viernes, 1 de mayo de 2015

EDUCAR Y DIVERTIR AL MISMO TIEMPO

De entre todos mis juguetes de entonces, hay unos cuantos que recuerdo como muy divertidos, pero con la perspectiva del tiempo me doy cuenta de que también tenían una vertiente instructiva y didáctica (pero sin agobios :)



Mi más antiguo recuerdo es el de aquel juego de las chinchetitas de plástico de colores que podías enganchar en un tablero de plástico perforado blanco con patas. Formar dibujos combinando los colores era estupendo, pero lo duro, para nuestros deditos infantiles, era sacar las chinchetas del tablero empujando por detrás. Vamos, que si jugabas mucho, acababas haciendo callo :)




Otro juguete de la época, de los más creativos que podáis imaginar,  era el Picassin, un juego de spin-art. En el extinto Parque de Atracciones de Monjuic había una atracción consistente en una especie de turbinas donde giraba una lámina de papel brillante-satinado sin parar. Apretando unos botes de plástico con una boquilla  dosificadora que contenían pintura de colores, proyectabas la misma sobre las láminas, consiguiendo unos efectos muy psicodélicos. Me gustaba tanto, que mis padres me compraron la versión en juguete. Aún recuerdo el olor de las pinturas. El juego disponía de unos marcos de cartulina para enmarcar convenientemente tu obra. Un resultado realmente aparente!






Qué decir de  la ANATOMÍA HUMANA de Serima! Gran juego que creo que casi todos tuvimos, y que dudo mucho interesase a la mayoría de los chavales de hoy en día :) No sólo te divertías montando el esqueleto hueso a hueso y luego ensamblando los órganos (aunque había uno que no conseguí ubicar y enganchar nunca, creo), sino que además, podías chequear lo que habías aprendido en el libreto que acompañaba al juego, y que incorporaba unos plásticos transparentes de color rojo que ocultaban las respuestas... Falange, falangina y falangeta! :)
Aunque era un poco complicado (al menos en el mío)  meter todo eso en la cubierta muscular, con aquellos pivotitos que no acababan de encajar, y cerrar el muñeco. Molaba mucho el esqueleto, con su cubierta craneana que te dejaba ver aquel minúsculo cerebro de plástico (bueno, era un modelo masculino, qué le vamos a hacer) si la levantabas. Lo único es que... daba un poco de canguelo por las noches!!



Ah, el Electro-L (L de learning, lo descubrí cuando tuve que sacarme el carné de conducir :)... Qué pasada! Uno podía construir montones de circuitos, con sus interruptores, lamparitas, enchufes... Todo ello funcionaba con una pila de aquellas de petaca (las típicas pilas de aquellas entrañables linternas Júpiter). Yo incluso fuí más allá, extrayendo los motorcitos eléctricos de algunos coches viejos (que seguramente hoy valdrán una pasta pero que igualmente no hubieran sobrevivido a mi hermano pequeño con toda seguridad) y, con hélices de cartulina, fabriqué unos ventiladores bastante inútiles a la vez que absurdos (ya que tenías que levantar todo el juego para ponértelo delante de la cara si querías ventilarte :) La cosa era inventar!
Este juego me acompañó durante una buena parte de mi vida, y acabó siendo un elegante pedal para mi guitarra eléctrica (convenientemente forrado de Aeronfix efecto madera) a principios de los 80, gracias a los chispas Juanito y Pablo.

Siempre recordaré su tablero naranja perforado, y la maraña de cables por debajo :)



Este juego de Playskool también fue mío. Con él podías montar varios modelos de las típicas casitas de troncos americanas. Ignoro si hubo una edición española del juguete, pero la que se ve en la fotografía es justo la que yo tuve.
Un juego muy ecológico , totalmente hecho de maderas pintadas y barnizadas (con sólo un par de elementos de plástico para el soporte del tejado). Las cabañitas resultantes eran de lo más chulo, y podías meter dentro (un poco encogido, eso sí ) a tu Madelman de la Policía canadiense :)



Y aquí está mi preferido: el CHEMINOVA 3!
A mi primo (del que he hablado en la entrada anterior) le compraron el Quimicefa (con unas probetas de cristal alucinantes) y claro, yo no paré hasta que tuve mi propio juego de química.

El CHEMINOVA era un juguete muy ameno, a caballo entre la química y la magia. Es decir, algunos de los experimentos estaban destinados a epatar a la audiencia: Convertir 'agua' en 'vino' y viceversa (gracias al Perganmanato de Potasio) o producir olor a 'huevos podridos' (o eso decían ellos, ya que ése era un tipo de olor que nunca llegué a experimentar al natural, gracias a Dios), por ejemplo.
Tenía un juego de probetas de cristal con su soporte plástico, pinzas de madera para sostener el tubo mientras se calentaba en un hornillo de alcohol (que aún sirvió como ofrenda del 'fuego' el día de mi boda, AÑOS más tarde :) y los misteriosos PAPELES REACTIVOS ROJO y AZUL... La Fenolftaleína -qué difícil de pronunciar- y diferentes compuestos químicos a cual más peligroso con toda seguridad... Qué generación de supervivientes :) Cucharita medidora, probeta ámbar de plástico, etc. Un buen equipo para el científico aficionado, sin duda!

