nunca se me olvida el olor del romero y el tomillo que entraba por las ventanillas mientras el coche se balanceaba por aquellos caminos de cabras…
Héme aquí en compañía de mi hermanito y nuestra querida Tina en
una de aquellas jornadas domingueras...   -La Roca del Vallès, 1974-
Nada más llegar, las madres sacaban unos bocadillos enormes de aquellas bolsas de nylon de rayas, que repartían entre la chiquillería: ‘¡Venga, ir a jugar por ahí hasta la hora de la comida!’ nos decían. Una orden que obedecíamos encantados, claro. Mientras tanto, los hombres lavaban los coches, por dentro y por fuera, y levantaban los capós para comentar algunos pormenores relacionados con la mecánica de sus automóviles, mientras miraban con aire grave y entendido aquellos amasijos de cables llenos de hollín. Después, nos trasladábamos con todos los trastos (incluyendo sillas, neveras y mesas portátiles) hacia otro lugar un poco más arriba, y las mujeres (se siente, pero la cosa era así) se dedicaban a poner la mesa y servir la comida mientras los hombres daban una vueltecita por allí para ir abriendo apetito. Quizás trajeran algunos higos para el postre, si la excursión se daba bien…El menú habitual era, por descontado: Ensalada, tortilla de patatas y carne empanada (menú que se aplicaba también a la mayoría de nuestras excursiones escolares, si recordáis)… Vino para los mayores, coca-cola caliente para los chicos. Luego, una buena sandía de postre, y de nuevo la chiquillería a  construir cabañas por las cercanías, o a jugar a la Bola-Loca. Los adultos sacaban termos de café y botellas de anís o coñac de aquellas enormes cestas y mientras los hombres jugaban unas partiditas de cartas o dominó en las mesas de montaña tomándose su copita, las mujeres charlaban de sus cosas o comentaban el Ama o Garbo de turno. Así transcurría plácidamente el domingo hasta que nos llegaba la hora de volver a casa -en unos coches relucientes que olían a pino y detergente- llenos de chorretes, y agotados. Me gustaban mucho aquellas jornadas de estío en la montaña, pero cuando llegaba la noche y me metía en mi cama, me arrebujaba en las sábanas secretamente feliz de, por fin, poder descansar en un sitio limpio y libre de BICHOS de cualquier tipo.

Juego de la charranca, también conocido como rayuela

Los días laborables, por la tarde, todos los chicos y chicas salíamos a la calle a jugar con el bocadillo en la mano: Ellas, a las gomas, a voltear estampitas, a colocar los trajecitos recortables a las muñecas, a la cuerda o a la charranca. Nosotros, a pillar, a fútbol contra una portería pintada en el muro que cortaba la calle o  la persiana metálica del taller, a beli, o a explorar cualquiera de los múltiples solares y descampados de la zona. Se podían encontrar allí magníficos tesoros, y correr muchísimas aventuras, o eso es lo que nos parecía a los chiquillos de la época, claro... Durante una temporada, hubo un coche abandonado frente a uno de ellos, y era estupendo ponerse al volante de aquel 1500 que se caía a trozos, infestado de pulgas de los gatos que pasaban la noche en su interior e imaginar que corrías las 24 horas de Le Mans.

De nuevo, al acabar la jornada –otra vez llenos de chorretes y presumiblemente con alguna raspadura que otra- volvíamos a casa a cenar agotados, y a ver el Tour de Francia, en el que Eddie Merckx llevaría el maillot amarillo con toda seguridad. A mi padre le gustaba después colocar una alfombra frente al televisor y estirarse en ella, para estar más fresquito. Yo cogía entonces la alfombrita que tenía a los pies de mi cama y me tendía junto a él a ver la tele también. La verdad es que no me parecía nada cómodo ni fresquito, para qué nos vamos a engañar, pero me gustaba hacer lo mismo que mi padre sin cuestionar su utilidad, como a todos los niños, supongo.
Luego llegaba Agosto, y toda la familia, con el 850 cargado hasta los topes, nos encaminábamos hacia la casita que la familia poseía en EL PUEBLO. Veranos de bicicleta y piscinas, y de incursiones en las cabañas de los payeses de la zona con mis amigotes, bajo el sol abrasador de la Terra ferma. Tardes plácidas de siesta –que yo a duras penas conseguía dormir-, de coca con chocolate (hablo de comestibles, aunque pudiera parecer otra cosa) para merendar y frescas noches de verano en las terrazas del bar del castillo sin prisas para volver a casa…

Y poco a poco, casi imperceptiblemente, los días se iban acortando, el tiempo iba cambiando y un buen día nos encontrábamos con que lo que parecía imposible había sucedido: Llegaba Septiembre, se acababan las vacaciones y nos encontrábamos de repente oliendo los libros del nuevo curso con deleite (al menos olían bien, los libros)  Habíamos quemado una etapa más sin ser conscientes de ello, nos habíamos hecho un poquitín más mayores sin saberlo y comenzábamos un nuevo año mirando con un poco de nostalgia hacia los maravillosos días del verano que lentamente se acababa…

Echando la vista atrás se da uno cuenta de cómo han cambiado las vacaciones de la familia media, respecto a aquéllas de nuestra niñez en todos estos años. Pero si lo pienso bien… Creo que no cambiaría el crucero más lujoso del mundo por el recuerdo de caminar bajo las mañanas frescas del verano de la mano de mi madre hacia la zona comercial de aquel pueblecito… ¡Aunque se parase a charlar en cada tienda! 









lunes, 13 de junio de 2016

DE VERBENAS Y PETARDOS...



Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas. Y colgaron de un cordel, de esquina a esquina, un cartel y guirnaldas de papel rojas, verdes y amarillas..." 

No puedo evitar que se me venga a la cabeza la canción de Serrat cuando pienso en las verbenas de San Juan (y San Pedro) de entonces. No es que difieran mucho de las de ahora, los elementos de la hoguera y los petardos (y la coca de San Juan) siguen estando presentes y siendo la base de esta celebración en muchos sitios, pero quizás antes eran más participativas: Las verbenas se organizaban por vecindarios, barrios o incluso por calles -dependiendo de la zona- y todo el mundo colaboraba para organizarlas...

Estos días ya se empiezan a oír los primeros petardos, pequeñas detonaciones evocadoras que me transportan a mi niñez…

El  auténtico pistoletazo de salida para la celebración era cuando todos los chicos del barrio nos poníamos de acuerdo e íbamos por las casas pidiendo muebles viejos que la gente ya no quisiera para, poco a poco, ir levantando lo que sería la hoguera de la calle.  A efectos de organización y logística nos dejábamos guiar por los chicos mayores, que ya tenían cierta experiencia. La construcción de una buena hoguera era algo que requería su técnica, así que, mientras los mayores plantaban una enorme estaca (para ir apilando los muebles a su alrededor), nosotros nos dedicábamos a picar a todas las puertas pidiendo algún trasto que no quisieran. La condición sine qua non era que todo enser recogido debía ser de madera, o al menos la mayor parte del mismo. ¡O simplemente, debía poder arder convenientemente! Era un buen sistema, y la gente aprovechaba para deshacerse de las cosas que ya no les servían... Hay que tener en cuenta que la carcoma, en la época, causaba verdaderos estragos (como las polillas, ¿quién no tenía aquellas perchitas de Polil en el armario?).

Poco a poco, íbamos trasladando lo que recogíamos al solar de turno (entonces abundaban los descampados sin construir, en la zona del extrarradio donde me crié) y lo íbamos apilando alrededor del poste formando un cono, hasta llegar a la parte más alta, con no pocos incidentes al ir colocando los últimos muebles en las zonas superiores.




Como colofón de la enorme montaña de maderos solíamos colocar un muñeco. Ahí es donde las madres del barrio hacían su aportación. Recuerdo sobre todo el  de la última hoguera, al que le cosimos unos cuantos ases en lo que venía a ser la mano, y le colocamos un cartel: Johnny el Trampas,  muerto por sacar un póker de 5 ases... Ingenuidad infantil y humor de la época, peligrosa combinación.