Mi especialidad era la fabricación de pólvora. El carbón vegetal lo obtenía a base de quemar fósforos de madera. Para todos estos peligrosos procedimientos, me protegía, muy profesionalmente, con mi bata de invierno y unos guantes de piel (incluso en pleno Agosto), incluyendo en el equipo mis gafas de buceo Nemrod... Menuda facha debía hacer, entre esto y el equipo de Agente Secreto :)

Qué buenos ratos (y que quemadas en algún  que otro mueble, todo sea dicho de paso)





Podríamos incluir en este lote el JUEGO DE MAGIA BORRÁS de la época. No era puramente didáctico, pero si muy instructivo, ya que lo primero que aprendías es que un mago se debe preparar los trucos concienzudamente antes de ejecutarlos en público, si no quiere quedar como un completo idiota :) Por suerte, nuestra audiencia habitual, o bien tenía nuestra misma edad, o se componía de padres y abuelos... Como vereis , un público tan ingenuo como nosotros o muy indulgente, respectivamente :)

Mis juegos preferidos, el de la copa verde y la bola, y el del platito que escondía la moneda en la base (me parece que acabo de reventar el truco, perdón :) Espero que la Asociación de Magos no me lo tenga en cuenta.



Y ya por último (y seguro que me dejo un montón en el tintero) EL SUPER-ROBOT de Cefa!

Menudo listillo el susodicho robot, no fallaba ni una :) Tenía un montón de láminas intercambiables de diferentes temáticas, e incluso había gente que se diseñaba sus propias láminas con temas más 'actuales' -sobre todo de fútbol-. Pero era todo un espectáculo ver girar a aquel pequeño super-robot, que acababa señalando la respuesta correcta con su varilla de metal invariablemente...

Aprender divirtiéndose, divertirse aprendiendo... (fué éste el lema de alguna de las marcas de la época?) Así eran los 70, todo era posible.

jueves, 16 de abril de 2015

DE FERIAS (LOS CABALLITOS)...


Aquellas ferias de nuestros días, que a menudo
se instalaban en descampados polvorientos...



Pocas cosas hay que hagan más feliz a un niño que escuchar de sus padres estas palabras: ‘Venga niño, que nos vamos a la Feria!’… (Bueno, quizás: ‘Venga niño, que nos vamos al Parque de Atracciones!’ o 'Venga niño, que nos vamos al Zoo', pero eso será motivo de otra entrada, seguramente). Y las cosas en aquella época no eran muy diferentes: Ir a la feria, a montar en aquellas ingenuas y a veces toscas atracciones era una de las mejores aventuras que la vida infantil podía depararnos…





Ferias… Un mágico y cautivador universo de luces, sonidos, aromas y sabores que nunca se olvidan, por muchos años que pasen. Sirenas estrepitosas que anuncian el fin o el principio de los  viajes, el olor del algodón de azúcar, el sabor de aquellos cocos frescos sumergidos en agua…No os pasa que lo recordáis todo ENORME? :) Con los años, cuando uno vuelve a estos sitios (que, en honor a la verdad, no han cambiado demasiado), ya con sus hijos, se maravilla de cómo estas atracciones tan diminutas nos podían parecer un inmenso mundo entonces. Porque aún uno descubre algún carrusel o tiovivo de los años 60 que ha seguido funcionando y haciendo felices a varias generaciones durante todo este tiempo–sólo que ahora, a 3 euracos el viaje!!
En el sitio donde crecí, anualmente y coincidiendo con la Fiesta Mayor, se instalaba la Feria. Recuerdo algunas de las atracciones estrella de la época (me ceñiré a las que me estaba permitido subir cuando era un niño –un niño que solía marearse si le daban demasiadas vueltas, por cierto :))…


Uno de los clásicos de las ferias de la época era EL TREN DE LA BRUJA, y aún lo podemos ver en muchas de ellas, aunque lamentablemente, no parece gozar de demasiada popularidad en estos tiempos, donde priman más las sacudidas y  la velocidad que el viajar en un trenecito viéndose hostigado por una bruja armada de pequeñas escobas, empeñada en sacudirte con ellas a la más mínima oportunidad (la verdad, es que, si lo analizas, suena bastante absurdo, ya que uno no acaba de entender muy bien la relación que puede haber entre las brujas, los trenes y los escobazos :)
Lo que más recuerdo de esta atracción es cómo, de muy pequeñito, me pasaba todo el viaje acurrucado junto a mis padres, muy asustado de aquella bruja que nos intentaba pegar con la escobilla… Y que, cuando el tren entraba en la zona oscura del túnel, aún me asustaba más :) Con el tiempo, uno aprende a ver los tejanos y las bambas debajo de la túnica, y a arrancarle las escobas a la bruja para conseguir un viaje gratis! Bueno, y luego le ves los tatuajes en los antebrazos… :)




Los carruseles (o caballitos, o tiovivos, como los conocíamos entonces –de hecho, nosotros le llamábamos ‘ir a los caballitos’, a ir a la feria) eran una de las atracciones más representativas de este lugar.  Uno podía sentarse allí al volante de un coche de bomberos o de una ambulancia (incluso de una diligencia, sujetando las codiciadas riendas) mientras daba vueltas tranquilamente, y saludaba a sus papis cada vez que el carrusel daba una vuelta completa (con la edad, he podido comprobar lo pesado que puede llegar a ser tener que saludar al niño cada vez que llega a tu altura, como unas 8 veces por viaje, pero les hace –nos hacía- mucha ilusión :)) Las motos tampoco estaban nada mal, y los aviones y las naves tenían su aquél, pero, los camiones de bomberos, con aquellas campanitas y escaleras cromadas… Eran lo más! Y venga a tocar los botoncitos de los coches, menudo guirigay. Los más osados (o los que no andaban listos y ligeros a la hora de escoger vehículo, técnica depurada donde las hubiera), escogían las sillitas. Y el tipo del carrusel les hacía dar vueltas y más vueltas sobre sí mismos…



Otra de las atracciones estrella de las ferias: LOS AUTOS DE CHOQUE… A ver… Quién no se ha dejado casi los piños en uno de aquellos choques frontales? Porque, entonces, los coches no llevaban cinturón de seguridad, como ahora… Y además, dejaban montar a quien quisiera, sin importar ni la altura ni la edad. Yo montaba con mi primo, uno conducía, y el otro, pisaba el acelerador (porque las dos cosas al mismo tiempo, como que no llegábamos directamente). Cómo envidiábamos a aquel tipo que corría por la pista apartando los coches que acababan su viaje, y qué rabia daba que se te subiese en el tuyo. Y las chispas que soltaban los troles en forma de gancho, en la red del techo? Y las primeras fichas metálicas, en lugar de las de plástico que luego se impusieron…
Con el tiempo, y conforme ibas metiéndote en los 70, esa atracción se iba convirtiendo en el reino y refugio de una serie de tipos malcarados con pelos largos -sobre todo por detrás- portando generalmente aquellos peines de colores chillones con mango curvado en el bolsillo trasero: Los –que nosotros llamábamos entonces- 'quinquis'! –hoy más conocidos como 'chonis' o 'lolos' :) Los bordes de madera de las pistas se convertían entonces en un sitio peligroso, y casi siempre trataban de sablearte 5 duros para un viaje (los rumores decían que esos peines tan horteras iban ‘cargados’ de sal entre sus púas, para rajarte la cara y provocarte un escozor mortal :) Yo más bien creo que eran para peinarse las greñas y reconocerse entre ellos! –Siento mucho si alguno ha tenido un pasado oscuro y se siente identificado con este colectivo, es lo que hay, la venganza es un plato que se sirve frío :)



Los estridentes y distorsionados comentarios de los tombolistas es algo que tampoco se olvida fácilmente. Desde el  ‘qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto!’ hasta ‘Y mira la chochona, qué guapa la chochona!’, cada uno de estos artistas ha tenido su propio sello. Estaría bien recopilarlos en algún álbum :) Lo que no fallaba nunca era lo mal que funcionaban aquellos equipos de sonido. O quizás es que nadie les había dicho que había que apartarse un pelín el micro de la boca!
En los años 60 y 70, la tómbola era una de las atracciones más populares. Hasta llegó a acuñar dichos como: ‘A ése le han dado el carné de conducir en la tómbola!’,para designar a un mal conductor… La gente compraba boletos y esperaba con ansia ver si les había tocado algo. Yo creo que aquellos jamones, los comediscos y todos los regalos buenos eran añejos ya, nunca vi a nadie ganar uno de ellos :) Como máximo, te podías llevar un peluche enorme. Eso sí, lo dejábamos todo perdido de los restos de aquellos sobres y boletos de colores no premiados…



Mi preferida sin lugar a dudas, en cuanto tuve edad de sostener la carabina, era la caseta de tiro. Tumbar aquellas bolas y recibir a cambio un puñado de caramelos! Qué más podía pedir uno? Bueno, que los cañones de las escopetas estuvieran rectos… Darle a las bolas era fácil, pero partir uno de aquellos palillos y conseguir un puro para mi padre era prácticamente imposible! Mira que tenía ganas, eh? Pero no hubo manera nunca... (de todas formas, mi padre no fumaba puros, quien no se consuela es porque no quiere).



Y por fin, un paseo por los sabores de la feria: Martillos de caramelo, manzanas de caramelo, CHUPETES de caramelo, algodón de azúcar… El paraíso de los dentistas (si es que en aquella época hubiéramos ido regularmente, claro :) Bueno, como decían nuestros padres: ‘son los dientes de leche’… Lo malo era que… las muelas no se cambiaban! :) Altramuces, CHUFAS, coco fresquito… Y para los papis, aquellas casetas donde preparaban bocadillos y cervecitas, la feria acogía a todos, de toda condición y edad…



Como nota curiosa, y pese a que no era una atracción típica de la zona donde crecí, yo aún pude ver en alguna feria a los barquilleros. Tenías que jugar a una ruletita, y si ganabas (que ganabas), te daban un barquillo… Un premio que sin duda, en los años 40 ó 50, tenía su aquél, pero en plenos 60, resultaba ya un poco absurdo...