La confección de la hoguera duraba un par de semanas, y durante todo ese tiempo ya comenzábamos a tirar los primeros petardos (lo que, francamente, nos parecía lo más divertido de todo, sacando ese pequeño pirómano pirotécnico que todos llevamos dentro).



Para los más pequeños, había una amplia gama de petardos considerados aptos y seguros… Aunque supongo que, al final, no lo debían ser tanto, puesto que la mayoría fueron prohibidos más tarde o más temprano, por ocasionar quemaduras, por su toxicidad o por ser peligrosos en general.





Los más inofensivos donde los hubiera, eran las bombetas, el petardito que nos iniciaba en el apasionante mundo de la pirotecnia sanjuanera. Ya sabéis, ésos paquetitos envueltos en papel de seda, con la parte superior enrollada. Inofensivos, inofensivos, lo eran, pero los de entonces llevaban dentro unas piedras que, cuando la bombeta explotaba, salían disparadas con bastante mala leche. Lo más chulo era destripar una de éstas bombetas, para ver qué narices llevaban dentro que las hiciera explotar… Lo único que encontrábamos era un montón de serrín y algunas piedrecitas… Todo un misterio! Pero cuando las dejabas caer o las lanzabas, petaban, que era lo interesante.




El segundo artefacto más inocente era la bengala. Básicamente igualitas a las de ahora, sólo que las chispas QUEMABAN que no veas. Los picotazos cuando sostenías una de éstas eran importantes. Parece que, con los años, han logrado controlar y suavizar este tipo de pirotecnia dirigida a los más menudos, lo cual es una suerte, porque entonces, las quemaduras en los dedos estaban a la orden del día (y en la ropa también). Cuando yo era un chaval, sólo las teníamos de luz blanca. Ahora se han sofisticado un poco, y ya las hay que emiten chispas de colores…






Las reinas de las quemaduras a traición eran sin duda lo que nosotros llamábamos ‘rasquetas’ (también llamadas mistos Garibaldi, mistos Trueno o Triquitraques). Unas tiras muy largas de cartulina con unos pegotitos de algo que, al rascarlo contra una superficie rugosa (normalmente la pared), se inflamaban y producían una serie de estallidos y chispas, hasta que se consumían completamente, cobrando la apariencia de la cabeza de un fósforo calcinado. A veces, mientras las rascabas, ardían de pronto, y muchas veces te dejaban la uña negra (y la pared también). Aunque había uno en mi calle que ahuecaba las manos y dejaba que las rasquetas se consumieran entre crepitaciones dentro de ellas, sin hacer siquiera una pequeña mueca. 

La verdad es que se trataba de porciones de fósforo blanco y sesquisulfuro de fósforo, en una combinación que podía resultar letal si se deglutía. He sabido que, en 1973, un grupo de niños pequeños sufrieron una intoxicación que llevó a algunos a la muerte, tras haber ingerido algunos de estos mistos.

Parece ser que en el año 1963, su manufactura y venta ya habían sido prohibidas, pero se seguían ofreciendo de forma clandestina en las casetas y pequeñas tiendas que vendían petardos durante las fiestas, unas ventas difíciles de controlar...


Habían otros llamados pedernales: eran una especie de piedras redondas, bañadas en fósforo, que producían chispas si las lanzabas contra el suelo o las paredes. Creo que se acabaron prohibiendo también porque algún coche que otro se incendió con las chispas, al lanzar alguno de estos pedernales debajo…
Recuerdo también unos que nosotros llamábamos ‘truenos’. Eran unos paquetitos  envueltos en papel marrón, como de embalaje, y sujetos con cordel, muy prietos. Lo lanzabas contra una pared y explotaban con una detonación bastante considerable, y dejando una buena mancha negra de hollín en la misma, que no salía con nada! Ah, también los prohibieron, por razones evidentes… ¡Todo prohibido!
Otros de los petarditos estrella eran las piulas, unos petardos muy finitos y largos, de color verde, que se siguen fabricando. Y los clásicos chinos, con su papel estampado de estrellitas. Venían (y todavía se siguen empaquetando así) montados en una pequeña traca, y forrados con papel de colores. Si la deshacías, tenías un montón de petardos individuales de estallido medio, muy útiles para meterlos en botellas, latas, o grietas de las paredes y ver qué pasaba.