En fin, las ferias (y más por la noche, con todas esas luces y bombillas de colores parpadeantes) siempre me evocan recuerdos de infancia, aunque ahora me da la sensación de que las veo desde las alturas :)
Por cierto, uno de los momentos más tristes en la vida de un niño, quizás sea aquel en el que descubres que, repentinamente, un buen día ya no cabes en el coche de bomberos… Adiós campanita, adiós!
Parafraseando a Cabrel, el momento en el que el abrigo de la niñez comienza a resbalar de tus hombros...


martes, 3 de junio de 2014

DÍAS DE COLE Y ROSAS...





Éste es el recuerdo que más grabado se me quedó del primer día de colegio. La maestra, después de sentarnos a todos en los pupitres, garabateó las 5 vocales (luego supimos que eran las vocales, claro: en aquel momento no eran más que extraños e inquietantes signos) en la pizarra y, señalándolas una a una, nos hizo repetir: 'a, e, i, o, u'. Era el primer curso de parvulitos, septiembre de  1966 (el P3 de ahora, vamos), y lo creáis o no, con 3 añitos y medio que tenía entonces, aún tengo una imagen muy clara de aquel día en la memoria...

Yo diría que la época del colegio que con más cariño recordamos casi todos es la que va desde parvulitos (o preescolar, como lo llamamos ahora) hasta 4º ó 5º de EGB. Los días de escuela transcurren despreocupadamente, y te lo pasas pipa jugando en el patio con tus compañeros. Es más tarde cuando comenzamos a tener consciencia de lo que se espera de nosotros y a pasar nervios y tensiones por culpa de los exámenes y los deberes. Por tanto, me centraré en los mejores recuerdos que tengo de aquella época, los primeros años de colegio.

En aquellos tiempos no se andaban con chiquitas, al cole se iba a aprender. Y por supuesto, a hacer trabajitos manuales por un tubo también, luego hablaré de eso. Básicamente había que demostrar en casa lo muy ocupados que estábamos en clase con bonitas y elaboradas manualidades... El día de la Madre, el del Padre, Navidades, Semana Santa... Cualquier excusa era buena para emplearse a  fondo en la cosa de la pretecnología (palabreja que sólo años más tarde, cuando algo hizo clic en mi cerebro, descompuse dándole lógica: PRE- tecnología).




Éste es el segundo recuerdo que tengo del cole, la bata (o baby) que nos hicieron llevar hasta 4º de EGB. Esta bata, que nos confeccionaba una señora que había montado un tallercito de costura en su casa, situada en el callejón detrás de la iglesia (ir a encargar las batas y tomar medidas era un ritual que se repetía cada año, al terminar el verano), era universal para prácticamente todos los centros educativos. Las batas de las niñas experimentaban variaciones en su color y confección. En la escuela donde yo iba, las niñas llevaban una bata de cuadritos minúsculos de color rosa, con medio cinturón en la parte trasera.

Es difícil de olvidar el olor tan característico de las clases: Una mezcla de colonia infantil y lapicero. Eso también es universal: las clases de mis hijos, cuando eran pequeñitos, olían igual. Luego, conforme van creciendo y pasando de curso, la cosa cambia significativamente.






Y el material escolar? Solíamos llevar nuestras gomas Milán 430 o las novedosas Milán Nata (que olían mucho mejor de lo que sabían, la verdad), más nuestros lapiceros, los afilalápices Puntax (había que desarrollar una gran habilidad para afilar con aquellos artefactos tan rudimentarios las puntas de los lápices sin rebanarse un dedo) y los entrañables bolígrafos Bic (naranja y cristal, dos escrituras a elegir) en aquellos primeros plumiers de madera tan bonitos, que fueron luego reemplazados por los de cremallera de varios compartimentos, donde ya cabían cómodamente nuestros rotuladores Carioca, los colores Alpino, una pequeña regla -que siempre se partía-, el transportador -inútil herramienta hasta cursos superiores que, sin embargo, era imprescindible en un buen plumier-, etc, etc... Todo ello sujetado por unas gomas elásticas blancas que acababan dándose de sí conforme el curso avanzaba. En realidad, todo se iba deteriorando a medida que pasaba el curso, era inevitable...


(El bolígrafo Styb pertenece a Juan Pedro Akela, fotografiado para su blog El Kiosko de Akela)



La llegada del Bic 4 colores, a principios de los 70, fue todo un acontecimiento, y los bolígrafos multicolores se pusieron muy de moda. Yo incluso llegué a tener uno de 12 que se atascaba con una facilidad asombrosa, pero que tenía tonos tan atractivos e inusuales como el rosa, marrón, AMARILLO... Una verdadera sinfonía de colores absurdos que de todas formas no nos permitían utilizar en los trabajos escolares. No es de extrañar que el color verde y el negro fueran siempre los últimos en sucumbir, si lo llegaban a hacer, en el Bic 4.






Los (pocos, entonces) libros, los forrábamos con papel de periódico, hasta que descubrimos o inventaron los forros de plástico y más tarde se estandarizaron, incorporando unas solapas donde se introducían las tapas del libro, fijándolas con cinta adhesiva (Scotch, por supuesto). Qué bien olían a principio de curso... El día de recogida de libros para el nuevo curso escolar -usualmente en Septiembre- era un poco triste, como si fuera el final oficial del verano, y al mismo tiempo prometedor: Tenías que ir al colegio a buscarlos -primer contacto con la vuelta a la realidad y la rutina- y al llegar a casa, uno hojeaba aquellos libros nuevos con los que íbamos a convivir durante todo un curso (9 meses que se hacían eternos) con gran excitación. Cuántos propósitos de conservación y respeto nos hacíamos... Hasta que le metíamos la primera raya de boli encima o le doblábamos la esquina por primera vez.



En el centro donde cursé mis primeros años escolares, cuyo patio podéis ver en la primera entrada de este blog (la Academia del Carmen que, evidentemente, llevaba el nombre de su dueña), nos enseñaron también caligrafía con plumilla y tintero, a modo de actividad extraordinaria. Disponíamos para ello de unas libretas de caligrafía inglesa inclinada (plumilla con bolita en la punta) y otras de caligrafía francesa o redondilla vertical (plumilla plana),  con la escritura punteada en gris para reseguir. Los pupitres (aún llegamos a utilizar allí unos viejos pupitres de madera de aquellos a los que se les levantaba la tapa para acceder al cajón), tenían un agujero para colocar el tintero, y una muesca alargada para dejar la plumilla. La gran novedad de aquella época (principios de los 70) eran los tinteros involcables. Es decir, sí que se podían volcar, pero la tinta seguía unas canalizaciones internas y no se derramaba nunca, algo así como el sistema del biberón mágico aquél de las muñecas. No he conseguido ninguna imagen de aquellos tinteros, pero los conservo en la memoria con gran detalle...

                                                                           (Papel secante con publicidad)

 Por fín: el tintero inderramable que tanto recordaba...





Por supuesto, también utilizábamos aquellas típicas plumillas estilográficas Inoxcrom. Antes de disponer de los modelos que utilizaban cartuchos recambiables (gran avance en materia de carga de plumillas) usábamos unas cuya punta había que introducir en el tintero y bombear apretando el depósito de goma hasta que éste se llenaba. Estas plumillas solían soltar la tinta a la menor de cambio (bastaba con que la goma tuviera una pequeña fisura, cosa que sucedía con bastante frecuencia), y no eran pocos los bolsillos delanteros de bata que tenían la típica mancha azul en la parte inferior...




Todo este material lo acarreábamos (nunca mejor dicho), junto con los libros, en carteras con asa de plástico que llevábamos simplemente como quien lleva una maleta. Y luego hablan de las desviaciones de columna infantil con las actuales mochilas... Aquellas asas, a fuerza de llevar todo aquel peso, te acababan haciendo unos buenos callos en la parte interior de los dedos... Como teníamos un profesor para todas las asignaturas, éste decidía en cada momento qué materia dábamos y cuándo, por tanto solíamos llevar todos los libros y libretas al colegio cada día, qué remedio! Los horarios escolares, en mi caso al menos, no aparecieron ahasta 5º de EGB.




Aprendíamos las tablas de multiplicar cantando todos a la vez: 'Uno por uno, es uno; uno por dos, dos...'  Y parecía ser un buen método, poque las memorizamos de carrerilla y para toda la vida. De todas formas, siempre llevábamos aquellos libritos con las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir encima, por si las moscas (bueno, los lápices también ayudaban, aunque había que aprendérselas rápido, porque iban desapareciendo a medida que los afilabas -con el maldito Puntax- .





Los trabajos manuales, como comentaba, llenaban en gran parte nuestro tiempo en la escuela. El primero que tengo en la memoria, fue un muñeco de nieve hecho con el tubo de un rollo de papel higiénico El Elefante, al que pusimos una pelotita de madera como cabeza, forramos con algodón y le fabricamos un sombrerito negro de copa con cartulina. A menudo hacíamos los socorridos trabajos de palillos sobre cartulina, unos clásicos. Se trataba de hacer un dibujo (usualmente casas y árboles, o un barquito en alta mar) sobre el cartón y pegar encima palillos planos, dándole forma. En mi colegio nos enseñaron a fabricar tinta y pinceles para pintar estos palillos, aprovechando el mismo material. Para la tinta, dejábamos deshacerse puntas de colores en agua, y el pincel lo fabricábamos cortando un palillo por la mitad y masticando el extremo cortado hasta que conseguíamos algo parecido a la punta plana de una minibrocha. Desde luego, ésto sí era reciclaje y autoabastecimiento sostenible de materiales. El pegamento estrella era el Imedio, el pegamento de nuestra generación... Qué bien que olía -todo sea dicho de paso- y cómo picaba en la lengua! Además podías construír mocos y piel falsa con él. Se le solía colocar un alfiler de cabeza plana dentro de la boquilla para evitar que se secase. La aparición del Imedio fue la perdición del UHU sin lugar a dudas...