Y los borrachos? Con su errática trayectoria a ras de suelo, hacían que todo el mundo huyese levantando las piernas cómicamente. Nunca se sabía dónde irían a parar! Y allá donde lo hacían, producían alguna quemadura que otra.
Yo diría que entonces no teníamos la increíble variedad pirotécnica de la que los chavales disponen ahora: pistolas que disparan serpentinas, coches y tanques que evolucionan por el suelo mientras disparan salvas de chispas, avispas que se elevan dando vueltas, bolas de humo de colores, fuentes de todo tipo desde las más minúsculas a las baterías de cohetes… La oferta era mucho más reducida, y prácticamente todo el género del que disponíamos simplemente estallaba o lanzaba chispas luminosas… Pero para nosotros era simplemente alucinante el poder disponer de aquellos sencillos, pero efectivos, explosivos. Hay que decir, en honor a la verdad, que se ha ampliado muchísimo la gama de pirotecnia infantil, pero se siguen conservando todavía algunos clásicos que apenas han cambiado con el tiempo.


Además de toda esta parafernalia pirotécnica (en mi opinión, el alma de la fiesta), en algunas zonas la verbena se celebraba cerrando y decorando las calles (cosa que hacían todos los vecinos en cooperación) y organizando actividades lúdicas de todo tipo, que duraban más o menos desde una semana antes de San Juan hasta la verbena de San Pedro. Para los mayores, orquestas o pequeños espectáculos itinerantes ocupaban, por la noche, la cabecera de las calles. Para los más pequeños, payasos, piñatas (se colocaba una cuerda de lado a lado de la calle, con una olla llena de harina y algunos juguetes y dulces, y a los chicos se les vendaban los ojos y se les daba un garrote, con el cual tenían que acertar en la olla siguiendo las indicaciones de la audiencia. Tres oportunidades se les daba, y si no acertaban, el desafío pasaba al siguiente niño), carreras de sacos, chocolatadas, etc. durante el día…
La noche de la verbena, se montaban unas enormes mesas donde todos los vecinos (que durante el año habían ido aportando dinero mensualmente para el fondo de la organización de las fiestas) disfrutaban de una cena en comunidad. Esta costumbre se sigue manteniendo aún hoy en día en algunos barrios, pero poco a poco parece que se va perdiendo. Era muy bonito, para variar, ver la calle donde vivías transformada de esa manera, decorada y cerrada al tráfico… Y con un montón de actividades y juegos diferentes cada día, y aquel olor a pólvora flotando en el ambiente. Uno tenía la sensación de estar en un sitio totalmente distinto al habitual. No es que entonces hubiera mucho tráfico , pero el poder moverte con tu bici o tus patines por en medio de la calle (una calle que, de pronto, parecía increíblemente amplia, sin vehículos aparcados junto a las aceras) sin que ni siquiera apareciese un coche de vez en cuando, era algo totalmente inusual y placentero. ¡Además, ya estábamos de vacaciones, lo cual era un valor añadido sin duda!


Por fin, la noche de la verbena, tras la cena –en la que no podían faltar las cocas (de frutas o chicharrones) y el cava,  y entre vapores de pólvora y alcohol y estallidos de petardos (los más pequeños enarbolando sus bengalas y lanzando las bombetas a los pies de las señoras, ante el –un poco fingido- escándalo de éstas), se encendía la hoguera, y todo el mundo miraba fascinado el fuego, un espectáculo atávico e hipnótico donde los haya… Aún recuerdo el día en que un camión del ayuntamiento, acompañado de una patrulla de la policía municipal, cargó toda la madera que teníamos apilada y preparada para la gran noche y se la llevaron. Las hogueras en los barrios habían quedado, como no, prohibidas por motivos de seguridad… A partir de aquel año, en el barrio donde crecí, ya nunca se volvió a encender una hoguera la noche de San Juan…


Y no olvidemos cómo, al día siguiente, los chicos rebuscábamos por las calles los petardos que habían quedado sin estallar. Montones, si los sabías buscar... Las mechas eran muy cortas, así que había que andar con mucho ojo y ser muy rápidos, o te estallaban en los dedos (que se te quedaban dormidos durante una hora)
Y  tras la verbena de San Pedro, siempre menos intensa que la de San Juan, llegaba el triste momento de desmontar las banderitas y las decoraciones y de recoger mesas y sillas… hasta el año siguiente.
Y con la resaca a cuestas, volvía el pobre a su pobreza, volvía el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas… Las fiestas de San Juan, preludio del verano que llegaba, habían acabado. San Juan: Una noche mágica donde las hubiera, llena de luz, música y misterio… El solsticio de verano, la noche de las hogueras y, sobre todo, sobre todo, la noche de los… petardos! Pim, pam, pum!
"Vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta..."




sábado, 2 de abril de 2016

EL COCHE YE-YÉ!

Siempre lo he tenido en la memoria, todos estos años.
Invariablemente, me veo en el pasillo de casa jugando con él: Un magnífico Ford Galaxy descapotable de Juguetes Rico, grande y profusamente decorado con lo que hoy llamaríamos 'graffitis'. Notas musicales, flores, nombres de festivales de la canción, guitarras... Un sinfín de símbolos de una época (incluyendo un inopinado "¡Protesto!" que no se cómo la censura de la época dejó pasar). Muy hippy todo él, vamos! Cuatro músicos de goma viajaban en el magnífico Coche de los Ye-Yés (término que no se si sabeis que nació de la canción She Loves You -yeah, yeah, yeah-) muy contentos y concentrados en sus instrumentos de goma (al batería le podías sacar las baquetas, forzando un poquito :). Algunos dicen que podrían ser los Beatles, otros los Monkees... Tanto da. Era el prototipo de músico moderno de la época. De hecho, si hubieran sido los Beatles, el conductor habría de ser sin duda Paul McCartney, ya que si no, uno de los dos músicos que empuñan sus guitarras debería ser zurdo :)

Tenía luces, y un botoncito amarillo en la parte trasera que, si lo pulsabas, hacía sonar dos canciones: Congragulations (Cliff Richard) y Vivo Cantando (Salomé), versiones instrumentales reducidas, por supuesto. Más tarde, y a cambio de un buen tajo en el dedo índice (ya que este juguete estaba hecho de hojalata, más concretamente, de latas recicladas -en su interior podías ver que, en este caso, eran de tomate-), descubrí que tenía un pequeño tocadiscos dentro, con uno de aquellos discos de plástico de colores como el que llevaban las muñecas parlantes de la época. Y cambiaba de trayectoria cada vez que encontraba un obstáculo!

Fueron innumerables las horas que pasé jugando con mi coche Ye-yé. Creo que me lo trajeron los Reyes en las Navidades del 69 - 70, a juzgar por los temas musicales (Congratulations concursó en Eurovisión en el 68, y Vivo Cantando en el 69)...La verdad es que lo que sí recuerdo seguro es que lo disfruté durante muchos años. Entonces, se comercializó por unas 650 pts (un dineral que hoy en día sería el equivalente a unos 3,91 euros :) Juguete raro y cotizado, codiciado por los coleccionistas, recientemente lo he visto a la venta por la friolera de 3.000... 



En mi memoria, el Coche Ye-Yé seguirá dando bandazos eternamente por el estrecho pasillo de la casa de mi niñez tocando el Congratulations y el Vivo Cantando sin cesar mientras lo contemplo extasiado...