Todo esto nos lo enseñaban a hacer nuestras señoritas con mucha paciencia y cariño... El recuerdo que tengo de ellas es excelente: Dulces y maternales con todos nosotros y siempre atentas a nuestras necesidades, suplían a nuestras mamás en horas de cole... Recuerdo que, cuando llegábamos al final de cada curso, nos frabricaban unos diplomas TOTALMENTE hechos a mano para cada uno con la calificación que habíamos obtenido, con cartulinas y tintas de colores... Aún los conservo, y cuando los miro veo el artesanal cariño con que los hacían y el trabajo que les suponía. ¡Increíble, porque éramos un MONTÓN de niños por clase, en los años 60! 



Luego, en cursos superiores, la cosa cambiaba completamente. Los profesores no eran tan amables ni tan... maternales. En 4º de EGB, tuvimos que sufrir a un profesor que nos 'recetaba' un palo en la mano por cada cuenta que traíamos mal a clase (recordáis aquellas fichas de sumas y restas?). Sus varas se llamaban todas Felipito... Ahora me pregunto si tendría algo que ver con Mafalda! Estiradas de patillas y orejas, saltos en cuclillas sobre el mismo sitio, gorros con orejas de burro y humillación delante del resto de la clase, capones... Los castigos escolares de aquellos años eran muchos y muy variados, y bastante crueles en ocasiones.





Pero también había compensaciones para los niños y niñas 'buenos/as' :) En algunas escuelas, los viernes repartían una medalla para el niño que, a juicio de las señoritas, se había portado mejor (o como se decía entonces, había sido más 'aplicado') y una banda para las niñas. Había que vernos a todos, con los brazos cruzados sobre el pupitre y la mirada fija al frente (imagen viva de la 'aplicación') mientras las señoritas decidían quiénes serían los afortunados aquél viernes... He de decir que, en muchas ocasiones, me llevé esa medalla a casa, y mi querida vecinita, que casi nunca recibía la banda, se ponía muy triste, así que su madre -que era modista- un día le hizo una medalla con la chapa de un chorizo y un trocito de cinta para que pudiera tener su condecoración también. El lunes devolvíamos los trofeos, y de vuelta a hacer méritos durante la semana ( o más bien, y directamente, el viernes por la tarde.





Los juegos en el patio eran muchos y muy diversos: a pillar, al escondite, peste alta y peste baja, el pañuelo, las canicas, la comba, etc, etc... Creo que los juegos de la época merecerán otra entrada específica. Uno de los más divertidos que recuerdo era el Churro, aunque años más tarde lo prohibieron en la mayoría de colegios... En uno de mis primeros recuerdos del patio me veo en un corro enorme de niños y niñas cantando aquello de 'el corro de la patata'... Las niñas solían saltar a la cuerda cantando 'El cocherito Leré'... Cuando había sed, teníamos a nuestra disposición un bonito botijo de PLÁSTICO azul, de donde todos los chiquillos bebíamos a morro.



Son muchos, muchos los recuerdos del colegio de aquella época. Como decía al principio de la entrada, una época sin presiones y donde básicamente descubríamos la socialización y la convivencia con otros niños y niñas; los juegos, la aventura del aprendizaje de la lectura y la escritura... Cada día era nuevo y único! Y duraba como una semana de ahora.

Durante muchos años, y ya mucho tiempo después de que aquella pequeña academia con dos palmeras en el patio y una bonita casita central cerrase, yo solía pasar por delante todo los días, y de vez en cuando echaba un vistazo nostálgico a través de la verja. Un buen día la derruyeron, y en su lugar construyeron un pequeño edificio de 3 plantas. Otra vez, un lugar de nuestra niñez que desapareció sin dejar más rastro que su huella en nuestro recuerdo... Aquella callecita ya no escucharía nunca más los gritos y las risas de los niños en el recreo, o los monocordes cánticos de las tablas de multiplicar.

Dije al principio de esta entrada que mi primer recuerdo del cole es aquella pizarra donde la maestra escribía las vocales... Quizás no he sido sincero del todo. Creo que la imagen que nunca olvidaré es la de aquel montón de niños y niñas que esperaban en la calle a que se abriesen las verjas del patio agarrados de las manos de sus madres y llorando desconsoladamente...




Y es que por primera vez en nuestra corta existencia, debíamos separarnos de mamá. Se cortaba así la primera amarra de nuestras vidas... Yo diría que, aquel día, de alguna manera, empezábamos a crecer.










miércoles, 14 de mayo de 2014

LOS TEBEOS DE NUESTRA VIDA...


Al fondo, en esta fotografía de finales de los 60, entre el guardia y el semáforo,
se puede ver el kiosco donde me aprovisionaba de aquellos maravillosos tebeos...

Confieso que, como prácticamente todos los niños de mi generación, fui un lector empedernido de tebeos. Y digo bien, TEBEOS. No cómics, o revistas infantiles: Tebeos, así es como se llamaban entonces, evidentemente gracias al TBO, una de las primeras publicaciones de historietas gráficas que cayeron en nuestras manos.



Los primeros recuerdos que tengo de mis lecturas infantiles son seguramente los mismos que el resto de vosotros, si fuisteis niños entre mediados de los 60 y 70: Los cuentos troquelados de Ferrándiz. El pequeño juguete tridimensional que incorporaban, como un objeto integrado en la ilustración, era uno de los mayores atractivos de estos cuentecitos. Recuerdo muchos de ellos, pero con un especial cariño, éste y la flautita (roja?) que incluía.



Era el TBO una revista entrañable y repleta de dibujos elegantes y llenos de humor. Cuando digo elegantes, pienso sobre todo en Coll, con sus estilizados personajes y sus ingeniosas historias. La familia Ulises, de Benejam (un verdadero retrato de la sociedad de la época y de una familia relativamente acomodada y numerosa); Altamiro de la Cueva, JOSECHU el vasco (recordais éste estupendo personaje, capaz de cualquier exhibición de fuerza 'a la vasca' y vestido de pelotari?), y sobre todo, sobre todo, los inventos del Profesor Franz de Copenhage.



En su mayor parte (bueno, en su totalidad :) inventos francamente aparatosos y absurdos con una utilidad realmente simple: atar un zapato o encender un cigarrillo :) Una publicación ejemplar,que nos sirvió de puente para entrar en el magnífico mundo de las publicaciones BRUGUERA.




Póster del 73 con todos los personajes de la casa hasta el momento,
seguramente realizado por Sagasti, jefe del estudio gráfico de Bruguera.


Es con las revistas de Bruguera cuando realmente nos zambullimos en el mundo apasionante de los tebeos. Bruguera le dió un sello especial a todas sus historias. No en vano, siempre se ha hablado de la escuela Bruguera. Lanzaron muchas, muchísimas publicaciones, y con una inteligencia y conocimiento del mercado magistral. Y con un sentido del marketing realmente eficaz (recordemos sus promociones y múltiples alianzas con diversas empresas del sector alimentario).





Realmente se levantó un imperio, una empresa modelo, un gigante editorial que... acabó teniendo los pies de barro, y hundiéndose irremisiblemente a mediados de los años 80. Pero este no es nuestro asunto, todavía éramos unos niños cuando las revistas Bruguera inundaban los kioscos (y no es una imagen metafórica :)




Din-Dan, Tio Vivo, Pulgarcito, Mortadelo, Zipi y Zape, Lily... Y todos sus extras: Primavera, verano, otoño, invierno y Navidad. Y con una frecuencia semanal, en la mayoría de revistas, increíble las tiradas que se llegaban a lanzar. Claro, en aquella época, aparte de nuestros juguetes, no teníamos otro tipo de entretenimiento que hojear aquellas hilarantes revistas una y otra vez (porque yo no sé vosotros, pero mis tebeos iban rotando hasta que, meses después, volvía a leérmelos de nuevo :) La compaginación con la vida escolar era perfecta: O jugabas con tus juguetes, o leías (en un estupendo y saludable ejercicio de introducción a la lectura que creo que ha hecho de la nuestra una generación de lectores sin par :).




Me gustaría recordar, a modo de homenaje, a algunos de aquellos magníficos dibujantes que crearon unos personajes que siempre estarán en nuestra memoria:

Ibáñez:  Pepe Gotera y Otilio, los chapuzas nacionales; Rompetechos, el tapón cegato; El botones Sacarino y sus eternas faenas al dire delante del presi; La Familia Trapisonda (un grupito que es la monda) ; 13 rue del Percebe, ese entrañable edificio con un mundo en cada habitación -y un moroso, Vázquez, en el ático- y por supuesto, por supuesto, los ínclitos MORTADELO Y FILEMÓN.

Portada del 1er. Mortadelo semanal





Qué decir de éstos personajes? Se puede inventar algo más original? Un par de agentes inútiles que acaban resolviendo los casos por pura chamba y casualidad. Originalmente, Mortadelo y Filemón tenían su propia agencia de detectives: Mortadelo y Filemón, Detectives de Ocasión. Mortadelo, en aquella época, se tocaba con un bombín del que sacaba los disfraces adecuados para sus investigaciones. Más tarde, el nombre del negocio se sofisticaba: Mortadelo y Filemón, Agencia de Información. Para ingresar, algún tiempo después, en la TIA (Técnicos de Investigación Aeroterráquea, con su agencia rival, la ABUELA -Agentes Bélicos Ultramarinos Especialistas en Líos Aberrantes :) Hay que ver la historieta que describe el examen de ingreso de estos dos elementos en la TIA: Las partes del revólver son: CANUTO, BALA Y PERONÉ; la Cabash Argelina es... UNA COSA QUE LES SALE A LOS MOROS EN EL PELO, y un sinfín de barrabasadas más... Al final, entraban en la TIA porque eran los únicos que se habían presentado!




Vázquez: No sólo tenía una historia personal increíble (como ya he dicho, era realmente el 'moroso Vázquez'), sino que era un verdadero genio de la historieta… La familia Cebolleta  (que acuñó el término de 'ya está el abuelo Cebolleta con sus historias de la guerra' :); La familia Churumbel -a los que les había salido una oveja negra, el gitano que siempre estaba buscando trabajo-; Las Hermanas Gilda (Leovigilda y Hermenegilda); La abuelita Paz; Angelito, el bebé que se desplazaba a saltitos en una cestita (Gugú!) y que era la piel de Barrabás; Feliciano; Angel Siseñor (quien solamente decía 'Sí, señor' una vez en toda la historia como único diálogo); Anacleto agente secreto (otro de mis personajes favoritos); el inspector O'Jal (historias absurdas de una página con la solución al revés)... Vázquez era genial...



Raf: Creo que el mejor dibujante (técnicamente hablando) y el más elegante de todos. Con un trazo espontáneo y decidido, creó multitud de personajes como Sir Tim O'Theo (elemental, querido Patson); Manolón y Tapón, conductores de camión; Doña Lío Portapartes -mujer de muy malas artes-, dueña de la pensión donde se alojaba don Bollete, y al que alimentaba básicamente con garbanzos; Doña Tecla Bisturín; Don Pelmazo –bla, bla, bla y las mil latas que da- (éste era genial, dando la vara a todo el mundo); Don Lechuzo (‘lo he visto aquí’, decía el cenizo señalándose la mollera). Gran dibujante, desaparecido hace años sin que casi ninguno de nosotros, ávidos lectores de entonces, nos percatásemos...




Escobar: Qué decir de Escobar? Zipi y Zape, y su eterna lucha por conseguir que su papi, Don Pantuflo Zapatilla (catedrático de colombofilia y numismática) les comprase la ansiada bici. Jaimita Zapatilla, la mamá; Sapientín, el primo empollón y repelente; don Minervo, el profesor, el caco Manitas de Uranio y el policía don Ángel :) "Nunca seréis nada en la vida!" les espetaba Don Pantuflo... Y para las heridas y chichones, árnica :)
Carpanta; Toby; Don Óptimo y don Pésimo, Petra -criada para todo- .Un auténtico retrato de la España de la postguerra (Escobar fue siempre muy anticuado :) ... Carpanta se pasó la vida intentando comerse el ansiado pollo, sin conseguirlo...




Segura: Los señores de Alcorcón (y el holgazán de Pepón); Rigoberto Picaporte (solterón de mucho porte); La Panda; Pepe Barrena (el piloto).

Schmidt: El profesor Tragacanto (y su clase que es de espanto); El doctor Cataplasma y su criada Panchita; Deliranta Rococó (Lily?); Camelio Majareto; Troglodito...

Y muchos otros personajes que nos dejaron su indeleble huella también:  Pascual criado leal, de Nadal; Agamenón de Nené Estivill (igualico, igualico que el «defunto» de su agüelico); Angustio Vidal el hippy y don Percebe y Basilio, de Rojas; Don Berrinche, Pepe el Hincha, Gordito Relleno, Pitagorín y don Pío, de Peñarroya, Doña Urraca y el reporter Tribulete de Jorge, Apolonio Tarúguez, de Conti (geniales chistes, los de Conti)... Una lista inacabable...




No olvidaré hacer aquí una mención especial a la revista Pumby, de la editora Valenciana. Nunca compitió con Bruguera a efectos de ventas, pero se mantuvo dignamente durante muchos años, contando con personajes como el mismo Pumby; Barbudín; Payasete y Fu-Chinín... Sanchís fué sin duda su dibujante más representativo.



Carlitos Brown, con su pandilla, Sal y Pimienta y Popeye el marino (con Olivia, su novia y Pilón, que se comía las hamburguesas a pares, y Cocoliso) fueron algunas de mis incursiones americanas en la época…

Años más tarde mis gustos derivaron hacia los superhéroes de Marvel, y más tarde todavía hacia las revistas de horror de principios-mediados de los 70 (Vampus, Creepy, etc.) Pero creo que esto merecerá otra entrada sin duda. Y me parece que Tintín y Asterix también...

Los tebeos nos hicieron soñar y reír. Nunca estaré lo suficientemente agradecido a todos aquellos humildes artistas que se dejaron las pestañas en unas maravillosas páginas que nosotros devoramos durante toda nuestra infancia. Qué había mejor, cuando te daban las vacaciones en el cole que conseguir el Mortadelo Extra de Verano, por ejemplo? Ése era el verdadero principio de las vacaciones, la prueba irrefutable de que el verano por fin había comenzado.





Gracias amigos, a los que estáis y a los que ya no -al menos no por aquí- por todos aquellos momentos felices. El niño que todavía anda por aquí dentro os debe una -y además de verdad-!